La canción del navegante

14 septiembre 2009

Justicia poética

Filed under: Textos — quieroserpoeta @ 4:11 am
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Despedida

En esta madrugada el cielo luce limpio y plagado de estrellas. El ambiente vacía el alma y hace que se llene con las ideas más peregrinas. La melancolía trae tu imagen en mi memoria: hay tantas cosas que quise decirte y no te dije…

Tres veranos atrás, a media tarde, cruzabas Nervión Plaza engalanada con una falda y una camisa que realzaban tu figura de modelo. ‘Esta chica no se me escapa’, pensé. Fuimos a una cafetería cercana y entre cafés y copas descubrí cómo rebosabas inocencia, aquella que yo casi tenía perdida por las desilusiones de la vida.

¿Pasado o futuro? no quería repetir los mismos errores, era hora de saltar al vacío sin esperar nada a cambio: me quedé con el futuro, contigo, con tu promesa de amor. Fue una de las mejores decisiones que he tomado jamás.

En la lejanía se aprecia Marte y allá, en lo alto, está la Osa Mayor; atrás y cruzando el espacio se observa la Vía Láctea. ¿Dónde estás?

Tus manos, hay momentos en que siento el contacto de sus dedos: largos y juguetones como críos en un patio de recreo. Nunca supe quién buscaba a quién, si eran mis manos las que perseguían las tuyas o era al revés. Las tardes se teñían de ocre y tus pupilas fulguraban: esos ojos eran demasiado hermosos como para no quererlos. Llámalo magia, fantasía o pura imaginación pero presentía que habían sido ungidos en las nubes de los siete cielos. Tu forma de mirarme me decía que en realidad eras una dulce niña con cuerpo de mujer: Alicia se había escapado de un país sin maravillas y había terminado a mi lado, enamorándose de mí.

Siempre he sido un escéptico que nunca creyó en la felicidad. Aún así me hiciste dudar de su existencia.

Se oyen ladridos lejanos. Yo permanezco despierto, sentado en un poyete, pasando otra noche acompañado con mi soledad. Hasta la luna me ha abandonado.

Perdí la cuenta de los millares de veces que mi boca se confundió con la tuya. Su frescura evocaba en mí la lluvia de otoño o la tranquilidad de un manantial que fluye en libertad. Si cualquier cosa me deprimía o estresaba estabas tú allí para animarme, tanto que las mayores dudas resultaban ridículas cuando me rodeabas con tus brazos. Tu compañía era mi hogar peregrino.

Lo que vivíamos era una obra de teatro: era el Don Juan Tenorio. Sin embargo el final era diferente, por fin don Juan era redimido en vida por doña Inés: cuando paseábamos por la ciudad podía oír los aplausos del público que enardecido nos vitoreaba ‘bravo’, el telón caía y nuestras vidas se impregnaban de alegría.

Vuelve el silencio y parece que el pueblo entero está muerto. Acabo de ver un cometa: así de fugaces eran las horas de intimidad que compartí contigo.

En la punta de mi lengua tengo grabada a fuego la sal de tu piel. Si me preguntasen qué es el erotismo respondería que es verte desnuda y tendida sobre una cama, iluminada por la tenue luz de las farolas que se cuela por las persianas bajadas; la pasión es el vapor de nuestros cuerpos condensado sobre los cristales de tu coche, en medio de ninguna parte, en invierno.

Alta y esbelta cual ninfa cortabas mi respiración. En secreto hice un mapa completo de tus montes, tus valles, tus depresiones y tus precipicios, los mismos en los que me despeñaba hacia el placer. La acidez de tu sexo me transportaba a sitios exóticos, era un viaje de solo ida hacia lo prohibido. Cuando entraba en las cavernas de tu ser me sentía alguien distinto, aliviado de máscaras y cargas sociales: era yo mismo, mi yo liberado. En tus llamaradas me consumía vivo, deseando que esos momentos íntimos fuesen eternos, imperecederos.

El viento me visita unos segundos, refrescándome la cara; cada átomo que lo forma se me hace un recuerdo pasado que desea volver a ser vivido, volver a nacer de tu sonrisa:

Mis manos sobre las tuyas, nuestro primer beso a media tarde, las horas en el parque abrasándonos de deseo, el sudor de tu cuerpo en verano, el delirio de verte desgarrar de pasión, tu boca y la mía unidas, el océano pacífico de tus abrazos, los paseos a la orilla del Guadalquivir, los bancos que allí permanecen y nos acogieron, los monumentos de Sevilla contigo, el barrio de Santa Cruz rememorando tu presencia a cada paso, un paseo nocturno en tu pueblo tras cenar, los muebles temblando, los cristales empañados, el gemido de tu voz y un suspiro agonizante, las ciudades que visitamos, Córdoba y el horizonte borroso, Carmona en lo alto de tu semblante, la tórrida arena de Cádiz, salir del agua aterido de frío y cobijarme a tu lado, el sol a través de tus pechos, las aguas del mar sobre ti, el balcón del hotel en Tenerife, mirarte acurrucada entre las sábanas, oírte susurrar mi nombre al oído, trampa de placer en la ducha con revancha en el dormitorio, ‘te he echado de menos’ haciendo el amor, las fiestas con mis amigos, las risas con los tuyos, los pubs, las discotecas, las copas, la feria y nuestra danza en medio de la calle, los cafés y los helados, nuestro amor en película de veinte milímetros, ‘estoy aquí, echándote de menos y queriéndote mucho’ al otro lado del teléfono, la despedida tras una cita exitosa, la mirada perdida tras tu matrícula y mi cabeza girando hacia la nada, los versos improvisados en mi móvil, el calor de sentirte cerca aún estando lejos…

El horizonte comienza a clarear, de tanto recordar está a punto de amanecerme. Todo tiene un principio y un fin.

No me entendía entonces y sigo sin hacerlo ahora. Tú llorabas en silencio, estaba oscureciendo, sonaba la radio del coche y yo sabía que tras esa tarde no volveríamos a vernos en años. Decidí seguir mi camino en solitario y al hacerlo rompí tu corazón en pedazos invisibles: me sentí miserable por dentro, sabía que no te merecías ese final. Aún me desprecio al recordarlo.

Recorríamos las avenidas, cruzábamos los semáforos y cuando quise reaccionar estábamos ante la estación de tren. ‘Un beso y un adiós’ era la canción que se oía cuando me bajé del vehículo. Entre sollozos me dijiste dos palabras, una frase con aroma a esperanza en un mañana alternativo, distinto del presente. Partiste rumbo a tu casa mientras yo te daba la espalda, caminando hacia los mostradores de billetes y sintiéndome una sombra de mí mismo.

Obtuve mi libertad, aquella que me ha permitido construir la Groenlandia de hielo y ceniza en la que estoy exiliado. Hay momentos en los que me pregunto si alguna vez amé o fue todo un sueño.

Un lucero huérfano es lo que queda de otra noche de verano. Ya comienza a verse el sol entre las tejas. Debo acostarme, aunque antes quiero ordenar mis pensamientos.

Allá donde estés quiero que sepas que te agradeceré mientras viva lo que me enseñaste: que se puede dar sin esperar nada a cambio, que el cariño sincero anima hasta al más derrumbado, que la diferencia entre un día radiante y otro grisáceo está en un beso de amor, que la distancia entre dos personas se desvanece cuando ambas piensan en la otra, que un puñado de palabras puede destruir el mismísimo acero, que dos cuerpos amándose hacen que se tambaleen las cavernas del Infierno, que el sentimiento más prodigioso nace desde la más auténtica de las bondades, que es mejor ser Peter Pan y sobrevolar Nunca Jamás hasta la vejez que perder la capacidad de amar y ser amado, que en definitiva el AMOR con mayúsculas es patrimonio de la inocencia y la fe en las personas.

Allá donde estés, gracias, por quererme, por ser tan especial, por todo. Más que estas letras o mi soledad te dedico mi vida entera; si hay en el mundo una mujer que merezca ser feliz esa eres tú.

Te llevaré por siempre y para siempre en mi corazón, hasta el fin de mis días.

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17 mayo 2009

Azul

Filed under: Textos — quieroserpoeta @ 11:51 pm
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Belleza celestial

Azul los cielos, los mares, el agua de los ríos y el millar de relámpagos que vestidos de coral y zafiro desprenden tus pupilas. De la energía de una supernova te vistes, sol de amanecer refulgente que guarda bajo su pelo las estrellas de la noche, aquellas que coronan la vía láctea. Cada palmo del suelo pugna por sentir el tacto de tus tacones y hasta las motas de poI vo se apartan para no empañar en modo alguno tu sempiterna belleza. Cuando tu pintalabios roza tu boca surge una música invisible, ecos de todas las sinfonías que no pudieron componer ni Mozart ni Beethoven. Tu ser irradia una luz tan pura que las bombillas, los tubos fluorescentes y las lámparas de neón te rinden pleitesía en secreto e incluso las luciérnagas de medio mundo y las hadas de todos los cuentos escritos y por escribir te han coronado como su reina, su emperatriz.

Los eruditos han determinado que en la narración del Génesis hubo un error: al séptimo día no descansó Dios sino que usó el primer albor para engendrar la más perfecta de sus creaciones, aquella en cuyas venas durmiera la fuerza de un millón de volcanes y en cuya mirada pudiera oírse el canto de ángeles y arcángeles al unísono, la obra que sería el culmen de la feminidad, la quintaesencia de la palabra ‘mujer’ en toda su magnificencia. Tú eres el episodio perdido de la Biblia, la pieza clave en el origen del Universo: tu omnipresencia de semidiosa es la prueba.

Antes había un grupo de hombres que calmaban las inquietudes de su espíritu escribiendo poemas; antes existía la poesía, luego naciste tú y los versos redactados hasta la fecha se resquebrajaron: ninguno, ni pasado ni futuro, podía hacerte la más mínima justicia. Bécquer dibujó tu azul con su pluma, Salinas quiso cantarte pero fracasó, Neruda posó su pensamiento en ti y Hernández desgarró su alma buscándote: eres el santo grial de los poetas y allá donde vayas ellos dedicarán sus voces a tu hermosura.

No sólo los lápices pronuncian furtivamente tu nombre, también lo hacen los pinceles, los cuadros y el mármol de las estatuas. Se dice que la Mona Lisa ya no sonríe, ha cambiado su gesto por otro de enfado y furia: tu sonrisa guarda más y mejores misterios, es más bella, más risueña. Una sonrisa de tus labios desprende oro, rubíes y diamantes, muestra una casa de mil espejos blanquecinos donde cualquier hombre querría verse reflejado. Tu sonrisa huele a azahar y produce en los ojos una suave brisa de tarde de primavera.

Deidad humana de lozanía y juventud; miel, pétalos de rosas y las mil y una noches ocultas en tus besos; caricias, encajes y sedas orientales en el vaivén de tus pestañas; tronar de cañones y clamor de espadas en tu piel. De azul perfecto tus ojos, así eres, así te veo yo.

22 diciembre 2008

Princesa de un reino arcano

Filed under: Reflexiones — quieroserpoeta @ 12:18 pm
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Menú inesperado

Con la premura del que llega tarde a una cita entro por la puerta del restaurante. Si no me he equivocado es allí donde me han dicho que es el almuerzo de navidad de mi anterior empresa. Nada más entro en el local, vítores y algún que otro aplauso: se ve que me echan de menos, tal vez no tanto como yo a ellos. Visiblemente azorado saludo a los miembros de la sala uno tras otro, esbozando una gran sonrisa fruto del reencuentro con viejas amistades. Tomo asiento, converso con mis compañeros de mesa y del pasillo aparece ella.

Sé que en este tipo de eventos las mujeres se arreglan con especial dedicación;  no obstante lo que mis ojos ven desafía a mi imaginación y a la de cualquiera de los asistentes: una emperatriz engalanada de obsidiana y plata, bendecida por el látigo de fuego que conforman sus cabellos. El sonido de sus botas de tacón hace estremecer los cimientos del edificio, las columnas que sostienen la cúpula celeste y el mismísimo centro del planeta. Cada una de sus uñas alargadas es un pincel que dibuja con exquisita sutileza frescos y murales sobre el aire desnudo, colmándolo de arte renacentista con un leve aroma a perfume de mujer. Torbellinos imperceptibles provocan sus arqueadas pestañas en un abrir y cerrar del azabache de sus ojos cristalinos. Su piel, antaño estirada por el vaivén de los días vividos, luce hoy fresca, delicada, majestuosa en sus reflejos, surcos y mates. A sus treinta y tantos resiste el asedio del paso de los años con un atractivo capaz de seducir al corazón varonil más pétreo; el mío no es una excepción y por ello cae sin remedio ante tan arrollador asalto de feminidad.

Ella me ve, me sonríe y mientras se acerca a mí yo me levanto del asiento. Intercambiamos dos besos y tres o cuatro frases, una actitud típica de dos personas que si bien quieren mantener una conversación afable no saben muy bien qué decirse. Es triste que tras cinco años siendo compañeros de trabajo no sepa casi nada de ella; trabajábamos en departamentos distintos y el contacto se reducía de forma exclusiva a los almuerzos de navidad. Se despide y se encamina hacia otra mesa, llevándose consigo una parte de mí en esos besos que rozaron casi por casualidad sus mejillas.

Llegan los entrantes, los primeros, los segundos platos y el postre. Con las barrigas repletas de comida y los espíritus animosos por la cerveza y el vino pasamos a un salón contiguo donde las chicas han preparado una suerte de ‘entrega de premios’, un espectáculo simpático e inocente en el cual aprovechan para dejar en evidencia a más de uno. El no ser nombrado en ningún momento acrecienta en mí el peso de los recuerdos y siento cómo por momentos tengo ganas de huir de allí: ya no formo parte de la organización, me dejaron aparte como a un trasto viejo y herrumbroso carente de interés. El día fatídico me reuní con mis jefes más directos; esperaba que intercedieran para frenar mi marcha, injusta según el criterio unánime de aquellos que habían trabajado conmigo, y en vez de eso no recibí más que un apretón de manos. Una mañana de verano estaba trabajando y al día siguiente ya estaba en paro, con una llamada de teléfono a bocajarro de por medio. Fue duro, muy duro. Así es la vida.

Termina el ‘show’ y tras hacer las respectivas cuentas de rigor salimos todos del restaurante, encaminándonos a la discoteca más cercana. Contra todo pronóstico el local está a rebosar y apenas sí puede uno llegar a la barra. El ver pasar cerca de mí a una gitana que vende rosas hace evocar en mi interior ecos antiguos: fue allí donde hará tres años y tras otro almuerzo navideño regado con muchas copas le regalé a ella, al lucero que irriga de resplandor las paredes de lugar, una rosa roja, comprada a un vendedor chino que rondaba la pista de baile. Ese gesto tan simple como inesperado hizo saltar por los aires sus defensas de mujer, aceptando el regalo con rubor y gran sorpresa; el hecho de ver a una treintañera avergonzada como una colegiala por el detalle que ha tenido con su persona un chaval de veintitrés o veinticuatro años es algo que no tiene precio. En los días posteriores al suceso no supe estar a la altura de las circunstancias: yo pretendía ser galante, sin más, y ella interpretó el regalo como una declaración de intenciones. Lejos de aprovechar el incidente para conocerla más a fondo opté por rehuirla y mantener las distancias, mostrando la cobardía característica del niñato que por entonces era (y que por desgracia sigo siendo).

Actué de ese modo porque fui incapaz de comprender lo que ahora percibo con claridad: a pesar de haber tenido amores por doquier no sabía lo que era recibir una rosa roja de manos de alguien casi desconocido. Según se rumoreó después, ella llegó a mantener relaciones con al menos dos compañeros de trabajo, ambas con resultado funesto. Intuyo que tuvo más y que a la vista de quiénes fueron sus parejas ellos la utilizaron como mero divertimento; lo sé por comentarios y actitudes de los individuos en cuestión de cara a las mujeres. Da asco ver lo desalmados y rastreros que pueden llegar a ser los treintañeros, escudándose en sus fracasos sentimentales y alegando una misoginia tan sesgada como irresponsable.

La tarde se transformó en noche y la algarabía continuaba. Poco a poco se hizo un claro en la pista y pudimos reunirnos todos, bailando unos e intentándolo otros. Ella se acercó por mi derecha y su belleza noqueó el poco raciocinio que me quedaba tras mezclar varios licores. Quise conversar y a duras penas conseguí intercambiar frases ocasionales; no estaba centrado, mi cabeza estaba en otro sitio, un asunto que bien merece tratamiento aparte. Cuando tu entorno se vuelve luces y flashes tu corazón se impregna del ambiente y comienza a funcionar igual, de ahí que dejase escapar una oportunidad excelente para intimar con ella. El resplandor de los focos arrojaba sobre su semblante un halo de divinidad mientras su cuerpo se contoneaba al son de los altavoces; la expresión de su ser dejaba entrever el desconcierto propio de las personas hacinadas en un espacio reducido, acompañando cada uno de mis comentarios con una leve sonrisa de condescendencia.

Sobre las nueve y media de la noche la mayoría de los asistentes al almuerzo se habían ido ya de la discoteca. Por lo que pude apreciar ella se había citado en ese lugar con otra amiga suya, visiblemente mayor y mucho menos atractiva, que no dejaba de mirarme con ojos golosos. Ese hecho provocó que aumentase mi distancia con respecto a ella, temiendo verme envuelto en una situación un tanto embarazosa; opté por conversar con el que fuera mi interlocutor durante el almuerzo. Minutos después decidí que era hora de marcharme, ofreciéndose él a acompañarme no sin antes observar que de la fiesta bien poco quedaba por celebrar. Recogí mi chaqueta y cuando regresé para despedirme de los demás ella me salió al paso, preguntándome si me iba ya, lamentando que así fuera y ofreciéndose a avisarme en un futuro de las próximas celebraciones que se organizaran. De nuevo disfracé de educación los besos de despedida que intercambiamos ambos, alegrándome de su actitud para conmigo, tan contenida como cálida. Me marché de la discoteca con un dulce sabor de boca, aquel que otorga ese caramelo denominado esperanza.

Estos días he meditado sobre el encuentro y sobre esa mujer, omnipresente en los pequeños resquicios de mi cerebro. Siento en mi interior la urgente necesidad de escribirle algo, ya sea un texto lírico o un poema; algo que le dé motivo a soñar despierta un poco más, a creer que tarde o temprano encontrará al hombre adecuado con el cual podrá envejecer sin miedo, a mantener una promesa de ilusión ante un mañana que hasta la fecha sólo le ha regalado desamor y apatía. Me encantaría conocerla más a fondo, navegar entre sus sentimientos más íntimos y suturar aquellos que hayan sido objeto de manipulación malintencionada; quisiera cerrar sus cicatrices a golpe de verso y teclas, restaurándola como princesa de su reino, un reino arcano arrasado por decenas de egos masculinos deformados.

Es muy triste comprobar cómo hábitos tan sencillos, inocentes y honestos como la poesía con destinataria han caído en desuso junto con los valores de antaño, ambos reemplazados por la filosofía de la carne por la carne. Cuantos más calendarios agoto menos entiendo a la sociedad en la que vivo.

1 diciembre 2008

Real (Imposible 2)

Filed under: Textos — quieroserpoeta @ 3:46 am
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Últimos rayos de sol al atardecer

“No sé cuánto tiempo llevo aquí, en esta cima congelada. Ya he intentado miles de veces romper a golpes las estalactitas que cierran mi prisión y todos los esfuerzos han sido en vano. Sé que pasaré el resto de mi eternidad confinado en este minúsculo espacio, repasando los viejos recuerdos de cuando amé. Fui engendrado demonio, éste es mi destino.”

La masa informe se deslizaba sobre el suelo en pequeños círculos y la luz mortecina de la entrada de la cueva producía en su superficie destellos metálicos que se elevaban hasta el techo helado. Afuera el horizonte se vestía de estancas nubes grisáceas y a través de los gélidos barrotes no era posible apreciar nada más. El suelo de la cueva estaba cubierto de un polvo espeso y ennegrecido; se rumoreaba que los superiores eran los maestros del fuego mientras los simples demonios se congelaban de frío en las zonas periféricas del Infierno; también se decía que mucho antes de ser habilitada la montaña como cárcel habían sido abrasados en su cima los demonios más rebeldes ante las carcajadas de los superiores de mayor rango. Fuesen ciertos o no los rumores el hecho de permanecer allí encerrado resultaba una agonía lenta.

En el centro de la estancia comenzó a soplar un viento procedente de ninguna parte y el ser, extrañado, dejó de pasear. El viento formó un oscuro remolino de polvo, el cual de repente se transformó en una luz blanca, pura y a la vez cegadora. Una voz surgió de ella: “Sígueme”.

*    *    *

Aquella era una tarde de Mayo excelente: el cielo estaba despejado, hacía algo de calor y las terrazas de bares y pubs estaban a rebosar. En el parque colindante a la avenida los niños jugaban mientras sus madres hablaban unas con otras, sentadas en los bancos más cercanos a la zona de juegos infantiles. En esa zona del parque una mujer de apenas treinta años estaba sentada sola y leía un libro. Abstraída en la lectura no reparó en el hombre alto que se había detenido justo delante de ella. Con cierta vergüenza levantó la vista, muy de soslayo, para luego clavar sus ojos sobre la cara de él, sorprendida.

–    ¡Tú!
–    Hola – respondió el hombre, esbozando una sonrisa.

Era él, su viejo amor de juventud, cuando todavía era ella estudiante y apenas sabía de la vida. La última vez que lo vio fue hace unos ocho o nueve años; sin embargo él seguía igual, no había envejecido nada o por lo menos no lo aparentaba. Ella era consciente del paso del tiempo y de sus efectos: cuando sonreía mostraba alguna pequeña arruga y su piel no era ya tan fresca y lozana como antaño. Pero él, sin entradas, sin arrugas, sin canas ni tirantez en el rostro parecía un fantasma, una imagen que se había fugado de algún rincón de su pasado.

–    ¿Puedo sentarme? – preguntó el hombre, señalando al espacio libre que había en el banco.
–    Sí, sí…claro. – El nerviosismo de la mujer era evidente.

Ella cerró el libro con pulso tembloroso y lo sostuvo sobre sus piernas, recobrando por segundos la conciencia de un sentimiento soterrado por cientos de vivencias posteriores. Se vio a sí misma paseando con él, años atrás, recorriendo las calles e hilvanando para sí planes de un futuro juntos que jamás tomó forma. Él se sentó a su lado y calló, sonriendo y mirando alrededor como quien se siente parte de un cuadro: la luz del atardecer, los niños, la brisa…y ella. La mujer detuvo su mente en el momento más amargo de todos, el de la ruptura, y con voz llena de tristeza y rencor sentenció:

–    Fuiste un cobarde. Me dejaste por teléfono, no tuviste lo que hay que tener para decírmelo a la cara. ¿Por qué?

La sonrisa se esfumó del rostro del hombre. Era cierto, la dejó por teléfono, pero ¿cómo decirle el motivo? Aquella tarde perdida en la memoria se habían citado en la entrada de ese mismo parque. De camino él notó una extraña presencia sobre sí, un calor sofocante, propio de otra dimensión: le habían descubierto, sabía que iban a por él; huir era inútil, cualquiera de sus superiores le encontraría tarde o temprano; lo más probable es que ya no volvería a verla más. ¿Qué hacer?, ¿qué decisión tomar en ese momento? Corrió hasta una cabina de teléfonos cercana, la llamó a toda prisa y con todo el dolor de su metálico corazón le dijo que tenía que irse muy lejos y que lo mejor para ambos era cortar. Ella no tuvo tiempo de objetar nada porque tras decir él esas frases se abrió el suelo bajo sus pies y una enorme llamarada lo engulló, siendo el auricular el único testigo del injusto final a algo que quiso ser y no fue.

–    Lo siento, créeme que lo siento de veras. Tenía que irme, no ya por mí, me obligaron a hacerlo.
–    ¿Quiénes, quiénes te obligaron? – objetó ella, dejando entrever una mezcla de indignación y pena.
–    Es…complicado de explicar. – él hizo una pausa y continuó – Ya no importa. ¿Qué es de tu vida ahora?
–    Tuve otras relaciones posteriores pero no funcionaron. Casi a los dos años de que me dejaras conocí al que es hoy día mi marido. Trabajo de profesora y en general me va muy bien. Soy muy feliz.

Ella pronunció la última frase con un poso de amargura. Era verdad, estaba felizmente casada y su vida transcurría con total tranquilidad. No obstante de vez en cuando recordaba a su primer gran amor y se preguntaba qué habría pasado si no se hubiera marchado así, sin más. Ahora que por fin se reencontraban todo era distinto, más inesperado, más real.

Él sintió una punzada en sus entrañas al escuchar lo bien que estaba ella sin él, como si nunca hubieran estado enamorados. La quiso muchísimo y lo pagó bien caro, pudriéndose en lo alto de una montaña albergada en el lugar más miserable del Infierno. El lugar que él soñaba ahora lo ocupaba otro humano, un desconocido que ni de lejos había arriesgado tanto por ella. Él había provocado esta situación, cargó con la culpa y quedó como un impresentable para que ella encontrase a otra persona que pudiera darle lo que él no pudo. Su plan improvisado tuvo éxito mas la certeza de ver que el amor que compartieron perteneciera ya al pasado lo aniquilaba por dentro.

–    A mí no me ha ido tan bien como a ti. De todas maneras no puedo quejarme – era mejor callar.

A varios metros un crío se montó en uno de los columpios y empezó a balancearse cada vez más alto. Excitado por la emoción comenzó a reclamar la atención de su madre:

–    ¡Mamá, mira lo alto que llego! ¡Mamáaaaa, miraaaaaa!
–    ¡Ezequiel, ten cuidado, no te vayas a caer! ¡No te balancees tanto! – gritó la mujer, levantándose y dejando el libro a un lado.
–    ¿Ezequiel? – dijo él, petrificado de la sorpresa. Ella se giró y su mirada asentía lo que él pensaba.

El día que se conocieron él se presentó ante ella utilizando el mismo nombre. Un demonio y una humana jamás tendrían descendencia así que ese niño era hijo de ella y de su marido. Y llevaba su nombre. No cabía duda alguna: ella, a pesar del tiempo transcurrido, a pesar de la distancia, no le había olvidado y por ese motivo quiso tenerlo presente en la persona de su hijo.

El niño bajó del columpio y entre risas y gritos se fue corriendo adonde estaban los otros niños. El hombre, reconfortado ante la evidencia, dijo a la mujer:

–    Ven, siéntate.

Ella le hizo caso y se sentó con lentitud. Estuvieron callados unos minutos y no se dijeron nada más. Él cogió la mano de ella y la estrechó. La mujer no opuso resistencia, es más, apretó la mano de él con fuerza. Por fin estaban juntos de nuevo.

Una voz retumbó en el interior de la cabeza del hombre:

–    Hemos de irnos ya. Debes volver a la cueva, es muy peligroso que estés tanto tiempo fuera.
–    Dame un poco más de tiempo, Gabriel. He soñado tanto este momento que no quiero irme sin disfrutarlo lo suficiente – respondió mentalmente el hombre.
–    Vale, un poco más, pero que sepas que ya me reclaman en el Cielo y que debes devolverme el cordón de Ezequiel. Ya me dijo él que lo perdió en la última batalla del Perímetro y que en la retirada vio a un demonio menor recogerlo. Lo que yo no sospechaba era el efecto que iba a producir en ti la esencia divina del cordón – objetó la voz.
–    Ni yo tampoco. Cuando se lo des dale las gracias de mi parte.
–    Un arcángel ayudando a un demonio. A quién se le diga… Luego vuelvo a por ti. – la voz se silenció.

Ella se arrimó y posó su cabeza en el hombro de él. Era muy probable que los superiores descubrieran esta nueva fuga y que el castigo que le impusiesen no fuera ya el cautiverio sino algo peor. A él no le importaba, ya no le importaba: el estar los dos juntos y el saber que ella todavía le seguía queriendo bien merecía lo que después le deparara el destino.

Caía la tarde, el sol comenzaba a ocultarse y los edificios se teñían de naranja, contrastados por el fondo de cielo azul. Allí, estrechando la mano de su antigua amada y por primera vez en toda su existencia nuestro demonio se sintió completamente feliz.

18 noviembre 2008

Soy fea

Filed under: Reflexiones — quieroserpoeta @ 6:09 am
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Una gran injusticia

Alza un poco la mano derecha y se alisa el flequillo, intentando prestar atención a la conversación que su amiga de toda la vida le está brindando: ropas, amistades, chicos, a saber. Asiente mientras sostiene su cubata en un vaso ancho, esbozando un sonrisa a ratos sinceras a ratos forzada. Es otra madrugada de Sábado en aquel pub, otra noche de fin de semana en la que vuelve a jugar a ser la chica interesante y pícara que desearía tener en sus brazos cualquier hombre del local, otra obra de teatro con burdas máscaras en la que hace de actriz principal y sus pocas amigas solteras hacen de artistas invitadas. Soberana en su firmeza y su pose lanza miradas de fingida indiferencia a la multitud sin saber bien qué está buscando o a quién está esperando. La música del momento hace de maremoto que arrasa con las palabras a su paso, emponzoñando un aire ya de por sí saturado de tabaco y soledad, su soledad.

La imagino comprando el conjunto que lleva días o semanas antes, entrando en una u otra tienda y desviviéndose por encontrar alguna prenda que favoreciese la poca belleza que la madre naturaleza, con su tiranía y crueldad características, le otorgó al nacer. La veo horas antes de salir en su casa, sacando del armario sus prendas, tendiéndolas sobre su cama y pensando en si por fin esa será la gran noche en la que conocerá al príncipe azul de su cuento de hadas particular. Tiene veintidós o veintitrés años y no sabe lo que es amar y ser amada, desconoce el calor de una mano o el dulce sabor de un beso en los labios, no atisba a comprender qué se siente al compartir su cuerpo desnudo con otro bajo unas sábanas. Su vida hasta la fecha ha estado llena de tardes de Otoño grises, versos sin su nombre y San Valentines baldíos de rosas y cartas de amor. Ahora, en el pub, percibo cómo el maquillaje que parapeta su corazón tiembla al retener la desilusión que lo consume, aquella que apura los minutos de reloj manteniendo la esperanza.

Una amiga saluda a ambas a lo lejos y levanta una cámara de fotos. Ella saluda con la mano, abraza a su amiga por los hombros y posa intentando esbozar la mejor de sus sonrisas, víctima de una escena no exenta de triste patetismo: hace lo posible y lo imposible para que algún hombre se fije en ella pero intuye que sus esfuerzos son en vano pues en el pub hay otras chicas mucho más guapas. Aquí y allá pasean jóvenes casi sacadas de la pasarela Cibeles, divinas en sus vestidos Vogue y sus tacones de mujer fatal, sobradas de soberbia y egoísmo a la vez que carentes de humanidad y respeto. Maestras en el arte del desprecio esperan para sí mucho más que un mero príncipe azul con jornada laboral de diez horas y sueldo mileurista: esperan un auténtico príncipe con corcel blanco y palacio de ensueño, lo menos que se merecen unas princesas como ellas. Ellos, sentados a la barra o en pie, intentan cortejar a las Barbies de saldo simulando el movimiento de los pavos reales cuando despliegan sus plumas, empecinados en su ceguera y su idiotez, obviando injustamente la presencia de una pobre chica que no busca más que cuatro palabras educadas que le permitan soñar despierta.

Pasa el tiempo y el local se va vaciando, dejando tras de sí un suelo de cristales rotos, punzantes como la pena que la aflige. Es hora de volver al hogar, de reencontrarse con su cama vacía y sus pañuelos de papel cargados de lágrimas. La chica y su amiga se levantan y comienzan a caminar con paso apresurado, cruzando el pasillo hacia la puerta como quien huye de un túnel oscuro lleno de terror y fantasmas. Yo la miro mientras se marcha, maldiciendo lleno de rabia al inventor de este mercado donde las brujas siempre ganan y las hadas están condenadas a perder eternamente.

10 noviembre 2008

Imposible

Filed under: Textos — quieroserpoeta @ 6:31 am
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Gélida estepa

Los coches pasaban por la avenida mientras la pareja paseaba, disfrutando del aire tibio de una noche de verano. Él procuraba apretar el paso mientras ella le frenaba, cogiéndole de la cintura. Su castaña melena se ocultó bajo el brazo que tenía sobre sus hombros, el brazo de él.

–    ¿Me quieres?
–    Claro que te quiero – repuso el chico, no sin dejar entrever cierta incomodidad por la pregunta y el momento.
–    Quédate un poco más, siempre me dejas antes de las doce. De madrugada, tras vernos, me siento muy sola. Te echo muchísimo de menos – objetó ella con un leve hilo de voz.

El dramatismo de la situación hacía mella en la joven: tras una cena y un corto paseo él se marchaba de repente, como siempre había hecho, sin dar explicaciones. Horas, incluso días esperando verle de nuevo y cuando por fin puede disfrutar de su compañía él se excusa y decide irse.

–    No puedo quedarme, ya te lo he dicho. Lamento de veras volver a irme así, de verdad. Lo siento, no sabes lo que me duele marcharme tan pronto. Anímate.

Pero ella, lejos de animarse, contenía el temblor de su labio inferior, aguantando un amargo sollozo al tiempo que sus ojos se llenaban de lágrimas mal disimuladas con una sonrisa de niña inocente. Estaba harta de excusas y esperas, mas no podía dejarle: lo quería demasiado como para eso. Él era atento, amable, cariñoso, servicial y mil etcéteras más; él era un regalo demasiado precioso como para disfrutarlo con plenitud en las dos efímeras horas que solían verse.

–    Haré lo posible para que podamos quedar mañana o pasado, a más tardar – añadió él, intentando paliar la tristeza que había en el ambiente.
–    Es mentira. Siempre es mentira – dijo ella, dejando escapar un suspiro de resignación.
–    Por favor, no me lo pongas más difícil. De nuevo te pido disculpas.

Cruzaron una bocacalle y terminaron al lado de un parque muy mal iluminado por culpa de las farolas rotas. Él se detuvo ante la entrada lateral y determinó que ése era el mejor lugar para despedirse. Señaló el interior del parque con la mano, diciendo:

–    Iré por aquí. Así atajaré parte del camino de regreso.
–    Me gustaría presentarte a mis amistades – añadió ella -. Suelen preocuparse por cómo nos va, o mejor dicho, por cómo me va contigo. Quieren conocerte, les encantaría y a mí también, seguro que les caes bien.
–    Pero…
–    Por favor, te lo pido por favor.
–    Vale, buscaré un hueco. Ya te he dicho que mi trabajo apenas me deja respirar. Me voy ya.

Se besaron breve y apasionadamente. Él la miró un instante, dio media vuelta y se internó en la oscuridad de la entrada. Ella se quedó unos segundos de pie, petrificada, sin el menor deseo de regresar a casa. Quería abrazarle, necesitaba en su interior darle un caluroso abrazo, el último de esa noche: ansiaba tener un pequeño consuelo a tan cruel separación. Entró en el parque con prisa, siguió el mismo camino que segundos antes él había tomado y al hacerlo sintió un golpe de calor enorme en todo su cuerpo. La temperatura excesiva del aire la desconcertó, jamás había notado en la calle una ráfaga así: era como asomarse a un horno encendido. El suceso hizo que ella sintiera miedo de proseguir la búsqueda. Salió a la avenida y tomó un taxi.

* * *

La nieve cubría la inmensa estepa, congelada de principio a fin. Alrededor no se percibía más que frío, un frío irreal. La luz de ningún sol iluminaba todo, haciendo que la piel de aquel ser brillase como el metal. Esa extraña criatura, vista desde la distancia, podría confundirse con una masa fundida. De hecho nadie diría que ‘eso’ que flota a toda velocidad, camino de cualquier parte, tiene ‘vida’.

“Otra vez me reclama mi superior en el peor momento”, se decía el ser. “Si vuelvo a llegar tarde seguro que me castigará enviándome a esas montañas donde el frío es hasta cien veces superior. No quiero ni pensarlo”. Una voz retumbó en sus adentros: “No podré cubrirte eternamente, que lo sepas. No nos han pillado por muy poco.” Al lado del primer ser comenzó a flotar otro de similares características, ambos yendo disparados hacia donde habían sido convocados. Cuando un superior requiere la ayuda de sus subalternos exige la presencia inmediata de los mismos. Depende de quien lo ordene la noción de inmediatez cambia, por eso siempre se corre el riesgo de sufrir un severo castigo.

El primer ser continuaba su meditación: “Odio esta existencia, cada vez la odio más”. Fijó su atención en la gigantesca llanura helada. “No hay nada, en nuestro mundo no hay más que luz mortecina y nieve sin agua. Da igual, siempre da igual, somos lo que somos”. Una imagen se condensó en su pensamiento: era una joven, sonriente, lozana y hermosa. Tendía sus brazos hacia él con una expresión de alegría y cariño. “Y ella está allí, en su mundo de días soleados y noches con estrellas. Ella y su ser, sus besos, su piel; ella y su tristeza, su soledad, su pesar por no estar yo acompañándola. Si supiera lo que la necesito, si fuese consciente de lo imprescindible que me resulta su amor…”

Empezaba a verse en el horizonte un destello característico, quizás procedente del trono reservado al superior que los había convocado. “Si ella supiera lo que soy, ¿qué sería de mí?”. A pesar de que la pregunta le punzaba por dentro la repitió decenas de veces, recreándose en su desgracia. Dejó de insistir cuando recordó cómo empezó esa relación. ”La brecha, a través de la brecha la vi a ella. Éste que me sigue me dijo cómo entrar en su realidad, cómo adoptar forma de hombre. Por lo visto los superiores a veces hablan de ello, sobre todo cuando se carcajean del teatro de fuego, tridentes y azufre que emplean para asustar a los humanos”. La verdad se le hacía amarga e insoportable: “Ella y yo, siempre a escondidas, siempre temiendo que ellos me descubran y me condenen: mi crimen es amar cuando se me ha negado tal don”.

El trono era descomunal. A sus pies yacía una infinidad de seres grisáceos con forma de plastilina manoseada y la luz ambiental prodigaba el ejército de reflejos metálicos. El ser y su compañero se unieron al grupo, atentos a las palabras que iba a proferir el superior. La estepa seguía gélida, cubierta de un blanco inerte: aquel que genera el frío despiadado del Infierno.

1 noviembre 2008

La ciudad dormida

Filed under: Reflexiones — quieroserpoeta @ 4:47 am
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La avenida está tranquila, casi desértica. Los seis carriles yacen solitarios, arropados por los pasos de cebra. La parada de autobús enmudece y las farolas arrojan su naranja contra los bloques de viviendas. La ciudad duerme, agotada por el trabajo, el tráfico y la polución que la consume. De día el ruido te enloquece, de noche el silencio te taladra los oídos.

La brisa entra por el balcón para evadirse por la ventana de la cocina, sin pronunciar saludo alguno, ni un silbido siquiera. Las cortinas de la pared se mueven y tapan un poco la luz que entra de fuera, quizás increpándola por llevar tantas horas tendida sobre las baldosas del salón. Pasó el verano, llegó el otoño, estoy aquí: solo; sentado, pensativo y solo. Es de madrugada y no puedo dormir porque el calor no me deja. Este maldito piso de estudiantes no tiene aire acondicionado y tras estar cerrado todo el fin de semana el bochorno es asfixiante.

Me levanto de mi asiento, cansado de mirar a la nada, y salgo al balcón. Veo pasar por la avenida un coche de policía a toda velocidad. El barrio que queda enfrente de mi piso tiene fama de conflictivo, supongo que se dirigirán hacia él. Los agentes han puesto la sirena y lejos de ser desagradable, se agradece: este silencio puede enloquecer al más cuerdo.

Miro los bloques colindantes, todos con unas ventanas tan diminutas que desde aquí parecen ventanucos. ¿Cómo pueden soportar vivir así, en cincuenta metros cuadrados mal contados, pagando facturas con el poco dinero que consiguen trabajando como bestias? ¿cómo no se ahogan ante la indiferencia que les rodea? ¿cómo…cómo aguantan ser un puñado de caras anónimas que bien podrían morir mañana y nadie lloraría más de tres lágrimas por ellas?

Entro en el salón y enciendo el televisor. Se ve uno de esos concursos típicos de las cadenas locales. Quito la voz e imagino lo que dice el presentador: “Vaya al trabajo, cumpla su horario sin rechistar, vuelva a casa, coma la primera bazofia que consiga preparar y sintonice nuestro excelente canal de televisión. Y cuando vaya a acostarse, no olvide recoger el hilo de baba que ha soltado mientras disfrutaba de nuestra repugnante programación. Si mañana decide dar un paseo, recuerde no saludar a nadie ni pronunciar palabra. Sea falso, mienta, utilice a los demás, aprovéchese de sus debilidades: usted es mejor que todos ellos. Será feliz, sí, mucho, porque nosotros le ofrecemos la felicidad, cómodamente empaquetada en todos y cada uno de los productos que anunciamos. Cómprelos, vamos, no sea insensato: si no puede aparentar lo que no es, si no puede dar envidia a su vecino, ¿para qué vive? Créanos, usted vale lo que pueda comprar, no se engañe. Sea feliz o muérase”. Termino por apagar la tele, haciendo esfuerzos sobrehumanos para no vomitar de asco.

El aire me golpea en la cara. Lanzo una mirada al exterior: llevo un año viviendo en la capital y no termino de acostumbrarme a ella. Acero, cemento y ladrillos, ingredientes de una pesadilla sin fin. La ciudad, esa cárcel deshumanizada donde millones de almas se pudren sin remedio. Alabado sea el templo del consumismo y de la falsedad, por los siglos de los siglos, amén.

Recordé el parque de mi pueblo: cuando era muy pequeño estaba poblado de setos, muy altos, tanto que hasta podía esconderme en ellos. Había palmeras y árboles enormes y los caminos eran de piedra. Era un parque bastante viejo, lleno de misterio para un crío como yo. En él había un estanque con patos. Los domingos por la tarde iba con mis padres a echarles de comer, después de almorzar en algún bar o venta. Me hacía gracia ver cómo los patos se peleaban por coger los ‘gusanitos’ que yo tiraba al agua. Extendían el pico a toda velocidad, los engullían y se acercaban a mí esperando más comida. Me divertía verlos allí, en el agua, sin más preocupación que la de llenar el buche.

Luego crecí y cambié. El parque también cambió, pero para mal: con la excusa de estar envejecido el ayuntamiento lo arrasó y reformó por completo, arrancando de raíz todas las plantas que había. El resultado final de tamaño destrozo daba pena y rabia: quitaron el estanque, dejando en su lugar ‘una fuente de estilo práctico y funcional’. En otras palabras, una fuente horrible. ¿Por qué no dejaron el estanque que tanto gustaba a los niños? ¿qué fue de los patos? ¿por qué los echaron? ¿qué daño habían hecho?

Así el parque, así la infancia, así la madurez.

Salgo de nuevo al balcón y me apoyo en la barandilla. Cierro los ojos, concentrándome en la calma que me rodea. Oigo algo, un leve sonido, casi imperceptible: más que oírlo, lo siento en mi interior. Es un ruido caótico, enfermizo, como de cristales rotos. Sí, es eso: cristales rotos.

No, no son cristales. Intuyo qué es lo que escucho: son sueños, los sueños y aspiraciones de los ciudadanos. Con el calor han dejado abiertas las ventanas y mientras dormían los sueños han abandonado a sus dueños y han echado a volar, libres como son. Pero por desgracia no consiguen llegar muy lejos: se rompen, uno tras otro, estampados contra los muros de los edificios. La ciudad dormida devora sueños y cuando se queda sin ellos devora almas. La ciudad dormida es gris perpetuo.

Voy a acostarme, a ver si consigo dormir algo, a ver si despierto de esta pesadilla.

26 octubre 2008

Lluvia

Filed under: Reflexiones — quieroserpoeta @ 11:26 pm
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Una gota, otra, cientos, miles de ellas. Está lloviendo, a ratos casi diluviando. Las nubes se han unido entre sí y al cerrarse han empezado a derramar agua a borbotones. Dicen que es algo típico de esta época del año. No es así, yo sé el verdadero motivo de por qué llueve: he oído a las farolas suspirar melancólicas por su recuerdo, he sentido cómo los rincones se deprimían en soledad. Hasta las piedras de las calles la echan de menos, incluso las aceras son más grises que nunca porque añoran el tacto de sus pies, el calor de su presencia. No llueve en el pueblo por ninguna borrasca o algo parecido, llueve porque todo lo que hay en él necesita de la luz que sólo Ella irradia: el pueblo llora en secreto la pena que le produce su ausencia.

Quizás no sea así, quizás eso es lo que siento cuando veo la lluvia caer a través del cristal de mi ventana. Hace semanas que no la veo. Su presencia es un triste consuelo para quien desea poder escribirle los mejores poemas del mundo pero cada kilómetro que me separa de Ella se me hace un abismo. Ella, la mujer más hermosa jamás nacida, la obra de un dios caprichoso que en el octavo día de la creación jugó a moldear la mejor de sus obras. El resultado sobrepasó todas sus expectativas: Ella es única entre las demás.

Centelleos, relámpagos y luego truenos. A las lágrimas que caen del cielo se le une el gemido de los muros. Me sorprende cómo de pronto todo lo que forma el pueblo se ha reunido para solicitar a los ángeles su pronta vuelta. Veo los naranjos, miro el azahar: está mustio. Ni su aroma ni la delicada blancura con la que se viste han podido retenerla. Ella ahora vive lejos, en la ciudad. Sevilla entera la halaga porque su magnificencia hace que la ciudad rebose vida y alegría. De noche el Guadalquivir baila feliz con el reflejo de la luna para celebrar los momentos en los que Ella mira con dulzura y candidez a sus aguas. Es entonces cuando la tarde se vuelve rosácea del rubor que le produce la sonrisa que Ella le dedica.

El pueblo se apena, la ciudad la adora, yo la imagino. Ojala supiese torcer las palabras con mayor maestría. Los relojes se han puesto de acuerdo para adelantar el paso de los segundos. El papel en blanco es gigante invisible que aplasta todo lo que quiero plasmar en él. El tiempo pasa, se desliza entre mis dedos como si de un puñado de arena se tratase. En su pasar arrastra mis ideas, mis frases, todo aquello que ya forma parte de mí.

Sigue lloviendo. Miro el agua caer: quiero ser el paraguas que la proteja a Ella de todas las tormentas de la vida, quiero ser el parapeto tras el cual no pase ninguno de los horrores que ocultos tras los rincones nos acechan a todos, quiero ser el pañuelo que recoja las perlas que derramen sus ojos. Quiero ser tantas y tantas cosas que al final no alcanzo ninguna.

Allá arriba un claro se abre y permite a un tímido rayo de sol alcanzar tierra firme. Salgo de mi habitación, lo observo sobre el suelo: a pesar de lo espeso de las nubes este rayo ha conseguido esquivarlas y llegar a mis pies. Él, sin la ayuda de nadie, ha conseguido una hazaña imposible: atravesar la oscuridad de una tormenta.

Quien dice un rayo de sol dice un sueño, aunque sea uno despierto. Si lo compartes con otras personas ellas te dirán que tus esfuerzos son en vano, que jamás alcanzarás lo que te pretendes. Ése es mi caso: intento halagar con mis escritos torpes a una desconocida, nombrándome a mí mismo poeta de una sociedad egoísta que ha olvidado cómo soñar.

Mis palabras son otro rayo más en medio de la oscuridad que produce lo desconocido. Yo para Ella soy eso, algo desconocido. Alas daría a mis pensamientos para que iluminasen el corazón de Ella. Pongo toda mi fe y mis buenos deseos a sus pies, al servicio de la musa y dueña de todos mis versos y anhelos.

Sé que no llegaré a conocerla. Sé que es un imposible, una batalla perdida, la alucinación de un loco. Aún así mantengo la esperanza. De hecho la esperanza misma ha venido a buscarme: está aquí, delante mía, como rayo de sol escapado de una cárcel de nubes.

Ella, siempre Ella, por siempre Ella.

22 octubre 2008

Recuerdos

Filed under: Reflexiones — quieroserpoeta @ 5:17 am
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Ojos negros, profundos, radiantes. Pelo rubio rizado, rasgos de niña de no haber roto un plato jamás y una sonrisa que cortaba la respiración. Quince motivos en su haber para rendirse a sus encantos.

La conocí en la fiesta de Navidad de la cual ambos formábamos parte, allá por el 96. Por entonces era un crío de dieciséis años que empezaba a frecuentar ‘botellones’ y discotecas (afición que mantengo en la actualidad, dicho sea de paso). Tres meses antes de conocerla un compañero de mi clase me invitó a salir el sábado de esa misma semana con su grupo de amigos. Con mi timidez característica decidí iniciarme en eso que  llamaban ‘la noche’, le eché valor y salí. La experiencia fue muy positiva: hice con el tiempo grandes ‘colegas’, me integré en su grupo y participé con ellos en el alquiler de una casa vieja donde íbamos a pasar las Navidades entre copa y copa (por aquella época era costumbre entre los de nuestra edad).

Me la presentó el compañero de instituto del que ya os he hablado. Resultaba que eran primos, de ese detalle me enteré más adelante. El caso es que trago tras trago terminé acompañando a ella y a su amiga de vuelta a casa, resguardándonos de la lluvia que caía esa madrugada bajo un paraguas raído. No era de ninguna de ellas, lo ‘tomaron prestado’ de un  amigo mío que iba detrás nuestra, mojándose y acordándose de nuestros respectivos familiares (lógico, por otra parte). Mi sentido del humor para con ellas tuvo su premio: “¡qué bien me caes!”, me dijo ella, arqueando una magnífica sonrisa. Esa frase me sonó a música celestial.

Cuando la conocí yo ya estaba enamorado de otra chica de mi clase. Llevaba escribiéndole poemas desde el verano, palabras que al final terminaban en ninguna parte, quizás en el fondo de un cajón, criando polvo y exilio. Los escribía de madrugada, sin saber bien de qué me serviría. Sabía que no tenía posibilidades de intimar con ella, que mis esfuerzos nunca se verían recompensados: mi compañera de clase tenía novio, desde hacía años. No había nada que hacer. Enamorado, sí, pero platónicamente.

La joven de los ojos bonitos comenzó en Navidad a salir con ‘el guapo’ del grupo. Se dejaba ver por el instituto en los recreos. Sin embargo estaba la mayor parte del tiempo o paseando con una amiga suya o con su pareja, entre los setos del pequeño jardín o sentados y apoyados sobre una pared cualquiera del recinto. Nos saludábamos, pero poco más. Cuando charlábamos más era los fines de semana, casi siempre en el ‘botellón’: risas, bromas y muy buen ambiente, cosas de la edad y la ilusión por la vida.

Segundo a segundo comprendí que era imposible que no me fijase en ella; era imposible que no la contemplase como a lo más bello del universo si estaba a pocos metros de mí; y cuando no estaba era imposible que no pensase en ella. En definitiva, era imposible que no me enamorase como lo hice, como lo hace alguien que ama con todo su ser: sin condiciones, sin oposición.

Mi intuición no me falló: a principio de Febrero del 97 rompió con su pareja. En el grupo de amigos los chicos y las chicas salían y dejaban de salir con una facilidad pasmosa: ésta no fue una excepción. Era mi oportunidad. Ahora sí podía decir lo que sentía, ahora sí era libre de acercarme, era libre para sacar a la luz los sentimientos que ella despertaba en mi interior. Pero la pregunta era: ¿cómo?

Vi el calendario: San Valentín estaba próximo. El día de los regalos y las rosas, el día de las cartas anónimas, el día del ‘me gustas’ y del ‘te quiero’: ese era mi día.

Una bala de plata, una bien pulida, perfecta, preparada para ser certera; cupido y la mejor de sus flechas plasmada en papel; mis sentimientos impresos como gotas de rocío sobre una ventana al amanecer; mi alma hecha poema. Pero no uno cualquiera, no: el mejor, uno grande entre los grandes, único entre todos los que había escrito.

Me puse manos a la obra. Cada día dedicaba largo rato a pensarlo y componerlo: “empiezo así…no, no me convence; lo cambio por esto otro…tampoco, suena falso; a ver qué tal queda esto…sí, mucho mejor”. En tres o cuatro días (y alguna que otra madrugada) tuve listo la más poderosa de mis armas de seducción. Estaba orgulloso del acabado. No podía fallar.

Metí el poema en un sobre y lo guardé hasta el día clave. Dudé entre ponerle nombre o dejarlo como anónimo. Al final decidí no poner remitente, actuar como admirador secreto, para darle más emoción y que sintiera curiosidad. Craso error.

Cuando ese día llegó lo eché a primera hora de la mañana al buzón que habían habilitado los de delegación de alumnos a tal efecto (no me acuerdo si eran de delegación o a qué asociación pertenecían). A mediodía repartieron los sobres y las rosas clase por clase. Seguro que le llegaría, seguro que sus manos suaves y delicadas iban a rozar el papel y mis letras, seguro que le encantaría.

La siguiente vez que hablé con ella no comentó nada del poema. Decía que había recibido alguna felicitación de sus amigas pero nada más. Gran decepción, quedé desolado: ¿adonde habría ido el sobre? ¿le habría llegado? ¿o era una excusa y sabía que yo lo había enviado? No, no puse nombre, no puede saber que es mío.

Los días pasaron. Yo comencé a tomar el camino de vuelta a casa que pasaba al lado de la casa de ella, para intentar coincidir al salir de las clases y conseguir así más amistad. A veces la pillaba pero otras no: apretaba el paso sin que yo pudiera alcanzarla. Volvió con su antiguo novio. Además, los fines de semana empezó distanciarse de mí, como a rehuirme. Al principio creía que eran imaginaciones mías. No lo eran: un mes después de San Valentín apenas sí me saludaba.

Era evidente que había recibido el poema y que tras leerlo concluyó que lo había mandado yo. Podría secar mares enteros de tinta intentado expresar lo que me dolió su desprecio: era cruel, era inhumano, era horrible. Punzaba y me asfixiaba. Una y mil veces me preguntaba en qué me había equivocado. Sufrí, vaya si sufrí.

Cuando llegó el verano del 97 ella volvía a estar sin pareja. Me comentaron que su ex-novio había pasado un calvario saliendo con ella: infantil, caprichosa, maleducada, con pésimo carácter y egoísta hasta límites insospechados, así la definía él. Lo más divertido es que la opinión del joven la secundaban otros chicos del grupo con los que había tenido problemas y la práctica totalidad de sus amigas: se había peleado con casi todas, una por una. Terminaron por echarla del grupo, arrastrando consigo a la única amiga que le quedaba.

Como reza el dicho: “no hay peor ciego que el que no quiere ver”. Jugué mi corazón al número equivocado y perdí. Lo pagué bien caro, puedo asegurarlo.

No todo fue negativo en esta historia: una noche de ese mismo verano estaba yo sentado en las escaleras de la plaza del pueblo con más amigos míos. Ella estaba sentada a pocos metros de mí, con la amiga que le quedaba y un par de chicos mayores con los cuales empezaban a juntarse. Yo conocía a uno de ellos y por eso seguía su conversación a medias. No recuerdo bien por qué fue, el caso es que ella se dirigió a mí y me dijo algo. La oí pero no la entendí por completo. Le dije que si podía repetirlo, que no me había enterado de toda la frase, a lo que ella respondió que no, que daba igual, que no tenía importancia. Me quedé pensativo, intentado recordar qué era lo que me había dicho. A los pocos segundos recordé la frase en su totalidad:

“Tú eres un poeta

17 octubre 2008

Hospital, tren, vida

Filed under: Reflexiones — quieroserpoeta @ 4:03 am
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Me sonreía con amabilidad, con esa sonrisa que sólo saben esbozar las personas sencillas, aquellas que miran la vida con estoicismo y esperanza, esa extraña mezcla que hace mucho tiempo se agotó en las grandes ciudades. Su sonrisa se asomaba bajo dos cejas castañas muy pobladas, con alguna que otra caspa visible, y acompañaba cada palabra con un leve vaivén de la cola de caballo con la que recogía su pelo castaño. Me hablaba a mí y mi familia de los males que afectaban a su marido y que le tenían desde hará semanas en una cama de hospital. Yo la observaba de soslayo, tumbado sobre la mía. Me recuperaba de una operación a la que me había sometido ese mismo mediodía y la escuchaba a la vez que maldecía el tener que llevar una sonda metida en una vena de mi muñeca izquierda. Más que dolerme la aguja lo que me dolía era la impotencia de tener que esperar al menos dos días a que me la quitasen. En fin, era por mi bien, no podía quejarme.

El marido enfermo estaba sentado, apoyando la espalda sobre el respaldo inclinado que formaba la cabecera. Era un hombre cercano a la cincuentena, de pelo cano y rizado, coronilla fruto de la edad y barba espesa de varios días. Tenía los ojos saltones y una gigantesca barriga. Era grande, enorme como un oso. No hablaba apenas, se limitaba a hacer comentarios esporádicos mientras sonreía y asentía lo que decía su esposa. Dicho sea de paso, su cama era del mismo modelo que la mía. Según dijo algún que otra enfermera las camas eran nuevas, “de última tecnología”. Bastaba apretar unos botones para que el respaldo se levantase a voluntad. Sin embargo no tenía ninguno que al apretarlo sanaras mágicamente y salieras de allí perfectamente, sin tener que estar ingresado a saber cuanto tiempo. A ver cuando lo inventan.

El discurso de la mujer lo interrumpió una enfermera que vino a lavar al hombre. Mi familia salió de la habitación, se echaron las cortinas y la joven comenzó la tarea. Tras unos minutos dijo que tenía que salir porque se le había olvidado algo, que no tardaría nada. Cerró la puerta y el matrimonio habló por lo bajo. Hubo risas, hubo comentarios, hubo complicidad: hubo amor. Noté ese amor que se procesan los cónyuges tras años de convivencia; ese que no se falsifica, que no se puede ocultar ni debajo de todas las alfombras del mundo; ese que ha llenado páginas de libros, que ha ennegrecido con tinta generaciones enteras de escritores; ese sentimiento que se puede perseguir en mil años y que algunos consiguen encontrarlo: aquellos con bondad, con buen corazón, aquellos de espíritu sereno y abnegado.

Recordé ese viaje en tren que hice hará 6 o 7 meses, un día que volvía de la ciudad al pueblo. Me senté delante de una pareja joven que viajaba con su hijo pequeño. Por su acento no eran españoles sino más bien sudamericanos. Al que más se oía era al supuesto padre del niño que no dejaba de entretenerle tocando con las palmas de las manos y la superficie de la mesita que tenía ante sí una melodía caribeña propia de timbales. No sé adonde iban, no sé a qué se dirigían, pero estaban contentos ambos, padre e hijo, y sus risas, lejos de molestar, impregnaban  el ambiente de sensaciones agradables.

El matrimonio del hospital, el hombre del tren, su hijo  y sus vivencias son música. Es la música de los que nos rodean día tras día, de quienes sin ser importantes ni famosos son imprescindibles; es el son de los granos de arena que forman la playa o de las gotas de agua que trae la lluvia; es la prueba de que en esta vida que nos ha tocado vivir sí hay días soleados y noches de baile perpetuo.

Sé que hay quien los llama “perdedores”, “don nadies”, incluso “subhumanos”. Yo los llamo personas, héroes, guerreros, amazonas, la quintaesencia y razón de ser de nuestra existencia. Son el desafío al consumismo, a los egos exacerbados y al discurso prepotente y envenenado con el que nos machacan los oídos a diario. Son la imagen de la esperanza.

Brindo por ellos.

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