La canción del navegante

22 octubre 2008

Recuerdos

Filed under: Reflexiones — quieroserpoeta @ 5:17 am
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Ojos negros, profundos, radiantes. Pelo rubio rizado, rasgos de niña de no haber roto un plato jamás y una sonrisa que cortaba la respiración. Quince motivos en su haber para rendirse a sus encantos.

La conocí en la fiesta de Navidad de la cual ambos formábamos parte, allá por el 96. Por entonces era un crío de dieciséis años que empezaba a frecuentar ‘botellones’ y discotecas (afición que mantengo en la actualidad, dicho sea de paso). Tres meses antes de conocerla un compañero de mi clase me invitó a salir el sábado de esa misma semana con su grupo de amigos. Con mi timidez característica decidí iniciarme en eso que  llamaban ‘la noche’, le eché valor y salí. La experiencia fue muy positiva: hice con el tiempo grandes ‘colegas’, me integré en su grupo y participé con ellos en el alquiler de una casa vieja donde íbamos a pasar las Navidades entre copa y copa (por aquella época era costumbre entre los de nuestra edad).

Me la presentó el compañero de instituto del que ya os he hablado. Resultaba que eran primos, de ese detalle me enteré más adelante. El caso es que trago tras trago terminé acompañando a ella y a su amiga de vuelta a casa, resguardándonos de la lluvia que caía esa madrugada bajo un paraguas raído. No era de ninguna de ellas, lo ‘tomaron prestado’ de un  amigo mío que iba detrás nuestra, mojándose y acordándose de nuestros respectivos familiares (lógico, por otra parte). Mi sentido del humor para con ellas tuvo su premio: “¡qué bien me caes!”, me dijo ella, arqueando una magnífica sonrisa. Esa frase me sonó a música celestial.

Cuando la conocí yo ya estaba enamorado de otra chica de mi clase. Llevaba escribiéndole poemas desde el verano, palabras que al final terminaban en ninguna parte, quizás en el fondo de un cajón, criando polvo y exilio. Los escribía de madrugada, sin saber bien de qué me serviría. Sabía que no tenía posibilidades de intimar con ella, que mis esfuerzos nunca se verían recompensados: mi compañera de clase tenía novio, desde hacía años. No había nada que hacer. Enamorado, sí, pero platónicamente.

La joven de los ojos bonitos comenzó en Navidad a salir con ‘el guapo’ del grupo. Se dejaba ver por el instituto en los recreos. Sin embargo estaba la mayor parte del tiempo o paseando con una amiga suya o con su pareja, entre los setos del pequeño jardín o sentados y apoyados sobre una pared cualquiera del recinto. Nos saludábamos, pero poco más. Cuando charlábamos más era los fines de semana, casi siempre en el ‘botellón’: risas, bromas y muy buen ambiente, cosas de la edad y la ilusión por la vida.

Segundo a segundo comprendí que era imposible que no me fijase en ella; era imposible que no la contemplase como a lo más bello del universo si estaba a pocos metros de mí; y cuando no estaba era imposible que no pensase en ella. En definitiva, era imposible que no me enamorase como lo hice, como lo hace alguien que ama con todo su ser: sin condiciones, sin oposición.

Mi intuición no me falló: a principio de Febrero del 97 rompió con su pareja. En el grupo de amigos los chicos y las chicas salían y dejaban de salir con una facilidad pasmosa: ésta no fue una excepción. Era mi oportunidad. Ahora sí podía decir lo que sentía, ahora sí era libre de acercarme, era libre para sacar a la luz los sentimientos que ella despertaba en mi interior. Pero la pregunta era: ¿cómo?

Vi el calendario: San Valentín estaba próximo. El día de los regalos y las rosas, el día de las cartas anónimas, el día del ‘me gustas’ y del ‘te quiero’: ese era mi día.

Una bala de plata, una bien pulida, perfecta, preparada para ser certera; cupido y la mejor de sus flechas plasmada en papel; mis sentimientos impresos como gotas de rocío sobre una ventana al amanecer; mi alma hecha poema. Pero no uno cualquiera, no: el mejor, uno grande entre los grandes, único entre todos los que había escrito.

Me puse manos a la obra. Cada día dedicaba largo rato a pensarlo y componerlo: “empiezo así…no, no me convence; lo cambio por esto otro…tampoco, suena falso; a ver qué tal queda esto…sí, mucho mejor”. En tres o cuatro días (y alguna que otra madrugada) tuve listo la más poderosa de mis armas de seducción. Estaba orgulloso del acabado. No podía fallar.

Metí el poema en un sobre y lo guardé hasta el día clave. Dudé entre ponerle nombre o dejarlo como anónimo. Al final decidí no poner remitente, actuar como admirador secreto, para darle más emoción y que sintiera curiosidad. Craso error.

Cuando ese día llegó lo eché a primera hora de la mañana al buzón que habían habilitado los de delegación de alumnos a tal efecto (no me acuerdo si eran de delegación o a qué asociación pertenecían). A mediodía repartieron los sobres y las rosas clase por clase. Seguro que le llegaría, seguro que sus manos suaves y delicadas iban a rozar el papel y mis letras, seguro que le encantaría.

La siguiente vez que hablé con ella no comentó nada del poema. Decía que había recibido alguna felicitación de sus amigas pero nada más. Gran decepción, quedé desolado: ¿adonde habría ido el sobre? ¿le habría llegado? ¿o era una excusa y sabía que yo lo había enviado? No, no puse nombre, no puede saber que es mío.

Los días pasaron. Yo comencé a tomar el camino de vuelta a casa que pasaba al lado de la casa de ella, para intentar coincidir al salir de las clases y conseguir así más amistad. A veces la pillaba pero otras no: apretaba el paso sin que yo pudiera alcanzarla. Volvió con su antiguo novio. Además, los fines de semana empezó distanciarse de mí, como a rehuirme. Al principio creía que eran imaginaciones mías. No lo eran: un mes después de San Valentín apenas sí me saludaba.

Era evidente que había recibido el poema y que tras leerlo concluyó que lo había mandado yo. Podría secar mares enteros de tinta intentado expresar lo que me dolió su desprecio: era cruel, era inhumano, era horrible. Punzaba y me asfixiaba. Una y mil veces me preguntaba en qué me había equivocado. Sufrí, vaya si sufrí.

Cuando llegó el verano del 97 ella volvía a estar sin pareja. Me comentaron que su ex-novio había pasado un calvario saliendo con ella: infantil, caprichosa, maleducada, con pésimo carácter y egoísta hasta límites insospechados, así la definía él. Lo más divertido es que la opinión del joven la secundaban otros chicos del grupo con los que había tenido problemas y la práctica totalidad de sus amigas: se había peleado con casi todas, una por una. Terminaron por echarla del grupo, arrastrando consigo a la única amiga que le quedaba.

Como reza el dicho: “no hay peor ciego que el que no quiere ver”. Jugué mi corazón al número equivocado y perdí. Lo pagué bien caro, puedo asegurarlo.

No todo fue negativo en esta historia: una noche de ese mismo verano estaba yo sentado en las escaleras de la plaza del pueblo con más amigos míos. Ella estaba sentada a pocos metros de mí, con la amiga que le quedaba y un par de chicos mayores con los cuales empezaban a juntarse. Yo conocía a uno de ellos y por eso seguía su conversación a medias. No recuerdo bien por qué fue, el caso es que ella se dirigió a mí y me dijo algo. La oí pero no la entendí por completo. Le dije que si podía repetirlo, que no me había enterado de toda la frase, a lo que ella respondió que no, que daba igual, que no tenía importancia. Me quedé pensativo, intentado recordar qué era lo que me había dicho. A los pocos segundos recordé la frase en su totalidad:

“Tú eres un poeta

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19 octubre 2008

Poema de amor

Filed under: Poemas — quieroserpoeta @ 10:31 pm
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Caminando entre las nubes
y encendiendo la mañana
te veo entre mis sueños.

La primavera duerme en tu sonrisa,
y es tu alegría
el canto de los pájaros,
el perfume de las flores,
el manto de la vida
y la luz del atardecer.

Pelean el viento y los rayos del sol
por poder acariciar tu cara;
luchan las aguas de los ríos
y las corrientes de los mares
por besar tus labios de rubí;
compiten los pajarillos, los ruiseñores y las palomas
por poder posarse en tus manos
y sentir la fina piel de tus dedos.

Vestida con hilos de plata
paseas por el Edén de los cielos;
y las rosas del camino,
rebosantes del rocío matinal,
derraman diamantes y zafiros
cuando por su lado pasas.

No hay sonidos en el mundo
que rocen tan suavemente al alma
como cada una de tus palabras,
y no hay néctar en el mundo
tan dulce y tan sabroso
como el que fluye de tus labios.

Bella, perfecta, encantadora,
así eres,
diosa del Olimpo,
lucero del cielo,
flecha del amor
y reina del Edén.

Tú gobiernas mi mundo,
tú gobiernas mis sueños,
tú gobiernas mi vida.

Simplemente, te quiero.

17 octubre 2008

Hospital, tren, vida

Filed under: Reflexiones — quieroserpoeta @ 4:03 am
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Me sonreía con amabilidad, con esa sonrisa que sólo saben esbozar las personas sencillas, aquellas que miran la vida con estoicismo y esperanza, esa extraña mezcla que hace mucho tiempo se agotó en las grandes ciudades. Su sonrisa se asomaba bajo dos cejas castañas muy pobladas, con alguna que otra caspa visible, y acompañaba cada palabra con un leve vaivén de la cola de caballo con la que recogía su pelo castaño. Me hablaba a mí y mi familia de los males que afectaban a su marido y que le tenían desde hará semanas en una cama de hospital. Yo la observaba de soslayo, tumbado sobre la mía. Me recuperaba de una operación a la que me había sometido ese mismo mediodía y la escuchaba a la vez que maldecía el tener que llevar una sonda metida en una vena de mi muñeca izquierda. Más que dolerme la aguja lo que me dolía era la impotencia de tener que esperar al menos dos días a que me la quitasen. En fin, era por mi bien, no podía quejarme.

El marido enfermo estaba sentado, apoyando la espalda sobre el respaldo inclinado que formaba la cabecera. Era un hombre cercano a la cincuentena, de pelo cano y rizado, coronilla fruto de la edad y barba espesa de varios días. Tenía los ojos saltones y una gigantesca barriga. Era grande, enorme como un oso. No hablaba apenas, se limitaba a hacer comentarios esporádicos mientras sonreía y asentía lo que decía su esposa. Dicho sea de paso, su cama era del mismo modelo que la mía. Según dijo algún que otra enfermera las camas eran nuevas, “de última tecnología”. Bastaba apretar unos botones para que el respaldo se levantase a voluntad. Sin embargo no tenía ninguno que al apretarlo sanaras mágicamente y salieras de allí perfectamente, sin tener que estar ingresado a saber cuanto tiempo. A ver cuando lo inventan.

El discurso de la mujer lo interrumpió una enfermera que vino a lavar al hombre. Mi familia salió de la habitación, se echaron las cortinas y la joven comenzó la tarea. Tras unos minutos dijo que tenía que salir porque se le había olvidado algo, que no tardaría nada. Cerró la puerta y el matrimonio habló por lo bajo. Hubo risas, hubo comentarios, hubo complicidad: hubo amor. Noté ese amor que se procesan los cónyuges tras años de convivencia; ese que no se falsifica, que no se puede ocultar ni debajo de todas las alfombras del mundo; ese que ha llenado páginas de libros, que ha ennegrecido con tinta generaciones enteras de escritores; ese sentimiento que se puede perseguir en mil años y que algunos consiguen encontrarlo: aquellos con bondad, con buen corazón, aquellos de espíritu sereno y abnegado.

Recordé ese viaje en tren que hice hará 6 o 7 meses, un día que volvía de la ciudad al pueblo. Me senté delante de una pareja joven que viajaba con su hijo pequeño. Por su acento no eran españoles sino más bien sudamericanos. Al que más se oía era al supuesto padre del niño que no dejaba de entretenerle tocando con las palmas de las manos y la superficie de la mesita que tenía ante sí una melodía caribeña propia de timbales. No sé adonde iban, no sé a qué se dirigían, pero estaban contentos ambos, padre e hijo, y sus risas, lejos de molestar, impregnaban  el ambiente de sensaciones agradables.

El matrimonio del hospital, el hombre del tren, su hijo  y sus vivencias son música. Es la música de los que nos rodean día tras día, de quienes sin ser importantes ni famosos son imprescindibles; es el son de los granos de arena que forman la playa o de las gotas de agua que trae la lluvia; es la prueba de que en esta vida que nos ha tocado vivir sí hay días soleados y noches de baile perpetuo.

Sé que hay quien los llama “perdedores”, “don nadies”, incluso “subhumanos”. Yo los llamo personas, héroes, guerreros, amazonas, la quintaesencia y razón de ser de nuestra existencia. Son el desafío al consumismo, a los egos exacerbados y al discurso prepotente y envenenado con el que nos machacan los oídos a diario. Son la imagen de la esperanza.

Brindo por ellos.

9 octubre 2008

Diálogo de mendigos

Filed under: Historias de Kroham — quieroserpoeta @ 1:45 am
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Un leve carraspeo y un esputo ponían el broche final a un recital de toses enfermizas cuyo desagradable estruendo había cortado el silencio de la calle. El maestro de orquesta era un sintecho, otra alma anónima de las que pululaban por los guetos de Kroham. Un par de ojos vidriosos exploraban con avidez las aceras, asomados entre una espesa melena comida a piojos y una barba de meses, repleta de greñas. Parapetado en la esquina de un viejo almacén cerrado y rodeado de un puñado de cartones con olor a orina el mendigo apuraba trago a trago un cartón de vino barato con el que se olvidaba de su desgracia. Era una madrugada de otoño y el viento frio campaba con sus respetos.

En un momento dado distinguió a lo lejos a otro compañero de penurias, un conocido suyo. Llevaba a su espalda una gran bolsa de basura que abultaba más que él. Dentro iban sus pocas pertenencias, trapos y ropa sucia. Se dirigía a no se sabe dónde. Lo llamó a gritos: “¡Jimmyyyyyyyy! ¡oyeeeeee!”. El mendigo de la bolsa frenó su paso y se giró adonde venía la voz. Se acercó a la esquina con paso cansado y maltrecho. Al llegar a ella se desplomó en el suelo, sentándose en el suelo y dejando su carga a un lado. El borracho comenzó la conversación:

–    ¿Qué pasa hombre? ¿hace un trago? Es un remedio excelente contra la rasca.
–    No, gracias. No tengo ganas.

Se quedó en silencio unos segundos y dijo:

–    De lo único que tengo ganas es de morirme.
–    ¿Y eso? ¿qué te ocurre, a qué viene tanto pesimismo, habiendo vino?
–    Estoy harto de miseria y de no tener un techo donde dormir. Estoy harto de andar de un lado para otro, de que me traten como a un perro, de que me escupan los policías, de que me apaleen los niñatos de las bandas, de ver cómo las señoras huyen cuando les pido una moneda; estoy harto de esta vida de cucarachas, de tener que hacer esfuerzos por olvidar cómo he llegado hasta aquí, de malvivir con trapos y sobras…

El borracho lo escuchó con la cabeza gacha todo el rato. Jim continuó lamentándose un par de minutos más. Cuando se calló, alzó la vista a la farola que los alumbraba y sentenció:

–    Quiero morirme. Quiero poner fin a este calvario.
–    Eso no es difícil. Toma. Tengo entendido que si te lo clavas con fuerza en el estómago la muerte es casi instantánea.

El mendigo de los cartones le tiró a los pies un trozo de vidrio puntiagudo. Uno de sus extremos estaba cubierto con esparadrapo, a modo de puñal improvisado. Jim miró la punta con mezcla de deseo y horror. Cogió el vidrio y sin dejar de contemplarlo entre sus manos estuvo en silencio unos minutos más. Tras soltar un suspiro, añadió:

–    Cerca de aquí hay un supermercado. A estas horas es cuando terminan de hacer limpieza y tiran lo que no pueden vender, ya sabes, los alimentos caducados. En estas fechas han llegado a tirar cajas enteras de helados. Los hay hasta de turrón, fíjate. ¿Vamos?
–    Hmmmmm, buena idea Jimmy. Te acompaño.

Ambos se levantaron y bajaron la calle en dirección al supermercado. El trozo de vidrio quedó tirado al lado de la farola, sobre un cartón. Y allí se quedó por mucho tiempo.

6 octubre 2008

Agua

Filed under: Poemas — quieroserpoeta @ 1:45 am
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Agua de mi corazón,
fluye, explota, expándete,
sal de mi interior,
que nada te retenga.

Agua de mi corazón,
irriga los tejados,
empapa las paredes,
llueve sobre las aceras.

Agua de mi corazón,
hazte roja tinta,
traza mis sentimientos,
escribe todas mis letras.

Agua de mi corazón,
búscala en la distancia,
sé el regalo a su presencia,
sé la carta de mi ser.

Y la carta partió
y no halló respuesta;
y la tinta corrió
y no oyó halago;
y el agua se fue
y mi corazón se secó.

15 septiembre 2008

Muro de hielo

Filed under: Reflexiones — quieroserpoeta @ 11:57 am
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Un terreno en medio de la nada y tú. Te veo. Nos separan pocos metros. Me pareces bellísima. Quiero acercarme, quiero que hablemos. Comienzo a caminar hacia ti y tras dar dos o tres pasos tropiezo con algo y caigo de bruces. Más que dolor siento confusión: ¿contra qué he chocado?

Me incorporo y extiendo a tientas los brazos. Toco una superficie gélida, como de hielo. La sensación térmica se me hace desagradable al tacto. Aguzo la vista, escudriñando eso que está enfrente de mí y que palpan las yemas de mis dedos. Es una especie de muro, un muro transparente, casi invisible. A mi derecha e izquierda no distingo con claridad los límites de la barrera que me separa de ti. Parece no tener fin. Elijo andar hacia mi izquierda sin separarme del muro. Seguro que hay algún límite. Tarde o temprano daré con él.

Pasan las horas, me voy alejando paulatinamente y sigo sin hallar ni un hueco, ni una puerta de salida. Lo extraño es que por más que me desplazo tú no dejas de estar delante de mí, a escasos metros de distancia. He empezado a mover las manos arriba y abajo, tocando en todo momento la superficie helada. Diría que no es plana sino curvada, posiblemente cóncava. Miro hacia arriba. Tampoco veo el límite superior de la barrera pero por su forma juraría que se inclina un poco sobre mí. Decido detenerme y pensar.

Una duda me asalta: ¿y si el muro no fuera tal? ¿Y si no tiene principio ni fin porque no es una barrera plana y horizontal? ¿Y si en realidad el muro es una cúpula? Tiene sentido: estoy encerrado en el interior de una cúpula inmensa, tan grande que no he hallado su final hasta hoy, hasta que he deseado aproximarme a ti y conocerte mejor.

¿Quién me ha metido en ella? ¿Por qué razón está tan fría? ¿Es acaso de hielo? Hago memoria de lo ocurrido en lo que va de año, de cómo me he ido relacionando con el entorno desde hace meses atrás: me he encerrado en mí mismo, poco a poco, segundo tras segundo. Yo he creado la cúpula, yo me he metido en ella para protegerme del resto de la humanidad, del paso de los recuerdos. El hielo que la forma no es tal: es mi soledad. Dentro de la cúpula no hay dolor, no hay pena, no hay nada que me dañe. Y tampoco hay nada que me haga sentir vivo.

Tomo una firme decisión: he de salir de aquí, he de romperla, destruirla como sea. Ya he estado demasiado tiempo encerrado. Debo salir, ¡debo salir! Si no lo consigo me moriré de hastío.

Golpeo la superficie con todas mis fuerzas: patadas, puñetazos, empujones con el hombro. Cada embestida hace tronar el aire con un ruido sordo. La desazón ha sido reemplazada por furia, auténtica furia: voy a penetrar la cúpula sea como sea. Los nudillos empiezan a sangrar, los pies me duelen, me estoy desollando las rodillas, los hombros están a punto de fracturarse. Nada. No cede, no cede…

Horas después desisto. Me apoyo con las manos magulladas y ensangrentadas sobre la barrera. Estoy encarcelado dentro de mi propia fortaleza. No puedo salir, nadie puede sacarme. Es terrible.

Me dejo caer al suelo, poniendo mi espalda contra el hielo. Me acurruco, lleno de tristeza y desesperanza. Nunca más podré saber lo que es sentir. Nunca. Es un destino tan cruel que a base de pensarlo me pongo a llorar en silencio.

No, no puedo rendirme, debo tranquilizarme, debo pensar. Si yo he creado esta defensa perfecta entonces yo puedo destruirla. Seguro que sé cuál es su punto débil, debo haberlo olvidado.

Me levanto y observo la superficie que he aporreado, ahora sanguinolenta. Veo algo. Me acerco al hielo y lo analizo. ¡No puede ser!, creo que puedo distinguir…una pequeña grieta. ¡Se está agrietando! Definitivamente voy por el buen camino. Sin embargo no puedo seguir con los golpes. Me haría daño de verdad. Ya tengo la piel de puños, rodillas y hombros hecha trizas. He de encontrar otra forma de salir de mi prisión. Queda un rayo de esperanza.

Dentro de la grieta veo una hendidura. Entre ella podría colar algún papel. Te miro. Tengo tanto que decirte. Si te lo dijera seguro que el hielo se derretiría. Volvería a ser libre, volvería a ser humano. Un papel, una vía hacia la libertad. ¿Y si…?

4 septiembre 2008

Hiperrealidad

Filed under: Reflexiones — quieroserpoeta @ 4:14 am
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Soñé con una enorme habitación blanca, sin puertas ni ventanas. Ante mí yacía una extraña rendija que desprendía luz. Puse sobre ella mi mano y fui absorbido hacia ninguna parte.

Viajé a nuevos mundos, plagados de imágenes y ríos de tinta. Escuché voces declamando las noticias procedentes de los confines del mundo, contemplé escenas que alguien o algo había dejado flotando en la nada, oí música desconocida para mí, recibí mensajes en un sinfín de idiomas y lenguas. Y seguía volando.

Tal era la cantidad de planos y realidades entrelineadas que una vez en una no podía calcular cuántas se podían alcanzar desde ella. Vagué en el sueño sin rumbo prefijado, ilusionado por tan curiosa experiencia.

Sabiduría, más de la que jamás había concebido. Las palabras me rodeaban allá donde fuera, entraban y salían de mis ojos. No retuve ni la enésima parte de los conceptos que me traían. Era un universo de información inabarcable, la nueva biblioteca de Babilonia. Era grandioso.

En mi sueño el tiempo se había congelado. Incluso diría que retrocedía. Era estar en el ojo de un huracán, en primera fila ante un escenario de una verdad  por cada millón de mentiras. Entraba en mí y un segundo después explotaba y me expandía en incontables trozos, uno por dimensión. Y volvía a unirme, más poderoso, más inteligente, muchísimo más reflexivo e imprevisible. La secuencia se repitió sin principio ni fin, como quien recorre un camino en círculos.

Infinitas entidades, todas igual de tangibles. Recuerdo una que perduró en mí tras despertar. Estaba yo, etéreo cual espíritu, en un desierto descomunal, plagado de dunas y montículos. En las cimas veía lo que me atreví a denominar ‘locos’. Después descubrí que no eran tales, sino más bien la cordura materializada en carne y hueso, con un nexo común e imaginario.

Pues bien, cada ‘loco’ declamaba a viva voz sus vivencias, sus pensamientos, lo que se podría definir como su propia filosofía existencial. Hablaban profiriendo párrafos alternados con silencio, un silencio de horas. Algunos recibían respuesta, quizás dos, quizás cien o más. Los ‘locos’ se comunicaban entre sí empleando un código secreto, tan enrevesado como intrigante. Me sentí acompañado por más gente en forma fantasmal, observando a esos raros predicadores con lenguaje propio pero sin credo pactado.

Ahora me vienen a la memoria varios de esos personajes: poetas melancólicos, poetisas con alma de cuento de hadas, aventureros que tras un volante analizaban versos de asfalto, escritoras y cronistas de una sociedad inmadura, etc. Conocí a un hombre miraba con ilusión a los habitantes de la Tierra, a una mujer que hilvanaba su pasado con hilos de plata cual tejedora del olvido, a un ya prófugo aprendiz de psicópata lleno de humor negro y a un ejecutivo sin escrúpulos, sobrado de ironía. Todos entrañables, todos con sus historias, todos tristes o alegres a ratos, siempre tan dispares como interesantes.

Hubo uno que me impactó sobremanera. Estaba rematadamente chiflado. Actuaba como un oráculo sin barba ni ancianidad que avalase su discurso. No dejaba indiferente, hasta divertía la conexión tan dispar de ideas que solía realizar. Entre sus crónicas intercalaba pensamientos incisivos. Evocó en mí algún que otro relato de Chéjov, esos que leí cuando yo era más joven. Parecía un pornográfico clon de Nietzsche que aspiraba más al superpolvo que al superhombre.

“Tú eres un gran libro por redactar”. Lo repetía hasta quedarse afónico. Lo escuché tanto que tuve un ‘déjà vu’ de años vividos. Recordé un lápiz, una libreta cuadriculada, amores platónicos irrealizables. Recordé poemas a una chiquilla enamorada, frases de azúcar para un corazón lozano. Rememoré viejas novelas, ya dentro de un baúl descuidado.

Me desperté del sueño, embriagado de viajes y vivencias nuevas. Me desperté con ganas de escribir, no sé qué, no sé a quién, no sé para qué. Quise retomar los lápices, los bolígrafos y el papel en blanco. Quise también leer, devorar libros que antes me era imposibles de entender. Asalté las bibliotecas, colocando sobre mi escritorio una pequeña torre de hojas impresas y encuadernadas.

A partir de esa vivencia del subconsciente todo se me hizo diferente, real, profundo. Sigo hoy día entre la vigilia y el sueño, buscando respuestas a preguntas que me planteé hará años y que dejé recorriendo ese tortuoso camino que es envejecer.

Cada cierto tiempo vuelvo a visitar a esos ‘locos’ y los animo a seguir vociferando al aire. Lo hago para agradecerles su delirio, tan necesario como gratificante. Por enseñarme a mirar la vida desde millones de perspectivas a la vez: una realidad ampliada, una hiperrealidad subyacente.

Gracias a ellos tengo mi propio montículo, mi oasis particular en el desierto. Gracias a ellos quiero ser poeta.

3 septiembre 2008

El cíclope y las estrellas

Filed under: Textos — quieroserpoeta @ 12:06 am
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Una noche serena de verano, la cúpula celeste bajo los campos baldíos, una colina, piedras, viento. Y en medio de la escena está él, el cíclope, cabizbajo, condenado al ostracismo de un silencio cruel que le separa de una Luna siempre hermosa a pesar de su cuarto menguante.

Sentado a la intemperie, como tantos sábados viene haciendo, maldice su suerte por ser incapaz de establecer una conversación con la emperatriz del infinito firmamento. Ella ya no le presta la atención de antes, ella parece más indiferente, menos radiante, más fría y gélida que un glaciar o un iceberg. Aunque sigue acompañándole a él en el desvelo de sus madrugadas de fin de semana.

El cíclope ama a la Luna, la anhela desde hace meses atrás, profesándole un sentimiento tan poético como imposible. ¿Qué esperanza tiene un ser tan imperfecto como él de contar con los favores de la musa eterna de miles de escritores y jóvenes enamorados?

El tiempo transcurre impasible. Ella contempla al cíclope, sentado sobre su roca allá en lo alto de la colina, humilde y desdichado como se ve. Ella sabe de su reserva pero no le ayuda en modo alguno. Su orgullo y coquetería es la frontera que le separa de él, si bien procura no faltar a la cita que semana tras semana se viene repitiendo. Lo cierto es que gobernando su bóveda se siente desamparada. Sabe que muchos la persiguen pero al final todos la abandonan. Ninguno es fiel, ninguno se interesa realmente por ella. Incluso los astros notan la falta de cariño.

Él piensa para sí: “No puedo, no sé cómo dirigirme a ella, no sé hacerlo”. Acto seguido alza la vista, le dedica una breve mirada con su único ojo y no abre la boca: “Lo siento, lo siento de veras”. Ella, entre sombras, sigue luminosa. Ha podido leer el pensamiento de él y se entristece, disimulando su pesar.

Resignado el cíclope otea el horizonte, en la tierra, en las flores resecas que quedan a su izquierda. Su mente salta de objeto a objeto hasta centrar su atención en una minúscula estrella: “Es bonita. Sin embargo no destaca entre las demás”. Y con su vista busca otra, y luego otra, y otra más. Hay millones de ellas, infinitas estrellas que brillan pasando desapercibidas.

Estrellas que jamás recibirán homenaje alguno de un poeta soñador, estrellas que no saben lo que es tener quien las vele, estrellas sin amor ni versos que las recuerden. Tintinean, resplandecen, brillan y bailan del ocaso al amanecer y nadie nota su presencia individual. Lucen como grupo anónimo, sin más.

La sola idea de la sempiterna soledad a la cual están abocadas estas pobres luciérnagas celestes hace que el cíclope sienta pena por ellas. Él se incorpora, se levanta de su asiento improvisado y comienza a descender de la colina a los cultivos ya cosechados. Emprende un leve paseo durante el cual comienza a señalarlas una a una con el índice de su enorme mano derecha: “Tú eres linda por la delicadeza de tus destellos y tú siendo lucero das vida a la noche. Tú pareces delicada cual rosa de primavera y tú, en tu pequeñez, te muestras cándida y pura”.

Dedica palabras a cientos de estrellas y ellas empiezan a refulgir con una fuerza hasta entonces desconocida. Están felices ante el desfile de elogios y piropos que el tosco cíclope les dedica. Saben que mañana volverán a su melancolía pero ahora, esa noche, son reinas cada una de su propio fragmento del universo. La luz que desprenden lleva en sí un eterno agradecimiento a su inesperado benefactor.

Tras una hora o dos él se detiene sonriente ante el espectáculo que ha orquestado. Ha olvidado la congoja que le oprimía el pecho. “Va siendo hora de volver a la cueva”. Sabe que falta poco para el amanecer y que las estrellas deben retirarse ya. Mira por última vez a su Luna. Ella, rodeada de blancura plateada, siempre flotante en la distancia, le regala un manto de rayos que le cubrirá en el camino de regreso al hogar.

Ya por la mañana el cíclope entró en su casa silbando, se echó como de costumbre sobre la paja y pensó: “Ha sido una gran madrugada”. Y se durmió.

2 septiembre 2008

Heráldica

Filed under: Poemas — quieroserpoeta @ 12:03 am
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¡Ábranse las puertas de la muralla,
que desfilen las tropas en su orden,
océano de espadas y corazas
forjadas con fuego, plata y bronce!

Cual guardián de la tierra yerma,
siempre vigía en el horizonte,
permanece el sol del mediodía
acompañando a las guarniciones.

Encabeza el frente el campeón,
huracán invicto de bastiones,
mientras detrás va la infantería
guiada por caballeros y pendones.

Mas allá no espera enemigo,
no se parte hacia una guerra
pues un corazón es objetivo:
el de un castillo y su princesa.

Himnos de júbilo, tronar de pasos,
tormenta de minutos y leguas
es la compañía de un guerrero
que ansía un amor sin tregua.

De jaspe y esmeralda sus muros
con torreones de cristal tallado
refulge ostentosa la fortaleza
en la hora previa al ocaso.

Chillaron las bisagras del pórtico
y el ejército detuvo la marcha.
Ante él descendió un cometa:
era la dama en su beldad alada.

Blandió el héroe su espada
y la hundió profundo en el suelo;
sobre su mano alzada el guantelete
se cerró en el más ocre de los cielos.

Inclinados fueron los blasones
y arrodillóse la infantería.
Los jinetes dejaron sus monturas
para así rendir pleitesía.

Tras bajar la columna de su brazo
y proteger en su funda su arma
se acercó el líder a su señora
y con firmeza dijo estas palabras:

“Traigo ante vos mis legiones,
nombrados en vuestro honor testigos
del inmenso amor que a vos profeso
y que espero sea correspondido.”

Y entre gritos de alegría y victoria
tras pronunciar ella un tequiero,
colmó de felicidad al general
con el más melodioso de sus besos.

24 agosto 2008

Retorno

Filed under: Textos — quieroserpoeta @ 10:56 am
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El autobús acelera, yo acelero, la carretera nos huye, los coches desaparecen. Percibo la charla afable del chofer, la gorra blanca del joven, la señora de enfrente y los rizos teñidos de la chica rubia.

Salta mi mente, saltan los pasajeros sentados, saltan los conductores al asfalto y las naves industriales de las afueras: caos de alquitrán, somnolencia, líneas blancas, jornadas grises, gasolina y humo, incomodidad e impaciencia, ladrillos amarillos y miradas perdidas. Hay fuego en la calle, hielo en los asientos y escarcha dentro de mí.

Vibran las ventanas, las cortinas, las ideas ociosas de los viajeros: he de almorzar aun, esta noche salgo, mañana saldré, el otro no sé. El movimiento lo engulle todo: los árboles, la tierra baldía, las piedras, el asfalto, el vehiculo, los que vamos en él. El movimiento no respira, no descansa, no cesa.

Y mi pulgar sobre el móvil se cree literato, ajeno a la verborrea de su amo, indiferente durante el trayecto. Y me vence el sueño, se paran mis neuronas, cierros los ojos, termina el juego.

Azul el cielo, verdes los campos, estéril las sílabas, invisible mi voz. De la ciudad vuelvo a casa. Por fin.

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