La canción del navegante

1 diciembre 2008

Real (Imposible 2)

Filed under: Textos — quieroserpoeta @ 3:46 am
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Últimos rayos de sol al atardecer

“No sé cuánto tiempo llevo aquí, en esta cima congelada. Ya he intentado miles de veces romper a golpes las estalactitas que cierran mi prisión y todos los esfuerzos han sido en vano. Sé que pasaré el resto de mi eternidad confinado en este minúsculo espacio, repasando los viejos recuerdos de cuando amé. Fui engendrado demonio, éste es mi destino.”

La masa informe se deslizaba sobre el suelo en pequeños círculos y la luz mortecina de la entrada de la cueva producía en su superficie destellos metálicos que se elevaban hasta el techo helado. Afuera el horizonte se vestía de estancas nubes grisáceas y a través de los gélidos barrotes no era posible apreciar nada más. El suelo de la cueva estaba cubierto de un polvo espeso y ennegrecido; se rumoreaba que los superiores eran los maestros del fuego mientras los simples demonios se congelaban de frío en las zonas periféricas del Infierno; también se decía que mucho antes de ser habilitada la montaña como cárcel habían sido abrasados en su cima los demonios más rebeldes ante las carcajadas de los superiores de mayor rango. Fuesen ciertos o no los rumores el hecho de permanecer allí encerrado resultaba una agonía lenta.

En el centro de la estancia comenzó a soplar un viento procedente de ninguna parte y el ser, extrañado, dejó de pasear. El viento formó un oscuro remolino de polvo, el cual de repente se transformó en una luz blanca, pura y a la vez cegadora. Una voz surgió de ella: “Sígueme”.

*    *    *

Aquella era una tarde de Mayo excelente: el cielo estaba despejado, hacía algo de calor y las terrazas de bares y pubs estaban a rebosar. En el parque colindante a la avenida los niños jugaban mientras sus madres hablaban unas con otras, sentadas en los bancos más cercanos a la zona de juegos infantiles. En esa zona del parque una mujer de apenas treinta años estaba sentada sola y leía un libro. Abstraída en la lectura no reparó en el hombre alto que se había detenido justo delante de ella. Con cierta vergüenza levantó la vista, muy de soslayo, para luego clavar sus ojos sobre la cara de él, sorprendida.

–    ¡Tú!
–    Hola – respondió el hombre, esbozando una sonrisa.

Era él, su viejo amor de juventud, cuando todavía era ella estudiante y apenas sabía de la vida. La última vez que lo vio fue hace unos ocho o nueve años; sin embargo él seguía igual, no había envejecido nada o por lo menos no lo aparentaba. Ella era consciente del paso del tiempo y de sus efectos: cuando sonreía mostraba alguna pequeña arruga y su piel no era ya tan fresca y lozana como antaño. Pero él, sin entradas, sin arrugas, sin canas ni tirantez en el rostro parecía un fantasma, una imagen que se había fugado de algún rincón de su pasado.

–    ¿Puedo sentarme? – preguntó el hombre, señalando al espacio libre que había en el banco.
–    Sí, sí…claro. – El nerviosismo de la mujer era evidente.

Ella cerró el libro con pulso tembloroso y lo sostuvo sobre sus piernas, recobrando por segundos la conciencia de un sentimiento soterrado por cientos de vivencias posteriores. Se vio a sí misma paseando con él, años atrás, recorriendo las calles e hilvanando para sí planes de un futuro juntos que jamás tomó forma. Él se sentó a su lado y calló, sonriendo y mirando alrededor como quien se siente parte de un cuadro: la luz del atardecer, los niños, la brisa…y ella. La mujer detuvo su mente en el momento más amargo de todos, el de la ruptura, y con voz llena de tristeza y rencor sentenció:

–    Fuiste un cobarde. Me dejaste por teléfono, no tuviste lo que hay que tener para decírmelo a la cara. ¿Por qué?

La sonrisa se esfumó del rostro del hombre. Era cierto, la dejó por teléfono, pero ¿cómo decirle el motivo? Aquella tarde perdida en la memoria se habían citado en la entrada de ese mismo parque. De camino él notó una extraña presencia sobre sí, un calor sofocante, propio de otra dimensión: le habían descubierto, sabía que iban a por él; huir era inútil, cualquiera de sus superiores le encontraría tarde o temprano; lo más probable es que ya no volvería a verla más. ¿Qué hacer?, ¿qué decisión tomar en ese momento? Corrió hasta una cabina de teléfonos cercana, la llamó a toda prisa y con todo el dolor de su metálico corazón le dijo que tenía que irse muy lejos y que lo mejor para ambos era cortar. Ella no tuvo tiempo de objetar nada porque tras decir él esas frases se abrió el suelo bajo sus pies y una enorme llamarada lo engulló, siendo el auricular el único testigo del injusto final a algo que quiso ser y no fue.

–    Lo siento, créeme que lo siento de veras. Tenía que irme, no ya por mí, me obligaron a hacerlo.
–    ¿Quiénes, quiénes te obligaron? – objetó ella, dejando entrever una mezcla de indignación y pena.
–    Es…complicado de explicar. – él hizo una pausa y continuó – Ya no importa. ¿Qué es de tu vida ahora?
–    Tuve otras relaciones posteriores pero no funcionaron. Casi a los dos años de que me dejaras conocí al que es hoy día mi marido. Trabajo de profesora y en general me va muy bien. Soy muy feliz.

Ella pronunció la última frase con un poso de amargura. Era verdad, estaba felizmente casada y su vida transcurría con total tranquilidad. No obstante de vez en cuando recordaba a su primer gran amor y se preguntaba qué habría pasado si no se hubiera marchado así, sin más. Ahora que por fin se reencontraban todo era distinto, más inesperado, más real.

Él sintió una punzada en sus entrañas al escuchar lo bien que estaba ella sin él, como si nunca hubieran estado enamorados. La quiso muchísimo y lo pagó bien caro, pudriéndose en lo alto de una montaña albergada en el lugar más miserable del Infierno. El lugar que él soñaba ahora lo ocupaba otro humano, un desconocido que ni de lejos había arriesgado tanto por ella. Él había provocado esta situación, cargó con la culpa y quedó como un impresentable para que ella encontrase a otra persona que pudiera darle lo que él no pudo. Su plan improvisado tuvo éxito mas la certeza de ver que el amor que compartieron perteneciera ya al pasado lo aniquilaba por dentro.

–    A mí no me ha ido tan bien como a ti. De todas maneras no puedo quejarme – era mejor callar.

A varios metros un crío se montó en uno de los columpios y empezó a balancearse cada vez más alto. Excitado por la emoción comenzó a reclamar la atención de su madre:

–    ¡Mamá, mira lo alto que llego! ¡Mamáaaaa, miraaaaaa!
–    ¡Ezequiel, ten cuidado, no te vayas a caer! ¡No te balancees tanto! – gritó la mujer, levantándose y dejando el libro a un lado.
–    ¿Ezequiel? – dijo él, petrificado de la sorpresa. Ella se giró y su mirada asentía lo que él pensaba.

El día que se conocieron él se presentó ante ella utilizando el mismo nombre. Un demonio y una humana jamás tendrían descendencia así que ese niño era hijo de ella y de su marido. Y llevaba su nombre. No cabía duda alguna: ella, a pesar del tiempo transcurrido, a pesar de la distancia, no le había olvidado y por ese motivo quiso tenerlo presente en la persona de su hijo.

El niño bajó del columpio y entre risas y gritos se fue corriendo adonde estaban los otros niños. El hombre, reconfortado ante la evidencia, dijo a la mujer:

–    Ven, siéntate.

Ella le hizo caso y se sentó con lentitud. Estuvieron callados unos minutos y no se dijeron nada más. Él cogió la mano de ella y la estrechó. La mujer no opuso resistencia, es más, apretó la mano de él con fuerza. Por fin estaban juntos de nuevo.

Una voz retumbó en el interior de la cabeza del hombre:

–    Hemos de irnos ya. Debes volver a la cueva, es muy peligroso que estés tanto tiempo fuera.
–    Dame un poco más de tiempo, Gabriel. He soñado tanto este momento que no quiero irme sin disfrutarlo lo suficiente – respondió mentalmente el hombre.
–    Vale, un poco más, pero que sepas que ya me reclaman en el Cielo y que debes devolverme el cordón de Ezequiel. Ya me dijo él que lo perdió en la última batalla del Perímetro y que en la retirada vio a un demonio menor recogerlo. Lo que yo no sospechaba era el efecto que iba a producir en ti la esencia divina del cordón – objetó la voz.
–    Ni yo tampoco. Cuando se lo des dale las gracias de mi parte.
–    Un arcángel ayudando a un demonio. A quién se le diga… Luego vuelvo a por ti. – la voz se silenció.

Ella se arrimó y posó su cabeza en el hombro de él. Era muy probable que los superiores descubrieran esta nueva fuga y que el castigo que le impusiesen no fuera ya el cautiverio sino algo peor. A él no le importaba, ya no le importaba: el estar los dos juntos y el saber que ella todavía le seguía queriendo bien merecía lo que después le deparara el destino.

Caía la tarde, el sol comenzaba a ocultarse y los edificios se teñían de naranja, contrastados por el fondo de cielo azul. Allí, estrechando la mano de su antigua amada y por primera vez en toda su existencia nuestro demonio se sintió completamente feliz.

10 noviembre 2008

Imposible

Filed under: Textos — quieroserpoeta @ 6:31 am
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Gélida estepa

Los coches pasaban por la avenida mientras la pareja paseaba, disfrutando del aire tibio de una noche de verano. Él procuraba apretar el paso mientras ella le frenaba, cogiéndole de la cintura. Su castaña melena se ocultó bajo el brazo que tenía sobre sus hombros, el brazo de él.

–    ¿Me quieres?
–    Claro que te quiero – repuso el chico, no sin dejar entrever cierta incomodidad por la pregunta y el momento.
–    Quédate un poco más, siempre me dejas antes de las doce. De madrugada, tras vernos, me siento muy sola. Te echo muchísimo de menos – objetó ella con un leve hilo de voz.

El dramatismo de la situación hacía mella en la joven: tras una cena y un corto paseo él se marchaba de repente, como siempre había hecho, sin dar explicaciones. Horas, incluso días esperando verle de nuevo y cuando por fin puede disfrutar de su compañía él se excusa y decide irse.

–    No puedo quedarme, ya te lo he dicho. Lamento de veras volver a irme así, de verdad. Lo siento, no sabes lo que me duele marcharme tan pronto. Anímate.

Pero ella, lejos de animarse, contenía el temblor de su labio inferior, aguantando un amargo sollozo al tiempo que sus ojos se llenaban de lágrimas mal disimuladas con una sonrisa de niña inocente. Estaba harta de excusas y esperas, mas no podía dejarle: lo quería demasiado como para eso. Él era atento, amable, cariñoso, servicial y mil etcéteras más; él era un regalo demasiado precioso como para disfrutarlo con plenitud en las dos efímeras horas que solían verse.

–    Haré lo posible para que podamos quedar mañana o pasado, a más tardar – añadió él, intentando paliar la tristeza que había en el ambiente.
–    Es mentira. Siempre es mentira – dijo ella, dejando escapar un suspiro de resignación.
–    Por favor, no me lo pongas más difícil. De nuevo te pido disculpas.

Cruzaron una bocacalle y terminaron al lado de un parque muy mal iluminado por culpa de las farolas rotas. Él se detuvo ante la entrada lateral y determinó que ése era el mejor lugar para despedirse. Señaló el interior del parque con la mano, diciendo:

–    Iré por aquí. Así atajaré parte del camino de regreso.
–    Me gustaría presentarte a mis amistades – añadió ella -. Suelen preocuparse por cómo nos va, o mejor dicho, por cómo me va contigo. Quieren conocerte, les encantaría y a mí también, seguro que les caes bien.
–    Pero…
–    Por favor, te lo pido por favor.
–    Vale, buscaré un hueco. Ya te he dicho que mi trabajo apenas me deja respirar. Me voy ya.

Se besaron breve y apasionadamente. Él la miró un instante, dio media vuelta y se internó en la oscuridad de la entrada. Ella se quedó unos segundos de pie, petrificada, sin el menor deseo de regresar a casa. Quería abrazarle, necesitaba en su interior darle un caluroso abrazo, el último de esa noche: ansiaba tener un pequeño consuelo a tan cruel separación. Entró en el parque con prisa, siguió el mismo camino que segundos antes él había tomado y al hacerlo sintió un golpe de calor enorme en todo su cuerpo. La temperatura excesiva del aire la desconcertó, jamás había notado en la calle una ráfaga así: era como asomarse a un horno encendido. El suceso hizo que ella sintiera miedo de proseguir la búsqueda. Salió a la avenida y tomó un taxi.

* * *

La nieve cubría la inmensa estepa, congelada de principio a fin. Alrededor no se percibía más que frío, un frío irreal. La luz de ningún sol iluminaba todo, haciendo que la piel de aquel ser brillase como el metal. Esa extraña criatura, vista desde la distancia, podría confundirse con una masa fundida. De hecho nadie diría que ‘eso’ que flota a toda velocidad, camino de cualquier parte, tiene ‘vida’.

“Otra vez me reclama mi superior en el peor momento”, se decía el ser. “Si vuelvo a llegar tarde seguro que me castigará enviándome a esas montañas donde el frío es hasta cien veces superior. No quiero ni pensarlo”. Una voz retumbó en sus adentros: “No podré cubrirte eternamente, que lo sepas. No nos han pillado por muy poco.” Al lado del primer ser comenzó a flotar otro de similares características, ambos yendo disparados hacia donde habían sido convocados. Cuando un superior requiere la ayuda de sus subalternos exige la presencia inmediata de los mismos. Depende de quien lo ordene la noción de inmediatez cambia, por eso siempre se corre el riesgo de sufrir un severo castigo.

El primer ser continuaba su meditación: “Odio esta existencia, cada vez la odio más”. Fijó su atención en la gigantesca llanura helada. “No hay nada, en nuestro mundo no hay más que luz mortecina y nieve sin agua. Da igual, siempre da igual, somos lo que somos”. Una imagen se condensó en su pensamiento: era una joven, sonriente, lozana y hermosa. Tendía sus brazos hacia él con una expresión de alegría y cariño. “Y ella está allí, en su mundo de días soleados y noches con estrellas. Ella y su ser, sus besos, su piel; ella y su tristeza, su soledad, su pesar por no estar yo acompañándola. Si supiera lo que la necesito, si fuese consciente de lo imprescindible que me resulta su amor…”

Empezaba a verse en el horizonte un destello característico, quizás procedente del trono reservado al superior que los había convocado. “Si ella supiera lo que soy, ¿qué sería de mí?”. A pesar de que la pregunta le punzaba por dentro la repitió decenas de veces, recreándose en su desgracia. Dejó de insistir cuando recordó cómo empezó esa relación. ”La brecha, a través de la brecha la vi a ella. Éste que me sigue me dijo cómo entrar en su realidad, cómo adoptar forma de hombre. Por lo visto los superiores a veces hablan de ello, sobre todo cuando se carcajean del teatro de fuego, tridentes y azufre que emplean para asustar a los humanos”. La verdad se le hacía amarga e insoportable: “Ella y yo, siempre a escondidas, siempre temiendo que ellos me descubran y me condenen: mi crimen es amar cuando se me ha negado tal don”.

El trono era descomunal. A sus pies yacía una infinidad de seres grisáceos con forma de plastilina manoseada y la luz ambiental prodigaba el ejército de reflejos metálicos. El ser y su compañero se unieron al grupo, atentos a las palabras que iba a proferir el superior. La estepa seguía gélida, cubierta de un blanco inerte: aquel que genera el frío despiadado del Infierno.

24 octubre 2008

Tic tac

Filed under: Textos — quieroserpoeta @ 5:04 am
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Doce de la mañana

Camino por la calle, de vuelta del trabajo. Te veo sentada en un portal, conteniendo un sollozo que se te escapa en forma de lágrimas. Caen al suelo, se pierden en él, penetran en mí: son piedras preciosas. Me acerco, te ofrezco un pañuelo de papel y veo centellear un móvil en tu mano izquierda. Letras, un mensaje y tú. Te digo: “no creo que el dueño de ese mensaje sea digno del honor que le otorgas al llorarle”. Levantas la vista y tus ojos rasgados quedan pétreos ante los míos. Mi subconsciente posee mi boca y añade: “quién fuera lágrima…”. Me sonríes y te pregunto si puedo sentarme contigo para charlar. Dudas unos segundos y tu hilo de voz me dice que sí. A la hora nos despedimos, tras intercambiar números de teléfono. Te vas, ahora soy dígitos binarios en tu bolso.

El tic-tac acompasado empieza a cambiar de ritmo.

Una de la tarde

En mi bolsillo vibra el teléfono durante una reunión con mi jefe. Al rato te llamo. Me agradeces los mensajes que te dedico, esa suerte de versos entrecortados que cincelo a golpe de botón para transmitirte la vida que en mí despiertas. Te respondo que no es nada, que estoy a tu entera disposición las 24 horas, que eres maravillosa y que de no enviarte esos SMS mis dedos se habrían independizado de madrugada y tras robarme el móvil te los habrían enviado. Cuelgo y me siento príncipe azul sin castillo ni corcel.

El tic-tac pierde el compás por momentos.

Dos de la tarde

Estoy a la salida de tu trabajo. Me he fugado antes de tiempo del mío, no podía esperar más. Te llamo, me dices que enseguida bajas. Apareces por la puerta principal del edificio de oficinas: Afrodita sale del océano y su manto invisible lo recogen cien angelillos. Vamos a almorzar a un pequeño restaurante cercano. Entre el primer y el segundo plato mi mano coge la tuya. La aprietas con fuerza mientras te sonrojas. El mejor postre son tus besos. A partir de entonces te llamaré locura, mi locura. Serás mi secreto.

El tic-tac se revoluciona sin remedio.

Tres de la tarde

Hoy no nos veremos, hoy trabajaré hasta muy tarde. Ayer el bramar de tu resignación transformó mi corazón en cabeza de alfiler. Tecleo ante el monitor, con un bocadillo y un refresco miserables sobre el escritorio. Sueño despierto: soy martillo que reduzco a añicos todos los servidores del planeta; soy gasolina que incendia mil millones de oficinas; soy ley que prohíbe el trabajo, la que declara el amor sin fronteras… Recibo un mensaje tuyo: me echas de menos, me quieres. Veo cómo llueven pétalos de rosa de los tubos fluorescentes.

El tic-tac acelera hasta hacer un ruido continuo.

Cuatro de la tarde

Tras un breve almuerzo te invito a mi apartamento. Damos un largo paseo mientras bromeas sobre si son ciertas esas historias que a veces te cuento sobre lo desordenado que soy. Entras, se cierra la puerta y dejo que mis labios rocen tu cuello. Surge la pasión, la ropa queda en el camino, las paredes miran hacia otro sitio, mi piel se desgarra al sentir la tuya. Eres volcán, supernova, llamarada, sustancia de magma que me abrasa. El sol que entra por las ventanas nos envidia.

El tic-tac truena de placer.

Cinco de la tarde

Estamos en el cine. Tres butacas ocupadas, el resto vacío. Miento: en esta sala está tu omnipresencia. Te siento en la tela de los sillones, en la luz de la pantalla, en el leve sonido del proyector. Los filósofos griegos se equivocaron: sus elementos no conforman la materia, tú eres la materia, la Naturaleza te replica en los objetos. Apoyas tu cabeza sobre mi hombro y el olor de tus cabellos me llevan a otra dimensión de campos en flor y eternas primaveras. La Felicidad se ha manifestado en cuerpo de mujer.

El tic-tac produce un leve silbido.

Seis de la tarde

Estamos en una cafetería con mis amigos. Gabriel y su novia te hacen reír, yo hablo con Roberto, el cual me felicita por el buen gusto que tengo y por lo simpática que eres. A la hora es Fernando quien consigue que te sientas en familia. Te veo, los veo a ellos y sonrío para mí: se están esforzando a más no poder. Son mis amigos, lo son por algo. Me dices al oído que si estos meses son un sueño que te despierte. Guardo silencio: tú eres la guardiana de todos los míos.

El tic-tac silba un vals.

Siete de la tarde

Tus padres nos invitan a merendar. Hoy los conoceré. Sé que es un paso importante, crucial en nuestro noviazgo. Estoy aterrado, quiero resultarles lo más agradable que pueda. Compro algunos dulces en una confitería del centro de la ciudad. Me salen carísimos pero el gasto merece la pena. Vuelvo a mi apartamento justo antes de tu llegada. Entras en el salón, te beso y deslizo mis manos bajo tu vestido. Te quejas diciendo que no tenemos tiempo, se hace el silencio, en segundos te rindes a mí: te equivocas, soy yo quien se rindió a ti la mañana que nos conocimos. Puedo ver en el techo al escritor del kamasutra enfurecido, somos el desafío a su sabiduría. Los relojes pueden esperar, tú creaste el tiempo y eres su diosa.

El tic-tac recompone la Novena Sinfonía.

Ocho de la tarde

Te mudas a mi apartamento. Llevamos ya mucho saliendo y este paso nos llena de ilusión. Al fin juntos, al fin inseparables: la convergencia de la tierra y el agua, el ruiseñor y la paloma compartiendo nido, noche y estrellas en su eternidad, alfa y omega jugando al escondite en el laberinto del Minotauro y el Minotauro reconvertido en Apolo por el abrazo de Afrodita. Traes contigo tus cosas y comienzas a instalarte. Tus pertenencias cobran vida, son el futuro que pones ante mí, aquel que no logré atisbar el día que vine al mundo.

El tic-tac desafía a Mozart y Beethoven.

Nueve de la noche

Regreso a casa, a nuestra casa, destrozado después de una jornada de trabajo maratoniana. Me duele la espalda, o eso creo: desde que compartimos hogar no sé lo que es el dolor físico. Contigo la ciencia médica ya no existiría pues eres bálsamo para mis músculos. Si algo me hace sufrir son los milímetros que me separan de tu lado. Tus amigos, los míos, las cenas, los eventos sociales, tus detalles, tus tequieros a bocajarro, el verte salir de la ducha…¡Ay, quién fuera ducha! Ducha, albornoz, sábanas, zapatos de tacón, el catálogo de Vogue entero. Entro en el salón y veo la cena lista a la luz de un par de velas; voy al dormitorio y te descubro maquillándote. Has querido darme una sorpresa porque dices que jamás antes habías sido tan feliz. Oigo en la calle a los poetas romper sus cuadernos: no pueden vencer a los poemas que recita tu pintalabios.

El tic-tac asciende a los cielos para cantar con los ángeles.

Diez de la noche

Éramos únicos, éramos invencibles, Romeo y Julieta de la nueva Era … y el tiempo nos apuñaló por la espalda. No sé en qué momento perdimos la esencia de magia ancestral, pero la perdimos. El pintalabios enmudeció, tu cuerpo se apagó, tu sonrisa dejó de brillar y mi cerebro cesó de componer. Quedamos tú y yo, normales, humanos, monótonos; carne, sangre, piel y huesos que seguían bajo un estrecho vínculo. Mas los días confabularon para copiarse unos a otros y se hicieron iguales: trabajo, televisión y cena congelada. Se terminaron las salidas, los DVDs consiguieron aprisionarnos y tirar la llave de nuestra celda al primer agujero negro que encontraron. Pero yo te quería y tú a mí, y la vida continuaba.

El tic-tac añora el compás de antaño y se esfuerza por recordarlo.

Once de la noche

Plomo. Hay plomo en mis pulmones, en mis venas y en la pintura de los tabiques. No es plomo, es silencio, ése en el que nos refugiamos cuando discutimos por cualquier imbecilidad. Ya no hay palabras de amor sino reproches. De pronto no somos ni humanos porque nos hemos transformado en dos sacos de defectos que nos lanzamos a la cara. Nos apedreamos verbalmente. Me levanto por las mañanas, me afeito y deseo ser el chorro que se escapa por el desagüe: mi vida es una pesadilla, nuestra vida es una aberración. ¿En qué nos hemos equivocado?

El tic-tac vuelve poco a poco a su viejo ritmo.

Doce de la noche

Hemos roto. Por una maldita discusión, tan estúpida como las anteriores, recogiste tus cosas y te fuiste de mi apartamento. No podías más, me lo gritabas a lágrima viva, cerraste la puerta cargando con tus maletas. Yo no te oí, no pude porque la sangre invisible que supuraban mis oídos me lo impedía. Mi corazón se desangraba en su letargo y tu portazo terminó por resquebrajarlo. Te fuiste, para siempre. Quise llorar, pero no tenía fuerzas.

Hace mucho de esa última noche. Ahora estoy aquí, apostado en la barra de un pub de mala muerte, rodeado de mis amigos, antes tan cercanos, ahora tan ajenos a mí. Quieren ayudarme a superarlo, lo intentan,  pero no pueden. Nadie puede.

Una veinteañera muy guapa está sentada al otro extremo. No cesa de mirarme. Con total descaro le devuelvo la mirada y nos quedamos durante más de un minuto conectados por los ojos, sin pestañear. Observo mi copa, la apuro de un trago y voy hacia ella.

Y el tic-tac, antes acompasado, vuelve a cambiar de ritmo.

9 octubre 2008

Diálogo de mendigos

Filed under: Historias de Kroham — quieroserpoeta @ 1:45 am
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Un leve carraspeo y un esputo ponían el broche final a un recital de toses enfermizas cuyo desagradable estruendo había cortado el silencio de la calle. El maestro de orquesta era un sintecho, otra alma anónima de las que pululaban por los guetos de Kroham. Un par de ojos vidriosos exploraban con avidez las aceras, asomados entre una espesa melena comida a piojos y una barba de meses, repleta de greñas. Parapetado en la esquina de un viejo almacén cerrado y rodeado de un puñado de cartones con olor a orina el mendigo apuraba trago a trago un cartón de vino barato con el que se olvidaba de su desgracia. Era una madrugada de otoño y el viento frio campaba con sus respetos.

En un momento dado distinguió a lo lejos a otro compañero de penurias, un conocido suyo. Llevaba a su espalda una gran bolsa de basura que abultaba más que él. Dentro iban sus pocas pertenencias, trapos y ropa sucia. Se dirigía a no se sabe dónde. Lo llamó a gritos: “¡Jimmyyyyyyyy! ¡oyeeeeee!”. El mendigo de la bolsa frenó su paso y se giró adonde venía la voz. Se acercó a la esquina con paso cansado y maltrecho. Al llegar a ella se desplomó en el suelo, sentándose en el suelo y dejando su carga a un lado. El borracho comenzó la conversación:

–    ¿Qué pasa hombre? ¿hace un trago? Es un remedio excelente contra la rasca.
–    No, gracias. No tengo ganas.

Se quedó en silencio unos segundos y dijo:

–    De lo único que tengo ganas es de morirme.
–    ¿Y eso? ¿qué te ocurre, a qué viene tanto pesimismo, habiendo vino?
–    Estoy harto de miseria y de no tener un techo donde dormir. Estoy harto de andar de un lado para otro, de que me traten como a un perro, de que me escupan los policías, de que me apaleen los niñatos de las bandas, de ver cómo las señoras huyen cuando les pido una moneda; estoy harto de esta vida de cucarachas, de tener que hacer esfuerzos por olvidar cómo he llegado hasta aquí, de malvivir con trapos y sobras…

El borracho lo escuchó con la cabeza gacha todo el rato. Jim continuó lamentándose un par de minutos más. Cuando se calló, alzó la vista a la farola que los alumbraba y sentenció:

–    Quiero morirme. Quiero poner fin a este calvario.
–    Eso no es difícil. Toma. Tengo entendido que si te lo clavas con fuerza en el estómago la muerte es casi instantánea.

El mendigo de los cartones le tiró a los pies un trozo de vidrio puntiagudo. Uno de sus extremos estaba cubierto con esparadrapo, a modo de puñal improvisado. Jim miró la punta con mezcla de deseo y horror. Cogió el vidrio y sin dejar de contemplarlo entre sus manos estuvo en silencio unos minutos más. Tras soltar un suspiro, añadió:

–    Cerca de aquí hay un supermercado. A estas horas es cuando terminan de hacer limpieza y tiran lo que no pueden vender, ya sabes, los alimentos caducados. En estas fechas han llegado a tirar cajas enteras de helados. Los hay hasta de turrón, fíjate. ¿Vamos?
–    Hmmmmm, buena idea Jimmy. Te acompaño.

Ambos se levantaron y bajaron la calle en dirección al supermercado. El trozo de vidrio quedó tirado al lado de la farola, sobre un cartón. Y allí se quedó por mucho tiempo.

3 septiembre 2008

El cíclope y las estrellas

Filed under: Textos — quieroserpoeta @ 12:06 am
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Una noche serena de verano, la cúpula celeste bajo los campos baldíos, una colina, piedras, viento. Y en medio de la escena está él, el cíclope, cabizbajo, condenado al ostracismo de un silencio cruel que le separa de una Luna siempre hermosa a pesar de su cuarto menguante.

Sentado a la intemperie, como tantos sábados viene haciendo, maldice su suerte por ser incapaz de establecer una conversación con la emperatriz del infinito firmamento. Ella ya no le presta la atención de antes, ella parece más indiferente, menos radiante, más fría y gélida que un glaciar o un iceberg. Aunque sigue acompañándole a él en el desvelo de sus madrugadas de fin de semana.

El cíclope ama a la Luna, la anhela desde hace meses atrás, profesándole un sentimiento tan poético como imposible. ¿Qué esperanza tiene un ser tan imperfecto como él de contar con los favores de la musa eterna de miles de escritores y jóvenes enamorados?

El tiempo transcurre impasible. Ella contempla al cíclope, sentado sobre su roca allá en lo alto de la colina, humilde y desdichado como se ve. Ella sabe de su reserva pero no le ayuda en modo alguno. Su orgullo y coquetería es la frontera que le separa de él, si bien procura no faltar a la cita que semana tras semana se viene repitiendo. Lo cierto es que gobernando su bóveda se siente desamparada. Sabe que muchos la persiguen pero al final todos la abandonan. Ninguno es fiel, ninguno se interesa realmente por ella. Incluso los astros notan la falta de cariño.

Él piensa para sí: “No puedo, no sé cómo dirigirme a ella, no sé hacerlo”. Acto seguido alza la vista, le dedica una breve mirada con su único ojo y no abre la boca: “Lo siento, lo siento de veras”. Ella, entre sombras, sigue luminosa. Ha podido leer el pensamiento de él y se entristece, disimulando su pesar.

Resignado el cíclope otea el horizonte, en la tierra, en las flores resecas que quedan a su izquierda. Su mente salta de objeto a objeto hasta centrar su atención en una minúscula estrella: “Es bonita. Sin embargo no destaca entre las demás”. Y con su vista busca otra, y luego otra, y otra más. Hay millones de ellas, infinitas estrellas que brillan pasando desapercibidas.

Estrellas que jamás recibirán homenaje alguno de un poeta soñador, estrellas que no saben lo que es tener quien las vele, estrellas sin amor ni versos que las recuerden. Tintinean, resplandecen, brillan y bailan del ocaso al amanecer y nadie nota su presencia individual. Lucen como grupo anónimo, sin más.

La sola idea de la sempiterna soledad a la cual están abocadas estas pobres luciérnagas celestes hace que el cíclope sienta pena por ellas. Él se incorpora, se levanta de su asiento improvisado y comienza a descender de la colina a los cultivos ya cosechados. Emprende un leve paseo durante el cual comienza a señalarlas una a una con el índice de su enorme mano derecha: “Tú eres linda por la delicadeza de tus destellos y tú siendo lucero das vida a la noche. Tú pareces delicada cual rosa de primavera y tú, en tu pequeñez, te muestras cándida y pura”.

Dedica palabras a cientos de estrellas y ellas empiezan a refulgir con una fuerza hasta entonces desconocida. Están felices ante el desfile de elogios y piropos que el tosco cíclope les dedica. Saben que mañana volverán a su melancolía pero ahora, esa noche, son reinas cada una de su propio fragmento del universo. La luz que desprenden lleva en sí un eterno agradecimiento a su inesperado benefactor.

Tras una hora o dos él se detiene sonriente ante el espectáculo que ha orquestado. Ha olvidado la congoja que le oprimía el pecho. “Va siendo hora de volver a la cueva”. Sabe que falta poco para el amanecer y que las estrellas deben retirarse ya. Mira por última vez a su Luna. Ella, rodeada de blancura plateada, siempre flotante en la distancia, le regala un manto de rayos que le cubrirá en el camino de regreso al hogar.

Ya por la mañana el cíclope entró en su casa silbando, se echó como de costumbre sobre la paja y pensó: “Ha sido una gran madrugada”. Y se durmió.

15 julio 2008

Héroe en la selva

Filed under: Reflexiones — quieroserpoeta @ 2:38 am
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Estaba en la cabaña del árbol comiendo plátanos cuando apareció mi mona mascota. Por sus chillidos y su forma de moverse me decía que había visto a un grupo de expedicionarios capturados por una tribu caníbal. Me incorporé, me puse a la mona en mi espalda y dando un grito enorme me lancé a la primera liana que tenía más a mano.

Mi mascota me indicaba con el brazo el camino que debía seguir para llegar a los exploradores. Un salto, otro, luego otro más. Llegué hasta un pequeño claro en la selva, me dejé caer con cuidado al suelo y proseguí corriendo a toda velocidad. Pisaba la hierba y las ramas con mis pies descalzos pero no sentía dolor alguno. La mona no cesaba de golpearme los hombros, pidiendo que fuera más aprisa. A saber si podría evitar que los caníbales almorzasen pierna inglesa a la parrilla.

Al llegar a una elevación del terreno oí voces tribales y tambores en la lejanía y vi una columna de humo por encima de la maleza. Decidí volver a encaramarme a las lianas para caer encima de ellos y sobresaltarles. Soy fuerte pero es posible que sean demasiados para mí. Salto tras salto alcancé el sitio de donde venía la música.

En la última liana observé un círculo de negros que danzaba alrededor de un gran fuego mientras dos de ellos colocaban unos grandes palos en ambos extremos de la fogata. A unos metros estaban atados al tronco de un árbol dos hombres maduros y una mujer joven, pálidos de pánico. Los hombres permanecían en silencio mientras la mujer lloraba, pataleaba y chillaba de impotencia: sabían que iban a servir de alimento al grupo de guerreros que ante ellos celebraba con cánticos la caza y posterior festín.

Calló el jaleo y se acercó a los prisioneros otro negro que por su atuendo sería brujo o algo parecido. Agarraba en la mano derecha un puñal de piedra. Se plantó ante el hombre más mayor, que aparentaba unos cincuenta años. Comenzó a declamar alguna clase de oración. Luego se calló y alzó el puñal, amenazante.

En ese preciso instante salí de entre las copas de los árboles y caí sobre él, tirándole al suelo. Los demás negros se sorprendieron. Mi mona empezó a chillar desde la copa y yo de un tremendo puñetazo noqueé al brujo, quitándole el puñal y lanzándolo entre la maleza. Comencé a proferir mi grito característico. Algunos guerreros intentaron rodearme pero uno tras otro los dejé fuera de combate a golpes, moviéndome como sólo sabe moverse una bestia furiosa. Retrocedí a la fogata y cogí uno de los enormes palos que estaban colocando. Con él derribé a cuantos se me acercaban. Ni lanzas ni escudos, nada podía detenerme, era invencible, casi tan fuerte como un gigante. De la treintena de miembros que tenía el grupo vencí a once o doce. El resto, al ver la suerte de sus compañeros, optó por huir selva adentro.

Cuando se hizo la calma desenfundé mi viejo puñal y corté la cuerda que sujetaba a los expedicionarios. Los hombres, pletóricos y exaltados, me hablaban en su idioma. Supuse que pretendían darme las gracias por haberles salvado la vida. La mujer se acercó a mi y se puso delante mía. Sobre sus hombros colgaba una gran mata de pelo oscuro. Era hermosa, de ojos vivarachos y rasgos bien perfilados. Me puse nervioso, no sabía qué iba a hacer o hacerme. Ella, al momento, me besó.

*    *    *

Me desperté del sueño y vi que estabas a mi lado, en la cama. Te miré durante un rato y comprendí que las lianas en las que me balanceaba eran los mechones de tu pelo; comprendí también que la selva frondosa en la que me movía era en realidad la piel de tu cuerno desnudo, ahora resplandeciente por la luz de la mañana; comprendí que esa mujer que me besó eras tú, que sin previo aviso te colaste en mi sueño; y sé que ahora, dormida, dulce como eres cuando descansas, preparas algo con lo que volverás a hechizarme y entrar en mis pensamientos, en mis noches, en mi vida. Porque al fin y al cabo cuando estás conmigo me siento tan fuerte y vigoroso como Tarzán. O incluso más.

10 julio 2008

Luz de Domingo

Filed under: Textos — quieroserpoeta @ 6:21 pm
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Dejando su cueva el cíclope se dispuso a tomar la senda que conduce a la colina más alta de la región. Llevaba haciendo esto todas las madrugadas de Sábado a Domingo, meses atrás. Allí, sentado, esperaba contemplar cómo la Luna bañaba los campos de sombras y plata. La imagen le llenaba de gozo y dicha, hasta tal punto que le parecía que la mismísima Luna deseaba hablarle. Él quería responderle pero no se sentía capaz. A fin de cuentas, ¿cómo un simple cíclope puede mantener una conversación con la reina de los astros?

De camino pensó en las veces que se venía repitiendo la escena: la Luna le miraba, el cíclope también a ella pero no fluía palabra alguna. La inmensa distancia que los separaba desaparecía ante las ansias de querer saber el uno del otro pero  un muro insalvable de silencio impedía contacto alguno, un muro construido por la impotencia y el temor que existía en el corazón del cíclope: si ella le rechazaba él se convertiría en el ser más desgraciado de la creación. Al cíclope esta paradoja se le hacía tan ridícula como triste.

A lo lejos vio un agricultor de una aldea próxima con un palo alargado sobre su hombre derecho. En su extremo colgaba un candil que le servía para iluminarse en la oscuridad. El cíclope supuso que el hombre regresaba a su casa tras terminar bien tarde sus labores en el campo.

–    Saludos, cíclope. ¿Qué haces por aquí tan tarde? ¿No sabes que estos páramos son peligrosos de madrugada?
–    Voy a la colina que domina la comarca. Poco he de temer a malhechores y ladrones, bien sabes porqué. Además en mis bolsillos sólo llevo mi pobreza. ¿Quién querría robarme o hacerme daño?
–    En la aldea sabemos de tu costumbre de ver salir a la Luna. No son horas de andar a la intemperie. Ándate con cuidado.

El labriego se despidió y prosiguió su marcha, dejando al cíclope en compañía de las estrellas, la hierba, la suave brisa veraniega y sus pensamientos.

Al llegar a lo más alto de la colina se dispuso a sentarse en la gran piedra que en tantas ocasiones le había servido de asiento. Tras hacerlo comenzó la espera. Pasaron minutos y horas y la Luna no se veía en el horizonte. El cíclope, para matar el aburrimiento, buscó constelaciones en la cúpula celeste. Admiró los luceros, tan brillantes y hermosos como siempre, rodeados de  mil colores. Intentó compararlos con la Luna pero comprendió que era imposible: la Luna es bella entre bellezas.

El tiempo pasaba y el cíclope se desesperaba a cada instante: esa noche no vendría, no habría Luna que admirar, no podría por fin vencer su miedo y hablarle. Se levantó y comenzó a dar vueltas, cada vez más nervioso e impaciente. ¿Por qué no llegaba? ¿dónde estaría? ¿qué o quién la habría entretenido?

Horas más tarde ya había perdido la esperanza. Sentado como estaba se incorporó con la intención de volver a su retiro y fue entonces cuando la vio en la lejanía: grande, blanquecina, radiante. La Luna había aparecido, ella estaba allí. Lejos de alegrarse el cíclope se sintió molesto, hasta ofendido por la gran demora. Volvió a sentarse pero con la intención de no mirarla en ningún momento. Pretendía atosigarla con su indiferencia, fruto de un injusto deseo de venganza.

La Luna seguía su arco en el cielo y no dejaba de clavar su mirada en el cíclope. Destelló con mas fuerza que nunca para llamar su atención pero él no respondía: seguía con la cabeza gacha, mirando de soslayo el trigo ondulante. Por sus reflejos denotó las intenciones de la Luna. No se inmutó pues su resolución había sido firme: no iba ni a mirarla ni a hablarle.

Cansado de este juego inútil y cruel el cíclope se levantó al rato y abandonó la cima de la colina. Sintió sobre su espalda los rayos inquisitivos de su compañera nocturna. El aire soplaba y llevaba consigo la tristeza que la Luna sentía. Él reanudó la marcha, llegando a su hogar al amanecer. Se detuvo en la entrada de la cueva, alzó la vista al horizonte y no vio a la Luna por ningún sitio. Acto seguido entró, se echó en la paja de su lecho y pensó: “He sido demasiado orgulloso con ella”. En su interior empezaba a asomar la sombra del arrepentimiento.

Al Sábado siguiente él regresó una vez más a su colina y a su roca. Durante el camino de ida se había repetido una y otra vez que esa era la noche en la cual por fin iban a conocerse e intimar.

Pero eso no pasó porque la Luna no apareció. Esperó hasta la saciedad y lo único que obtuvo fue los primeros rayos de una mañana más. El cíclope emprendió el regreso a la cueva con la luz de Domingo sobre sí. Pensaba acongojado:

¿Y si ella ya no vuelve a interesarse en mí?

28 junio 2008

Vienen a por mí

Filed under: La canción del navegante — quieroserpoeta @ 6:41 pm
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El camino a la liberación

Me he cortado las venas con una cuchilla de afeitar. He estado delirando mientras me desangraba. Cansado y maltrecho estoy sentado en el suelo, dejando caer los brazos a los lados, esperando lo inevitable.

Intento permanecer consciente pero siento cómo el sueño se apodera de mí poco a poco. Los párpados me pesan y por más que procure mantener los ojos bien abiertos al final terminan por entrecerrarse. Parpadeo por inercia, con pesadez, manteniendo una batalla perdida con los pocos segundos de vida que me quedan.

Hace rato que comenzó a anochecer. Por los ventanales de la habitación empieza a huir la luz del día y los rincones se tiñen de oscuridad. Yo sigo tendido, sin saber muy bien qué hago o qué espero. Al instante veo la respuesta a mis preguntas.

Entre pestañeos miro cómo una figura se acerca hacia mí. Aguzo la vista para reconocer quién es pero no consigo poner nombre a la persona que se mueve entre las sombras. Es alta, esbelta, y al acercarse a un haz de luz distingo que va vestida de blanco.

Poco después la tengo enfrente mía. Es una mujer. Su extrema delgadez resulta aterradora si bien la finura de sus rasgos deja entrever un gran atractivo, coronado por dos pupilas que brillan con un extraño destello mortecino. Sacando fuerzas de flaqueza converso con ella:

–    ¿Quién eres, qué quieres de mí? ¿qué hago aquí? ¿por qué llevo estos cortes en los brazos?

Ella se agacha hasta mirarme cara a cara. Extiende su mano y comienza a acariciarme el rostro. El tacto de su piel es áspero y desagradable. Además, desprende un leve olor a putrefacción. Alzo la vista y sobresaltado descubro que en su mejilla derecha le falta un trozo de piel. Ella, sin aparatar la mano, contempla la pared, viendo el dibujo trazado con mi sangre. Con voz dulce y una sonrisa siniestra añade:

–    Tranquilo, allá donde vamos no hay viejos amores que te atormenten. Sólo estaré yo y mi belleza será tu premio. Muchos antes me vieron y ninguno se ha resistido a mis encantos.

Durante el transcurso de nuestra conversación un par de charcos de líquido negruzco se han extendido bajo los pies de mi interlocutora. Muevo la cabeza a un lado y a otro buscando algún reguero que haya provocado las manchas. Descubro la causa: ese líquido ha fluido de los cortes que había en mis muñecas.

Ella se incorpora y me ofrece la mano para que la siga:

–    Ven, sígueme, nos queda aún mucho antes de llegar a nuestro destino.

Entonces dudo: “¿Adónde quiere llevarme? ¿por qué quiero ir? ¿qué es todo esto?”. Con movimientos espasmódicos intento levantarme. Las piernas me fallan, no puedo irme de aquí. Es inútil: ha llegado mi hora.

Me debato entre llorar o gritar. El desconcierto deja paso a una rabia profunda, rabia ante un final que ni he elegido ni quiero que me impongan. Mis puños se cierran, mis músculos se contraen, enseño mis dientes como una bestia herida: esto no es el fin.

Como si de un ser vivo se tratase el líquido salta súbitamente del suelo y rodea a la mujer pálida que está ante mí, cubriéndola por completo. Donde antes había materia acuosa ahora hay una especie de extensión de mi ser que actúa con independencia de mis pensamientos, moviéndose como lo hace un ser vivo. Ella grita de pavor:

–    ¡Qué es esto! ¡No puedo moverme! ¿Qué me estás haciendo? Tú me has convocado, ¿qué pretendes ahora?

No la oigo. Yo ya no soy yo. Me he transformado en un loco que con los ojos en blanco se ríe a carcajadas al ver a su destino chillar. Con cada risotada la negrura del líquido la aprisiona más y más, hasta hacerla desaparecer. Vuelvo a quedarme solo, respirando con extrema velocidad, sintiendo en mi interior una furia sobrehumana. Escucho en la lejanía la voz de esa mujer:

–    ¡Maldito seas! ¡Volveré, algún día volveré y no podrás defenderte!
–    Claro que volverás –murmuro entre dientes-. Siempre vuelves, nadie puede escapar de tus garras. Pero yo, aquí, ahora, sí he logrado espantarte.

El líquido se introduce de nuevo por los cortes de mis venas. Inmóvil, confuso, le pregunto a la nada:

¿Qué me está pasando?

20 junio 2008

Una obra maestra

Filed under: La canción del navegante — quieroserpoeta @ 3:04 pm
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Yo y una pared en blanco. Quiero dibujar. Tengo pintura pero no pincel. Usaré mis propios dedos. No tengo claro qué pintar, hace muchos años que no lo hago.

Una imagen fugaz pasa por mi mente. Mojo el índice derecho y comienzo a deslizarlo sobre la cal. Con torpeza dibujo agua, olas que ondean libres, un caudal que tiene su principio y su fin: un río. Encima de él trazo un sol entre nubes y un puñado de rayos de luz que salen despedidos para toparse con la superficie.

Un río en medio de ninguna parte. Cambio de mano y mojo el índice izquierdo en la pintura con la intención de proseguir la labor. En los márgenes veo aceras, bloques de pisos, bares y restaurantes. Una escalera conecta la otra orilla con la calle y una barandilla de piedra separa ambas zonas. Pintar, quiero pintar.

Me coloco en la escena: estoy en alto, con la avenida a mis espaldas. A continuación con mi índice derecho doy vida a lo que yace bajo mis pies: plantas, vegetación, algún que otro árbol, un pequeño jardín con sus senderos para los peatones. El muro que separa la parte superior de la inferior es de piedra.

¿Qué viene ahora? Giro la cabeza mentalmente. Continúo el lienzo con el índice izquierdo. A mi derecha, en la lejanía, un puente que conecta las orillas. Las luces de los coches se ven tenues por la distancia. Una torre baja y los arcos de otro puente se alzan sobre el horizonte, a mi izquierda.

Paro el trabajo durante un minuto. Tanto mover los brazos y las manos resulta agotador. Las manchas de pintura no terminan de captar lo que busco representar. Más que lugares y objetos parecen imágenes fantasmales. Nunca se me dio bien dibujar.

Debo darme prisa, no me queda mucho tiempo. Pinto bancos, una hilera de ellos que se extiende delante mía. Hay uno cerca de donde estoy, los demás van de un lado a otro. Frente a todos ellos hay una barandilla de hierro que entrelaza una serie de poyetes separados por pocos metros. Cada poyete tiene una farola encima.

Me coloco delante del dibujo. Por fin el conjunto ya toma sentido: estoy en un paseo desde el cual se puede ver un río. El sol me dice que está atardeciendo.

¿Por qué? De todas las cosas que podría haber dibujado, ¿por qué esta imagen?. Falta algo, lo intuyo. Casi por instinto reanudo la obra humedeciendo de pintura ambos índices. A dos manos y con movimientos veloces perfilo una silueta. Es una persona. Está apoyada en la baranda, enfrente de uno de los bancos, el que tengo más cercano a mí. El viento levanta su melena mientras mira al agua. Es una mujer.

Línea a línea intento plasmarla en el cuadro. De repente ella se gira, me mira, me sonríe. Quedo paralizado: eres tú. No, no puedo seguir. Me es imposible capturar tu sonrisa, la frescura de tus gestos, esa fuerza irreal que transmiten tus ojos.

Los recuerdos son espíritus traicioneros. Te imagino todavía allí, al atardecer, esperándome. No me reuniré contigo, no acudiré a la cita, dejaré que te vayas tal como viniste: en silencio, sola.

Empapo mis manos con lo poco que me queda para pintar. Una tras otras las lanzo frenéticamente contra mi obra, emborronándola con cientos de gotas. De pie, contemplando el resultado y con la respiración entrecortada aparto de una patada la cuchilla de afeitar. Acto seguido me siento en el suelo, apoyando la espalda sobre la pared. Un sueño pesado se apodera de mí. Necesito dormir…

19 junio 2008

Me hablas

Filed under: Textos — quieroserpoeta @ 4:43 pm
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Imagino nuevos mundos

Tú me hablas, me hablas de responsabilidad, de convencionalismos, de hipotecas, de lo que debe y no debe ser; me hablas de facturas, de suegros, de tardes de paseo y de películas en DVD; me hablas de amigos en común, de planes de futuro, de hijos, de sentar la cabeza, de estabilidad, de destinos prediseñados.

Yo también te hablo, pero te hablo de versos imposibles, de atardeceres de mil colores, de besos que fluyen libres, de sentimientos que no saben lo que son los asteriscos; te hablo de quereres sin principio ni fin, de casas sin tejado, de días estrellados y de noches de sol; te hablo de campos mojados por la lluvia, de sonrisas que juegan como niños, de palabras que sin ser inventadas ni pronunciadas viven por sí mismas.

Y de nuevo me hablas de trabajo, de señores con traje y corbata que ofrecen un puñado de ladrillos, de jornadas laborales sin descanso; me hablas de lo magnífico de los aparatos eléctricos, de lo bonito de un gran coche, de lo genial de un vestido o del rímel con el que te maquillas; me hablas de marcas, de caché, de status y de cosas que no entiendo.

Yo… yo te hablo de nuevos mundos, de seres extraordinarios, de lagos cristalinos y de sueños tan reales que se pueden tocar con la mano; te hablo de guerras milenarias, de héroes formidables y de historias que desaparecerían con tal solo ser contadas; te hablo de grandes amores, de destinos no escritos, de vidas que no saben de lazos ni ataduras.

Me hablas, de nuevo me hablas. Me hablas de gente, de ideas prefijadas, de algo llamado “qué dirán”, de voces que ni tú ni yo conocemos, de opiniones hirientes y cargadas de quina; me hablas de poder, de superioridad, de pretender ser más y mejor que el resto de la humanidad; me hablas de lo que compran los vecinos, de adónde van, de cómo visten, de qué hacen, de cómo emplean el tiempo.

Yo termino por perderme en tu discurso porque te hablo de sencillez, te hablo de humildad, de confianza en las personas, de bondad, de autorrealización, de respeto a los demás; te hablo de simplicidad, de corazones abiertos, de gestos sonrientes, de manos que buscan ser estrechadas, de prestar ayuda a aquellos que puedan necesitarla; te hablo de luchar por lo justo, de tener fe en lo que nos rodea, de mantener siempre y pase lo que pase una mirada de esperanza ante la adversidad.

Me sigues hablando pero ya no te oigo. No te escucho, no sólo porque no comprenda ni la centésima parte de lo que me dices sino porque no puedo concentrarme en tus palabras: tus labios me lo impiden. Mueves los labios, yo los miro y mientras los veo moverse se me hace que esos señores de traje y cortaba son en sí mismos seres milenarios, que la ropa de marca es en realidad un puñado de armaduras de algún ejército de novela, que hasta esos coches de los que ya me has hablado son unicornios con poderes mágicos y que incluso los DVDs con los que pretendes que pasemos el fin de semana son poemas que me dedicas, poemas en forma de imágenes.

Tú me hablas de cómo debe ser el amor, o lo que es peor, de cómo te han contado que debe ser. Yo te hablo de cómo lo veo yo, de cómo lo siento yo. Son dos idiomas distintos, jamás nos entenderemos, pero si permaneces aquí, a mi lado, nuestras contradicciones cobran sentido, porque sin ti no existirían ni mis mundos imaginarios ni estas palabras de loco que ahora escribo.

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