La canción del navegante

1 noviembre 2008

La ciudad dormida

Filed under: Reflexiones — quieroserpoeta @ 4:47 am
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La avenida está tranquila, casi desértica. Los seis carriles yacen solitarios, arropados por los pasos de cebra. La parada de autobús enmudece y las farolas arrojan su naranja contra los bloques de viviendas. La ciudad duerme, agotada por el trabajo, el tráfico y la polución que la consume. De día el ruido te enloquece, de noche el silencio te taladra los oídos.

La brisa entra por el balcón para evadirse por la ventana de la cocina, sin pronunciar saludo alguno, ni un silbido siquiera. Las cortinas de la pared se mueven y tapan un poco la luz que entra de fuera, quizás increpándola por llevar tantas horas tendida sobre las baldosas del salón. Pasó el verano, llegó el otoño, estoy aquí: solo; sentado, pensativo y solo. Es de madrugada y no puedo dormir porque el calor no me deja. Este maldito piso de estudiantes no tiene aire acondicionado y tras estar cerrado todo el fin de semana el bochorno es asfixiante.

Me levanto de mi asiento, cansado de mirar a la nada, y salgo al balcón. Veo pasar por la avenida un coche de policía a toda velocidad. El barrio que queda enfrente de mi piso tiene fama de conflictivo, supongo que se dirigirán hacia él. Los agentes han puesto la sirena y lejos de ser desagradable, se agradece: este silencio puede enloquecer al más cuerdo.

Miro los bloques colindantes, todos con unas ventanas tan diminutas que desde aquí parecen ventanucos. ¿Cómo pueden soportar vivir así, en cincuenta metros cuadrados mal contados, pagando facturas con el poco dinero que consiguen trabajando como bestias? ¿cómo no se ahogan ante la indiferencia que les rodea? ¿cómo…cómo aguantan ser un puñado de caras anónimas que bien podrían morir mañana y nadie lloraría más de tres lágrimas por ellas?

Entro en el salón y enciendo el televisor. Se ve uno de esos concursos típicos de las cadenas locales. Quito la voz e imagino lo que dice el presentador: “Vaya al trabajo, cumpla su horario sin rechistar, vuelva a casa, coma la primera bazofia que consiga preparar y sintonice nuestro excelente canal de televisión. Y cuando vaya a acostarse, no olvide recoger el hilo de baba que ha soltado mientras disfrutaba de nuestra repugnante programación. Si mañana decide dar un paseo, recuerde no saludar a nadie ni pronunciar palabra. Sea falso, mienta, utilice a los demás, aprovéchese de sus debilidades: usted es mejor que todos ellos. Será feliz, sí, mucho, porque nosotros le ofrecemos la felicidad, cómodamente empaquetada en todos y cada uno de los productos que anunciamos. Cómprelos, vamos, no sea insensato: si no puede aparentar lo que no es, si no puede dar envidia a su vecino, ¿para qué vive? Créanos, usted vale lo que pueda comprar, no se engañe. Sea feliz o muérase”. Termino por apagar la tele, haciendo esfuerzos sobrehumanos para no vomitar de asco.

El aire me golpea en la cara. Lanzo una mirada al exterior: llevo un año viviendo en la capital y no termino de acostumbrarme a ella. Acero, cemento y ladrillos, ingredientes de una pesadilla sin fin. La ciudad, esa cárcel deshumanizada donde millones de almas se pudren sin remedio. Alabado sea el templo del consumismo y de la falsedad, por los siglos de los siglos, amén.

Recordé el parque de mi pueblo: cuando era muy pequeño estaba poblado de setos, muy altos, tanto que hasta podía esconderme en ellos. Había palmeras y árboles enormes y los caminos eran de piedra. Era un parque bastante viejo, lleno de misterio para un crío como yo. En él había un estanque con patos. Los domingos por la tarde iba con mis padres a echarles de comer, después de almorzar en algún bar o venta. Me hacía gracia ver cómo los patos se peleaban por coger los ‘gusanitos’ que yo tiraba al agua. Extendían el pico a toda velocidad, los engullían y se acercaban a mí esperando más comida. Me divertía verlos allí, en el agua, sin más preocupación que la de llenar el buche.

Luego crecí y cambié. El parque también cambió, pero para mal: con la excusa de estar envejecido el ayuntamiento lo arrasó y reformó por completo, arrancando de raíz todas las plantas que había. El resultado final de tamaño destrozo daba pena y rabia: quitaron el estanque, dejando en su lugar ‘una fuente de estilo práctico y funcional’. En otras palabras, una fuente horrible. ¿Por qué no dejaron el estanque que tanto gustaba a los niños? ¿qué fue de los patos? ¿por qué los echaron? ¿qué daño habían hecho?

Así el parque, así la infancia, así la madurez.

Salgo de nuevo al balcón y me apoyo en la barandilla. Cierro los ojos, concentrándome en la calma que me rodea. Oigo algo, un leve sonido, casi imperceptible: más que oírlo, lo siento en mi interior. Es un ruido caótico, enfermizo, como de cristales rotos. Sí, es eso: cristales rotos.

No, no son cristales. Intuyo qué es lo que escucho: son sueños, los sueños y aspiraciones de los ciudadanos. Con el calor han dejado abiertas las ventanas y mientras dormían los sueños han abandonado a sus dueños y han echado a volar, libres como son. Pero por desgracia no consiguen llegar muy lejos: se rompen, uno tras otro, estampados contra los muros de los edificios. La ciudad dormida devora sueños y cuando se queda sin ellos devora almas. La ciudad dormida es gris perpetuo.

Voy a acostarme, a ver si consigo dormir algo, a ver si despierto de esta pesadilla.

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