La canción del navegante

14 septiembre 2009

Justicia poética

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Despedida

En esta madrugada el cielo luce limpio y plagado de estrellas. El ambiente vacía el alma y hace que se llene con las ideas más peregrinas. La melancolía trae tu imagen en mi memoria: hay tantas cosas que quise decirte y no te dije…

Tres veranos atrás, a media tarde, cruzabas Nervión Plaza engalanada con una falda y una camisa que realzaban tu figura de modelo. ‘Esta chica no se me escapa’, pensé. Fuimos a una cafetería cercana y entre cafés y copas descubrí cómo rebosabas inocencia, aquella que yo casi tenía perdida por las desilusiones de la vida.

¿Pasado o futuro? no quería repetir los mismos errores, era hora de saltar al vacío sin esperar nada a cambio: me quedé con el futuro, contigo, con tu promesa de amor. Fue una de las mejores decisiones que he tomado jamás.

En la lejanía se aprecia Marte y allá, en lo alto, está la Osa Mayor; atrás y cruzando el espacio se observa la Vía Láctea. ¿Dónde estás?

Tus manos, hay momentos en que siento el contacto de sus dedos: largos y juguetones como críos en un patio de recreo. Nunca supe quién buscaba a quién, si eran mis manos las que perseguían las tuyas o era al revés. Las tardes se teñían de ocre y tus pupilas fulguraban: esos ojos eran demasiado hermosos como para no quererlos. Llámalo magia, fantasía o pura imaginación pero presentía que habían sido ungidos en las nubes de los siete cielos. Tu forma de mirarme me decía que en realidad eras una dulce niña con cuerpo de mujer: Alicia se había escapado de un país sin maravillas y había terminado a mi lado, enamorándose de mí.

Siempre he sido un escéptico que nunca creyó en la felicidad. Aún así me hiciste dudar de su existencia.

Se oyen ladridos lejanos. Yo permanezco despierto, sentado en un poyete, pasando otra noche acompañado con mi soledad. Hasta la luna me ha abandonado.

Perdí la cuenta de los millares de veces que mi boca se confundió con la tuya. Su frescura evocaba en mí la lluvia de otoño o la tranquilidad de un manantial que fluye en libertad. Si cualquier cosa me deprimía o estresaba estabas tú allí para animarme, tanto que las mayores dudas resultaban ridículas cuando me rodeabas con tus brazos. Tu compañía era mi hogar peregrino.

Lo que vivíamos era una obra de teatro: era el Don Juan Tenorio. Sin embargo el final era diferente, por fin don Juan era redimido en vida por doña Inés: cuando paseábamos por la ciudad podía oír los aplausos del público que enardecido nos vitoreaba ‘bravo’, el telón caía y nuestras vidas se impregnaban de alegría.

Vuelve el silencio y parece que el pueblo entero está muerto. Acabo de ver un cometa: así de fugaces eran las horas de intimidad que compartí contigo.

En la punta de mi lengua tengo grabada a fuego la sal de tu piel. Si me preguntasen qué es el erotismo respondería que es verte desnuda y tendida sobre una cama, iluminada por la tenue luz de las farolas que se cuela por las persianas bajadas; la pasión es el vapor de nuestros cuerpos condensado sobre los cristales de tu coche, en medio de ninguna parte, en invierno.

Alta y esbelta cual ninfa cortabas mi respiración. En secreto hice un mapa completo de tus montes, tus valles, tus depresiones y tus precipicios, los mismos en los que me despeñaba hacia el placer. La acidez de tu sexo me transportaba a sitios exóticos, era un viaje de solo ida hacia lo prohibido. Cuando entraba en las cavernas de tu ser me sentía alguien distinto, aliviado de máscaras y cargas sociales: era yo mismo, mi yo liberado. En tus llamaradas me consumía vivo, deseando que esos momentos íntimos fuesen eternos, imperecederos.

El viento me visita unos segundos, refrescándome la cara; cada átomo que lo forma se me hace un recuerdo pasado que desea volver a ser vivido, volver a nacer de tu sonrisa:

Mis manos sobre las tuyas, nuestro primer beso a media tarde, las horas en el parque abrasándonos de deseo, el sudor de tu cuerpo en verano, el delirio de verte desgarrar de pasión, tu boca y la mía unidas, el océano pacífico de tus abrazos, los paseos a la orilla del Guadalquivir, los bancos que allí permanecen y nos acogieron, los monumentos de Sevilla contigo, el barrio de Santa Cruz rememorando tu presencia a cada paso, un paseo nocturno en tu pueblo tras cenar, los muebles temblando, los cristales empañados, el gemido de tu voz y un suspiro agonizante, las ciudades que visitamos, Córdoba y el horizonte borroso, Carmona en lo alto de tu semblante, la tórrida arena de Cádiz, salir del agua aterido de frío y cobijarme a tu lado, el sol a través de tus pechos, las aguas del mar sobre ti, el balcón del hotel en Tenerife, mirarte acurrucada entre las sábanas, oírte susurrar mi nombre al oído, trampa de placer en la ducha con revancha en el dormitorio, ‘te he echado de menos’ haciendo el amor, las fiestas con mis amigos, las risas con los tuyos, los pubs, las discotecas, las copas, la feria y nuestra danza en medio de la calle, los cafés y los helados, nuestro amor en película de veinte milímetros, ‘estoy aquí, echándote de menos y queriéndote mucho’ al otro lado del teléfono, la despedida tras una cita exitosa, la mirada perdida tras tu matrícula y mi cabeza girando hacia la nada, los versos improvisados en mi móvil, el calor de sentirte cerca aún estando lejos…

El horizonte comienza a clarear, de tanto recordar está a punto de amanecerme. Todo tiene un principio y un fin.

No me entendía entonces y sigo sin hacerlo ahora. Tú llorabas en silencio, estaba oscureciendo, sonaba la radio del coche y yo sabía que tras esa tarde no volveríamos a vernos en años. Decidí seguir mi camino en solitario y al hacerlo rompí tu corazón en pedazos invisibles: me sentí miserable por dentro, sabía que no te merecías ese final. Aún me desprecio al recordarlo.

Recorríamos las avenidas, cruzábamos los semáforos y cuando quise reaccionar estábamos ante la estación de tren. ‘Un beso y un adiós’ era la canción que se oía cuando me bajé del vehículo. Entre sollozos me dijiste dos palabras, una frase con aroma a esperanza en un mañana alternativo, distinto del presente. Partiste rumbo a tu casa mientras yo te daba la espalda, caminando hacia los mostradores de billetes y sintiéndome una sombra de mí mismo.

Obtuve mi libertad, aquella que me ha permitido construir la Groenlandia de hielo y ceniza en la que estoy exiliado. Hay momentos en los que me pregunto si alguna vez amé o fue todo un sueño.

Un lucero huérfano es lo que queda de otra noche de verano. Ya comienza a verse el sol entre las tejas. Debo acostarme, aunque antes quiero ordenar mis pensamientos.

Allá donde estés quiero que sepas que te agradeceré mientras viva lo que me enseñaste: que se puede dar sin esperar nada a cambio, que el cariño sincero anima hasta al más derrumbado, que la diferencia entre un día radiante y otro grisáceo está en un beso de amor, que la distancia entre dos personas se desvanece cuando ambas piensan en la otra, que un puñado de palabras puede destruir el mismísimo acero, que dos cuerpos amándose hacen que se tambaleen las cavernas del Infierno, que el sentimiento más prodigioso nace desde la más auténtica de las bondades, que es mejor ser Peter Pan y sobrevolar Nunca Jamás hasta la vejez que perder la capacidad de amar y ser amado, que en definitiva el AMOR con mayúsculas es patrimonio de la inocencia y la fe en las personas.

Allá donde estés, gracias, por quererme, por ser tan especial, por todo. Más que estas letras o mi soledad te dedico mi vida entera; si hay en el mundo una mujer que merezca ser feliz esa eres tú.

Te llevaré por siempre y para siempre en mi corazón, hasta el fin de mis días.

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17 mayo 2009

Azul

Filed under: Textos — quieroserpoeta @ 11:51 pm
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Belleza celestial

Azul los cielos, los mares, el agua de los ríos y el millar de relámpagos que vestidos de coral y zafiro desprenden tus pupilas. De la energía de una supernova te vistes, sol de amanecer refulgente que guarda bajo su pelo las estrellas de la noche, aquellas que coronan la vía láctea. Cada palmo del suelo pugna por sentir el tacto de tus tacones y hasta las motas de poI vo se apartan para no empañar en modo alguno tu sempiterna belleza. Cuando tu pintalabios roza tu boca surge una música invisible, ecos de todas las sinfonías que no pudieron componer ni Mozart ni Beethoven. Tu ser irradia una luz tan pura que las bombillas, los tubos fluorescentes y las lámparas de neón te rinden pleitesía en secreto e incluso las luciérnagas de medio mundo y las hadas de todos los cuentos escritos y por escribir te han coronado como su reina, su emperatriz.

Los eruditos han determinado que en la narración del Génesis hubo un error: al séptimo día no descansó Dios sino que usó el primer albor para engendrar la más perfecta de sus creaciones, aquella en cuyas venas durmiera la fuerza de un millón de volcanes y en cuya mirada pudiera oírse el canto de ángeles y arcángeles al unísono, la obra que sería el culmen de la feminidad, la quintaesencia de la palabra ‘mujer’ en toda su magnificencia. Tú eres el episodio perdido de la Biblia, la pieza clave en el origen del Universo: tu omnipresencia de semidiosa es la prueba.

Antes había un grupo de hombres que calmaban las inquietudes de su espíritu escribiendo poemas; antes existía la poesía, luego naciste tú y los versos redactados hasta la fecha se resquebrajaron: ninguno, ni pasado ni futuro, podía hacerte la más mínima justicia. Bécquer dibujó tu azul con su pluma, Salinas quiso cantarte pero fracasó, Neruda posó su pensamiento en ti y Hernández desgarró su alma buscándote: eres el santo grial de los poetas y allá donde vayas ellos dedicarán sus voces a tu hermosura.

No sólo los lápices pronuncian furtivamente tu nombre, también lo hacen los pinceles, los cuadros y el mármol de las estatuas. Se dice que la Mona Lisa ya no sonríe, ha cambiado su gesto por otro de enfado y furia: tu sonrisa guarda más y mejores misterios, es más bella, más risueña. Una sonrisa de tus labios desprende oro, rubíes y diamantes, muestra una casa de mil espejos blanquecinos donde cualquier hombre querría verse reflejado. Tu sonrisa huele a azahar y produce en los ojos una suave brisa de tarde de primavera.

Deidad humana de lozanía y juventud; miel, pétalos de rosas y las mil y una noches ocultas en tus besos; caricias, encajes y sedas orientales en el vaivén de tus pestañas; tronar de cañones y clamor de espadas en tu piel. De azul perfecto tus ojos, así eres, así te veo yo.

1 diciembre 2008

Real (Imposible 2)

Filed under: Textos — quieroserpoeta @ 3:46 am
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Últimos rayos de sol al atardecer

“No sé cuánto tiempo llevo aquí, en esta cima congelada. Ya he intentado miles de veces romper a golpes las estalactitas que cierran mi prisión y todos los esfuerzos han sido en vano. Sé que pasaré el resto de mi eternidad confinado en este minúsculo espacio, repasando los viejos recuerdos de cuando amé. Fui engendrado demonio, éste es mi destino.”

La masa informe se deslizaba sobre el suelo en pequeños círculos y la luz mortecina de la entrada de la cueva producía en su superficie destellos metálicos que se elevaban hasta el techo helado. Afuera el horizonte se vestía de estancas nubes grisáceas y a través de los gélidos barrotes no era posible apreciar nada más. El suelo de la cueva estaba cubierto de un polvo espeso y ennegrecido; se rumoreaba que los superiores eran los maestros del fuego mientras los simples demonios se congelaban de frío en las zonas periféricas del Infierno; también se decía que mucho antes de ser habilitada la montaña como cárcel habían sido abrasados en su cima los demonios más rebeldes ante las carcajadas de los superiores de mayor rango. Fuesen ciertos o no los rumores el hecho de permanecer allí encerrado resultaba una agonía lenta.

En el centro de la estancia comenzó a soplar un viento procedente de ninguna parte y el ser, extrañado, dejó de pasear. El viento formó un oscuro remolino de polvo, el cual de repente se transformó en una luz blanca, pura y a la vez cegadora. Una voz surgió de ella: “Sígueme”.

*    *    *

Aquella era una tarde de Mayo excelente: el cielo estaba despejado, hacía algo de calor y las terrazas de bares y pubs estaban a rebosar. En el parque colindante a la avenida los niños jugaban mientras sus madres hablaban unas con otras, sentadas en los bancos más cercanos a la zona de juegos infantiles. En esa zona del parque una mujer de apenas treinta años estaba sentada sola y leía un libro. Abstraída en la lectura no reparó en el hombre alto que se había detenido justo delante de ella. Con cierta vergüenza levantó la vista, muy de soslayo, para luego clavar sus ojos sobre la cara de él, sorprendida.

–    ¡Tú!
–    Hola – respondió el hombre, esbozando una sonrisa.

Era él, su viejo amor de juventud, cuando todavía era ella estudiante y apenas sabía de la vida. La última vez que lo vio fue hace unos ocho o nueve años; sin embargo él seguía igual, no había envejecido nada o por lo menos no lo aparentaba. Ella era consciente del paso del tiempo y de sus efectos: cuando sonreía mostraba alguna pequeña arruga y su piel no era ya tan fresca y lozana como antaño. Pero él, sin entradas, sin arrugas, sin canas ni tirantez en el rostro parecía un fantasma, una imagen que se había fugado de algún rincón de su pasado.

–    ¿Puedo sentarme? – preguntó el hombre, señalando al espacio libre que había en el banco.
–    Sí, sí…claro. – El nerviosismo de la mujer era evidente.

Ella cerró el libro con pulso tembloroso y lo sostuvo sobre sus piernas, recobrando por segundos la conciencia de un sentimiento soterrado por cientos de vivencias posteriores. Se vio a sí misma paseando con él, años atrás, recorriendo las calles e hilvanando para sí planes de un futuro juntos que jamás tomó forma. Él se sentó a su lado y calló, sonriendo y mirando alrededor como quien se siente parte de un cuadro: la luz del atardecer, los niños, la brisa…y ella. La mujer detuvo su mente en el momento más amargo de todos, el de la ruptura, y con voz llena de tristeza y rencor sentenció:

–    Fuiste un cobarde. Me dejaste por teléfono, no tuviste lo que hay que tener para decírmelo a la cara. ¿Por qué?

La sonrisa se esfumó del rostro del hombre. Era cierto, la dejó por teléfono, pero ¿cómo decirle el motivo? Aquella tarde perdida en la memoria se habían citado en la entrada de ese mismo parque. De camino él notó una extraña presencia sobre sí, un calor sofocante, propio de otra dimensión: le habían descubierto, sabía que iban a por él; huir era inútil, cualquiera de sus superiores le encontraría tarde o temprano; lo más probable es que ya no volvería a verla más. ¿Qué hacer?, ¿qué decisión tomar en ese momento? Corrió hasta una cabina de teléfonos cercana, la llamó a toda prisa y con todo el dolor de su metálico corazón le dijo que tenía que irse muy lejos y que lo mejor para ambos era cortar. Ella no tuvo tiempo de objetar nada porque tras decir él esas frases se abrió el suelo bajo sus pies y una enorme llamarada lo engulló, siendo el auricular el único testigo del injusto final a algo que quiso ser y no fue.

–    Lo siento, créeme que lo siento de veras. Tenía que irme, no ya por mí, me obligaron a hacerlo.
–    ¿Quiénes, quiénes te obligaron? – objetó ella, dejando entrever una mezcla de indignación y pena.
–    Es…complicado de explicar. – él hizo una pausa y continuó – Ya no importa. ¿Qué es de tu vida ahora?
–    Tuve otras relaciones posteriores pero no funcionaron. Casi a los dos años de que me dejaras conocí al que es hoy día mi marido. Trabajo de profesora y en general me va muy bien. Soy muy feliz.

Ella pronunció la última frase con un poso de amargura. Era verdad, estaba felizmente casada y su vida transcurría con total tranquilidad. No obstante de vez en cuando recordaba a su primer gran amor y se preguntaba qué habría pasado si no se hubiera marchado así, sin más. Ahora que por fin se reencontraban todo era distinto, más inesperado, más real.

Él sintió una punzada en sus entrañas al escuchar lo bien que estaba ella sin él, como si nunca hubieran estado enamorados. La quiso muchísimo y lo pagó bien caro, pudriéndose en lo alto de una montaña albergada en el lugar más miserable del Infierno. El lugar que él soñaba ahora lo ocupaba otro humano, un desconocido que ni de lejos había arriesgado tanto por ella. Él había provocado esta situación, cargó con la culpa y quedó como un impresentable para que ella encontrase a otra persona que pudiera darle lo que él no pudo. Su plan improvisado tuvo éxito mas la certeza de ver que el amor que compartieron perteneciera ya al pasado lo aniquilaba por dentro.

–    A mí no me ha ido tan bien como a ti. De todas maneras no puedo quejarme – era mejor callar.

A varios metros un crío se montó en uno de los columpios y empezó a balancearse cada vez más alto. Excitado por la emoción comenzó a reclamar la atención de su madre:

–    ¡Mamá, mira lo alto que llego! ¡Mamáaaaa, miraaaaaa!
–    ¡Ezequiel, ten cuidado, no te vayas a caer! ¡No te balancees tanto! – gritó la mujer, levantándose y dejando el libro a un lado.
–    ¿Ezequiel? – dijo él, petrificado de la sorpresa. Ella se giró y su mirada asentía lo que él pensaba.

El día que se conocieron él se presentó ante ella utilizando el mismo nombre. Un demonio y una humana jamás tendrían descendencia así que ese niño era hijo de ella y de su marido. Y llevaba su nombre. No cabía duda alguna: ella, a pesar del tiempo transcurrido, a pesar de la distancia, no le había olvidado y por ese motivo quiso tenerlo presente en la persona de su hijo.

El niño bajó del columpio y entre risas y gritos se fue corriendo adonde estaban los otros niños. El hombre, reconfortado ante la evidencia, dijo a la mujer:

–    Ven, siéntate.

Ella le hizo caso y se sentó con lentitud. Estuvieron callados unos minutos y no se dijeron nada más. Él cogió la mano de ella y la estrechó. La mujer no opuso resistencia, es más, apretó la mano de él con fuerza. Por fin estaban juntos de nuevo.

Una voz retumbó en el interior de la cabeza del hombre:

–    Hemos de irnos ya. Debes volver a la cueva, es muy peligroso que estés tanto tiempo fuera.
–    Dame un poco más de tiempo, Gabriel. He soñado tanto este momento que no quiero irme sin disfrutarlo lo suficiente – respondió mentalmente el hombre.
–    Vale, un poco más, pero que sepas que ya me reclaman en el Cielo y que debes devolverme el cordón de Ezequiel. Ya me dijo él que lo perdió en la última batalla del Perímetro y que en la retirada vio a un demonio menor recogerlo. Lo que yo no sospechaba era el efecto que iba a producir en ti la esencia divina del cordón – objetó la voz.
–    Ni yo tampoco. Cuando se lo des dale las gracias de mi parte.
–    Un arcángel ayudando a un demonio. A quién se le diga… Luego vuelvo a por ti. – la voz se silenció.

Ella se arrimó y posó su cabeza en el hombro de él. Era muy probable que los superiores descubrieran esta nueva fuga y que el castigo que le impusiesen no fuera ya el cautiverio sino algo peor. A él no le importaba, ya no le importaba: el estar los dos juntos y el saber que ella todavía le seguía queriendo bien merecía lo que después le deparara el destino.

Caía la tarde, el sol comenzaba a ocultarse y los edificios se teñían de naranja, contrastados por el fondo de cielo azul. Allí, estrechando la mano de su antigua amada y por primera vez en toda su existencia nuestro demonio se sintió completamente feliz.

10 noviembre 2008

Imposible

Filed under: Textos — quieroserpoeta @ 6:31 am
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Gélida estepa

Los coches pasaban por la avenida mientras la pareja paseaba, disfrutando del aire tibio de una noche de verano. Él procuraba apretar el paso mientras ella le frenaba, cogiéndole de la cintura. Su castaña melena se ocultó bajo el brazo que tenía sobre sus hombros, el brazo de él.

–    ¿Me quieres?
–    Claro que te quiero – repuso el chico, no sin dejar entrever cierta incomodidad por la pregunta y el momento.
–    Quédate un poco más, siempre me dejas antes de las doce. De madrugada, tras vernos, me siento muy sola. Te echo muchísimo de menos – objetó ella con un leve hilo de voz.

El dramatismo de la situación hacía mella en la joven: tras una cena y un corto paseo él se marchaba de repente, como siempre había hecho, sin dar explicaciones. Horas, incluso días esperando verle de nuevo y cuando por fin puede disfrutar de su compañía él se excusa y decide irse.

–    No puedo quedarme, ya te lo he dicho. Lamento de veras volver a irme así, de verdad. Lo siento, no sabes lo que me duele marcharme tan pronto. Anímate.

Pero ella, lejos de animarse, contenía el temblor de su labio inferior, aguantando un amargo sollozo al tiempo que sus ojos se llenaban de lágrimas mal disimuladas con una sonrisa de niña inocente. Estaba harta de excusas y esperas, mas no podía dejarle: lo quería demasiado como para eso. Él era atento, amable, cariñoso, servicial y mil etcéteras más; él era un regalo demasiado precioso como para disfrutarlo con plenitud en las dos efímeras horas que solían verse.

–    Haré lo posible para que podamos quedar mañana o pasado, a más tardar – añadió él, intentando paliar la tristeza que había en el ambiente.
–    Es mentira. Siempre es mentira – dijo ella, dejando escapar un suspiro de resignación.
–    Por favor, no me lo pongas más difícil. De nuevo te pido disculpas.

Cruzaron una bocacalle y terminaron al lado de un parque muy mal iluminado por culpa de las farolas rotas. Él se detuvo ante la entrada lateral y determinó que ése era el mejor lugar para despedirse. Señaló el interior del parque con la mano, diciendo:

–    Iré por aquí. Así atajaré parte del camino de regreso.
–    Me gustaría presentarte a mis amistades – añadió ella -. Suelen preocuparse por cómo nos va, o mejor dicho, por cómo me va contigo. Quieren conocerte, les encantaría y a mí también, seguro que les caes bien.
–    Pero…
–    Por favor, te lo pido por favor.
–    Vale, buscaré un hueco. Ya te he dicho que mi trabajo apenas me deja respirar. Me voy ya.

Se besaron breve y apasionadamente. Él la miró un instante, dio media vuelta y se internó en la oscuridad de la entrada. Ella se quedó unos segundos de pie, petrificada, sin el menor deseo de regresar a casa. Quería abrazarle, necesitaba en su interior darle un caluroso abrazo, el último de esa noche: ansiaba tener un pequeño consuelo a tan cruel separación. Entró en el parque con prisa, siguió el mismo camino que segundos antes él había tomado y al hacerlo sintió un golpe de calor enorme en todo su cuerpo. La temperatura excesiva del aire la desconcertó, jamás había notado en la calle una ráfaga así: era como asomarse a un horno encendido. El suceso hizo que ella sintiera miedo de proseguir la búsqueda. Salió a la avenida y tomó un taxi.

* * *

La nieve cubría la inmensa estepa, congelada de principio a fin. Alrededor no se percibía más que frío, un frío irreal. La luz de ningún sol iluminaba todo, haciendo que la piel de aquel ser brillase como el metal. Esa extraña criatura, vista desde la distancia, podría confundirse con una masa fundida. De hecho nadie diría que ‘eso’ que flota a toda velocidad, camino de cualquier parte, tiene ‘vida’.

“Otra vez me reclama mi superior en el peor momento”, se decía el ser. “Si vuelvo a llegar tarde seguro que me castigará enviándome a esas montañas donde el frío es hasta cien veces superior. No quiero ni pensarlo”. Una voz retumbó en sus adentros: “No podré cubrirte eternamente, que lo sepas. No nos han pillado por muy poco.” Al lado del primer ser comenzó a flotar otro de similares características, ambos yendo disparados hacia donde habían sido convocados. Cuando un superior requiere la ayuda de sus subalternos exige la presencia inmediata de los mismos. Depende de quien lo ordene la noción de inmediatez cambia, por eso siempre se corre el riesgo de sufrir un severo castigo.

El primer ser continuaba su meditación: “Odio esta existencia, cada vez la odio más”. Fijó su atención en la gigantesca llanura helada. “No hay nada, en nuestro mundo no hay más que luz mortecina y nieve sin agua. Da igual, siempre da igual, somos lo que somos”. Una imagen se condensó en su pensamiento: era una joven, sonriente, lozana y hermosa. Tendía sus brazos hacia él con una expresión de alegría y cariño. “Y ella está allí, en su mundo de días soleados y noches con estrellas. Ella y su ser, sus besos, su piel; ella y su tristeza, su soledad, su pesar por no estar yo acompañándola. Si supiera lo que la necesito, si fuese consciente de lo imprescindible que me resulta su amor…”

Empezaba a verse en el horizonte un destello característico, quizás procedente del trono reservado al superior que los había convocado. “Si ella supiera lo que soy, ¿qué sería de mí?”. A pesar de que la pregunta le punzaba por dentro la repitió decenas de veces, recreándose en su desgracia. Dejó de insistir cuando recordó cómo empezó esa relación. ”La brecha, a través de la brecha la vi a ella. Éste que me sigue me dijo cómo entrar en su realidad, cómo adoptar forma de hombre. Por lo visto los superiores a veces hablan de ello, sobre todo cuando se carcajean del teatro de fuego, tridentes y azufre que emplean para asustar a los humanos”. La verdad se le hacía amarga e insoportable: “Ella y yo, siempre a escondidas, siempre temiendo que ellos me descubran y me condenen: mi crimen es amar cuando se me ha negado tal don”.

El trono era descomunal. A sus pies yacía una infinidad de seres grisáceos con forma de plastilina manoseada y la luz ambiental prodigaba el ejército de reflejos metálicos. El ser y su compañero se unieron al grupo, atentos a las palabras que iba a proferir el superior. La estepa seguía gélida, cubierta de un blanco inerte: aquel que genera el frío despiadado del Infierno.

24 octubre 2008

Tic tac

Filed under: Textos — quieroserpoeta @ 5:04 am
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Doce de la mañana

Camino por la calle, de vuelta del trabajo. Te veo sentada en un portal, conteniendo un sollozo que se te escapa en forma de lágrimas. Caen al suelo, se pierden en él, penetran en mí: son piedras preciosas. Me acerco, te ofrezco un pañuelo de papel y veo centellear un móvil en tu mano izquierda. Letras, un mensaje y tú. Te digo: “no creo que el dueño de ese mensaje sea digno del honor que le otorgas al llorarle”. Levantas la vista y tus ojos rasgados quedan pétreos ante los míos. Mi subconsciente posee mi boca y añade: “quién fuera lágrima…”. Me sonríes y te pregunto si puedo sentarme contigo para charlar. Dudas unos segundos y tu hilo de voz me dice que sí. A la hora nos despedimos, tras intercambiar números de teléfono. Te vas, ahora soy dígitos binarios en tu bolso.

El tic-tac acompasado empieza a cambiar de ritmo.

Una de la tarde

En mi bolsillo vibra el teléfono durante una reunión con mi jefe. Al rato te llamo. Me agradeces los mensajes que te dedico, esa suerte de versos entrecortados que cincelo a golpe de botón para transmitirte la vida que en mí despiertas. Te respondo que no es nada, que estoy a tu entera disposición las 24 horas, que eres maravillosa y que de no enviarte esos SMS mis dedos se habrían independizado de madrugada y tras robarme el móvil te los habrían enviado. Cuelgo y me siento príncipe azul sin castillo ni corcel.

El tic-tac pierde el compás por momentos.

Dos de la tarde

Estoy a la salida de tu trabajo. Me he fugado antes de tiempo del mío, no podía esperar más. Te llamo, me dices que enseguida bajas. Apareces por la puerta principal del edificio de oficinas: Afrodita sale del océano y su manto invisible lo recogen cien angelillos. Vamos a almorzar a un pequeño restaurante cercano. Entre el primer y el segundo plato mi mano coge la tuya. La aprietas con fuerza mientras te sonrojas. El mejor postre son tus besos. A partir de entonces te llamaré locura, mi locura. Serás mi secreto.

El tic-tac se revoluciona sin remedio.

Tres de la tarde

Hoy no nos veremos, hoy trabajaré hasta muy tarde. Ayer el bramar de tu resignación transformó mi corazón en cabeza de alfiler. Tecleo ante el monitor, con un bocadillo y un refresco miserables sobre el escritorio. Sueño despierto: soy martillo que reduzco a añicos todos los servidores del planeta; soy gasolina que incendia mil millones de oficinas; soy ley que prohíbe el trabajo, la que declara el amor sin fronteras… Recibo un mensaje tuyo: me echas de menos, me quieres. Veo cómo llueven pétalos de rosa de los tubos fluorescentes.

El tic-tac acelera hasta hacer un ruido continuo.

Cuatro de la tarde

Tras un breve almuerzo te invito a mi apartamento. Damos un largo paseo mientras bromeas sobre si son ciertas esas historias que a veces te cuento sobre lo desordenado que soy. Entras, se cierra la puerta y dejo que mis labios rocen tu cuello. Surge la pasión, la ropa queda en el camino, las paredes miran hacia otro sitio, mi piel se desgarra al sentir la tuya. Eres volcán, supernova, llamarada, sustancia de magma que me abrasa. El sol que entra por las ventanas nos envidia.

El tic-tac truena de placer.

Cinco de la tarde

Estamos en el cine. Tres butacas ocupadas, el resto vacío. Miento: en esta sala está tu omnipresencia. Te siento en la tela de los sillones, en la luz de la pantalla, en el leve sonido del proyector. Los filósofos griegos se equivocaron: sus elementos no conforman la materia, tú eres la materia, la Naturaleza te replica en los objetos. Apoyas tu cabeza sobre mi hombro y el olor de tus cabellos me llevan a otra dimensión de campos en flor y eternas primaveras. La Felicidad se ha manifestado en cuerpo de mujer.

El tic-tac produce un leve silbido.

Seis de la tarde

Estamos en una cafetería con mis amigos. Gabriel y su novia te hacen reír, yo hablo con Roberto, el cual me felicita por el buen gusto que tengo y por lo simpática que eres. A la hora es Fernando quien consigue que te sientas en familia. Te veo, los veo a ellos y sonrío para mí: se están esforzando a más no poder. Son mis amigos, lo son por algo. Me dices al oído que si estos meses son un sueño que te despierte. Guardo silencio: tú eres la guardiana de todos los míos.

El tic-tac silba un vals.

Siete de la tarde

Tus padres nos invitan a merendar. Hoy los conoceré. Sé que es un paso importante, crucial en nuestro noviazgo. Estoy aterrado, quiero resultarles lo más agradable que pueda. Compro algunos dulces en una confitería del centro de la ciudad. Me salen carísimos pero el gasto merece la pena. Vuelvo a mi apartamento justo antes de tu llegada. Entras en el salón, te beso y deslizo mis manos bajo tu vestido. Te quejas diciendo que no tenemos tiempo, se hace el silencio, en segundos te rindes a mí: te equivocas, soy yo quien se rindió a ti la mañana que nos conocimos. Puedo ver en el techo al escritor del kamasutra enfurecido, somos el desafío a su sabiduría. Los relojes pueden esperar, tú creaste el tiempo y eres su diosa.

El tic-tac recompone la Novena Sinfonía.

Ocho de la tarde

Te mudas a mi apartamento. Llevamos ya mucho saliendo y este paso nos llena de ilusión. Al fin juntos, al fin inseparables: la convergencia de la tierra y el agua, el ruiseñor y la paloma compartiendo nido, noche y estrellas en su eternidad, alfa y omega jugando al escondite en el laberinto del Minotauro y el Minotauro reconvertido en Apolo por el abrazo de Afrodita. Traes contigo tus cosas y comienzas a instalarte. Tus pertenencias cobran vida, son el futuro que pones ante mí, aquel que no logré atisbar el día que vine al mundo.

El tic-tac desafía a Mozart y Beethoven.

Nueve de la noche

Regreso a casa, a nuestra casa, destrozado después de una jornada de trabajo maratoniana. Me duele la espalda, o eso creo: desde que compartimos hogar no sé lo que es el dolor físico. Contigo la ciencia médica ya no existiría pues eres bálsamo para mis músculos. Si algo me hace sufrir son los milímetros que me separan de tu lado. Tus amigos, los míos, las cenas, los eventos sociales, tus detalles, tus tequieros a bocajarro, el verte salir de la ducha…¡Ay, quién fuera ducha! Ducha, albornoz, sábanas, zapatos de tacón, el catálogo de Vogue entero. Entro en el salón y veo la cena lista a la luz de un par de velas; voy al dormitorio y te descubro maquillándote. Has querido darme una sorpresa porque dices que jamás antes habías sido tan feliz. Oigo en la calle a los poetas romper sus cuadernos: no pueden vencer a los poemas que recita tu pintalabios.

El tic-tac asciende a los cielos para cantar con los ángeles.

Diez de la noche

Éramos únicos, éramos invencibles, Romeo y Julieta de la nueva Era … y el tiempo nos apuñaló por la espalda. No sé en qué momento perdimos la esencia de magia ancestral, pero la perdimos. El pintalabios enmudeció, tu cuerpo se apagó, tu sonrisa dejó de brillar y mi cerebro cesó de componer. Quedamos tú y yo, normales, humanos, monótonos; carne, sangre, piel y huesos que seguían bajo un estrecho vínculo. Mas los días confabularon para copiarse unos a otros y se hicieron iguales: trabajo, televisión y cena congelada. Se terminaron las salidas, los DVDs consiguieron aprisionarnos y tirar la llave de nuestra celda al primer agujero negro que encontraron. Pero yo te quería y tú a mí, y la vida continuaba.

El tic-tac añora el compás de antaño y se esfuerza por recordarlo.

Once de la noche

Plomo. Hay plomo en mis pulmones, en mis venas y en la pintura de los tabiques. No es plomo, es silencio, ése en el que nos refugiamos cuando discutimos por cualquier imbecilidad. Ya no hay palabras de amor sino reproches. De pronto no somos ni humanos porque nos hemos transformado en dos sacos de defectos que nos lanzamos a la cara. Nos apedreamos verbalmente. Me levanto por las mañanas, me afeito y deseo ser el chorro que se escapa por el desagüe: mi vida es una pesadilla, nuestra vida es una aberración. ¿En qué nos hemos equivocado?

El tic-tac vuelve poco a poco a su viejo ritmo.

Doce de la noche

Hemos roto. Por una maldita discusión, tan estúpida como las anteriores, recogiste tus cosas y te fuiste de mi apartamento. No podías más, me lo gritabas a lágrima viva, cerraste la puerta cargando con tus maletas. Yo no te oí, no pude porque la sangre invisible que supuraban mis oídos me lo impedía. Mi corazón se desangraba en su letargo y tu portazo terminó por resquebrajarlo. Te fuiste, para siempre. Quise llorar, pero no tenía fuerzas.

Hace mucho de esa última noche. Ahora estoy aquí, apostado en la barra de un pub de mala muerte, rodeado de mis amigos, antes tan cercanos, ahora tan ajenos a mí. Quieren ayudarme a superarlo, lo intentan,  pero no pueden. Nadie puede.

Una veinteañera muy guapa está sentada al otro extremo. No cesa de mirarme. Con total descaro le devuelvo la mirada y nos quedamos durante más de un minuto conectados por los ojos, sin pestañear. Observo mi copa, la apuro de un trago y voy hacia ella.

Y el tic-tac, antes acompasado, vuelve a cambiar de ritmo.

3 septiembre 2008

El cíclope y las estrellas

Filed under: Textos — quieroserpoeta @ 12:06 am
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Una noche serena de verano, la cúpula celeste bajo los campos baldíos, una colina, piedras, viento. Y en medio de la escena está él, el cíclope, cabizbajo, condenado al ostracismo de un silencio cruel que le separa de una Luna siempre hermosa a pesar de su cuarto menguante.

Sentado a la intemperie, como tantos sábados viene haciendo, maldice su suerte por ser incapaz de establecer una conversación con la emperatriz del infinito firmamento. Ella ya no le presta la atención de antes, ella parece más indiferente, menos radiante, más fría y gélida que un glaciar o un iceberg. Aunque sigue acompañándole a él en el desvelo de sus madrugadas de fin de semana.

El cíclope ama a la Luna, la anhela desde hace meses atrás, profesándole un sentimiento tan poético como imposible. ¿Qué esperanza tiene un ser tan imperfecto como él de contar con los favores de la musa eterna de miles de escritores y jóvenes enamorados?

El tiempo transcurre impasible. Ella contempla al cíclope, sentado sobre su roca allá en lo alto de la colina, humilde y desdichado como se ve. Ella sabe de su reserva pero no le ayuda en modo alguno. Su orgullo y coquetería es la frontera que le separa de él, si bien procura no faltar a la cita que semana tras semana se viene repitiendo. Lo cierto es que gobernando su bóveda se siente desamparada. Sabe que muchos la persiguen pero al final todos la abandonan. Ninguno es fiel, ninguno se interesa realmente por ella. Incluso los astros notan la falta de cariño.

Él piensa para sí: “No puedo, no sé cómo dirigirme a ella, no sé hacerlo”. Acto seguido alza la vista, le dedica una breve mirada con su único ojo y no abre la boca: “Lo siento, lo siento de veras”. Ella, entre sombras, sigue luminosa. Ha podido leer el pensamiento de él y se entristece, disimulando su pesar.

Resignado el cíclope otea el horizonte, en la tierra, en las flores resecas que quedan a su izquierda. Su mente salta de objeto a objeto hasta centrar su atención en una minúscula estrella: “Es bonita. Sin embargo no destaca entre las demás”. Y con su vista busca otra, y luego otra, y otra más. Hay millones de ellas, infinitas estrellas que brillan pasando desapercibidas.

Estrellas que jamás recibirán homenaje alguno de un poeta soñador, estrellas que no saben lo que es tener quien las vele, estrellas sin amor ni versos que las recuerden. Tintinean, resplandecen, brillan y bailan del ocaso al amanecer y nadie nota su presencia individual. Lucen como grupo anónimo, sin más.

La sola idea de la sempiterna soledad a la cual están abocadas estas pobres luciérnagas celestes hace que el cíclope sienta pena por ellas. Él se incorpora, se levanta de su asiento improvisado y comienza a descender de la colina a los cultivos ya cosechados. Emprende un leve paseo durante el cual comienza a señalarlas una a una con el índice de su enorme mano derecha: “Tú eres linda por la delicadeza de tus destellos y tú siendo lucero das vida a la noche. Tú pareces delicada cual rosa de primavera y tú, en tu pequeñez, te muestras cándida y pura”.

Dedica palabras a cientos de estrellas y ellas empiezan a refulgir con una fuerza hasta entonces desconocida. Están felices ante el desfile de elogios y piropos que el tosco cíclope les dedica. Saben que mañana volverán a su melancolía pero ahora, esa noche, son reinas cada una de su propio fragmento del universo. La luz que desprenden lleva en sí un eterno agradecimiento a su inesperado benefactor.

Tras una hora o dos él se detiene sonriente ante el espectáculo que ha orquestado. Ha olvidado la congoja que le oprimía el pecho. “Va siendo hora de volver a la cueva”. Sabe que falta poco para el amanecer y que las estrellas deben retirarse ya. Mira por última vez a su Luna. Ella, rodeada de blancura plateada, siempre flotante en la distancia, le regala un manto de rayos que le cubrirá en el camino de regreso al hogar.

Ya por la mañana el cíclope entró en su casa silbando, se echó como de costumbre sobre la paja y pensó: “Ha sido una gran madrugada”. Y se durmió.

24 agosto 2008

Retorno

Filed under: Textos — quieroserpoeta @ 10:56 am
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El autobús acelera, yo acelero, la carretera nos huye, los coches desaparecen. Percibo la charla afable del chofer, la gorra blanca del joven, la señora de enfrente y los rizos teñidos de la chica rubia.

Salta mi mente, saltan los pasajeros sentados, saltan los conductores al asfalto y las naves industriales de las afueras: caos de alquitrán, somnolencia, líneas blancas, jornadas grises, gasolina y humo, incomodidad e impaciencia, ladrillos amarillos y miradas perdidas. Hay fuego en la calle, hielo en los asientos y escarcha dentro de mí.

Vibran las ventanas, las cortinas, las ideas ociosas de los viajeros: he de almorzar aun, esta noche salgo, mañana saldré, el otro no sé. El movimiento lo engulle todo: los árboles, la tierra baldía, las piedras, el asfalto, el vehiculo, los que vamos en él. El movimiento no respira, no descansa, no cesa.

Y mi pulgar sobre el móvil se cree literato, ajeno a la verborrea de su amo, indiferente durante el trayecto. Y me vence el sueño, se paran mis neuronas, cierros los ojos, termina el juego.

Azul el cielo, verdes los campos, estéril las sílabas, invisible mi voz. De la ciudad vuelvo a casa. Por fin.

4 agosto 2008

Carta a un viejo amor

Filed under: Textos — quieroserpoeta @ 11:59 pm
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Imagino lo que pensarás al recibir esta carta y leer el remitente: ¿y esto, qué es? Hace ya dos años que no hablamos cara a cara. Desde que dejamos de vernos hemos mantenido contactos esporádicos a distancia, quizás algún toque al móvil, uno o dos SMS y las coincidencias que hemos tenido por el Messenger. Tantos días separados y me parece que fue ayer. Ahora que estoy sin pareja me asaltan con más fuerza que nunca los recuerdos y quiero, con tu permiso, que mis palabras sirvan para que los rescatemos juntos.

Nos conocimos en un Chat y un ramo de rosas a la entrada de un cine sirvió para que a las horas nos besáramos. Salimos diez meses, poco tiempo pero el suficiente para sentir que contigo no existía mal en el mundo. Siendo bastante mayor mi inocencia y falta de madurez bailaban con tu inexperiencia al unísono: café, paseos, atardeceres en un banco a la orilla del Guadalquivir e intimidad en cualquier rincón, lejos del resto de la humanidad. Éramos tan diferentes que por mucho que nos quisiéramos siempre llegaba algo que quebraba la armonía. No en vano rompiste conmigo siete veces para reconciliarnos a los días otras tantas. No aceptaba la evidencia: estábamos condenados a estar como el perro y el gato. Era un ni contigo ni sin ti sin futuro, una cruel batalla en la que nos hicimos muchísimo daño. En las discusiones jugaba bien mis cartas pero empecinado en mi imbécil deseo de tener razón no me daba cuenta que tras cada victoria destruía más y más lo que nos vinculaba: un amor que en su imperfección nada ni nadie era capaz de limar. Nadie, salvo tú y yo.

Luego vino un año vacío y triste, de ‘amigos con derecho’, así nos definíamos. Surgió porque intentaba olvidarte pero no podía. Tú también te esforzabas por pasar página pero pasaban los días y terminabas por llamarme. Quedábamos pero ya el cielo no tenía ese halo de magia que nos acompañaba antes. Prueba de ello era que por mi lado buscaba en secreto nueva pareja. Quería dármelas de tipo duro, encontrar a alguien para sustituirte y vengarme de tantas rupturas. Me mentía a mí mismo: si conocía a otra no llegaba a más porque no podía arriesgarme a dejar de verte. A pesar del dolor pasado te seguía queriendo.

Una tarde de invierno cercana a la Navidad me dejaste plantado. Hablamos horas después y te conté lo que pensaba: había perdido contigo casi un año de mi vida. Por entonces ya no éramos pareja formal pero enfurecido me atreví a pronunciar esas dos palabras que  nunca tuve valor de decir: te dejo. Bien sabes que tras esa discusión nada fue lo mismo. Hicimos las paces para seguir como amantes y al tiempo quise que fuéramos algo más, como antaño. El intento se diluyó y con él mis esperanzas. Estaba metido en un círculo vicioso del cual no tenía fuerzas de salir, o eso creía.

Por motivos de salud permanecí encerrado en casa dos meses. Medité y decidí esforzarme en alejarme definitivamente de tu persona. Me ayudó el conocer a otra chica por Internet. Quedé con ella. Del puñado de besos que nos regalamos en la primera cita no pasó a mayores. Sus derrotas sentimentales y las mías no se pusieron de acuerdo. El miedo a sufrir y la tozudez terminó por distanciarnos. La experiencia me hizo ver luz al final del túnel.

Poco antes de sanar completamente apareció en mi vida la que hoy día es mi ex novia. Nos citamos. Era magnífica, la quintaesencia del romanticismo, tan dulce y delicada que dejar pasar la oportunidad de una nueva relación con ella como compañera era prácticamente imposible. Unas horas cara a cara bastaron para darme cuenta de que posiblemente esa mujer era la respuesta a mis preguntas. Posiblemente. Para salir de dudas tres días después quedé contigo en nuestra cafetería de siempre, siendo la última vez que coincidiríamos en persona.

Mientras tomábamos café no recuerdo de qué hablamos pero sí que durante un instante mi corazón dio un vuelco tan grande que no pude contener mi mano. Busqué la tuya casi sin pensar, como quien busca ser redimido de algún pecado inconfesable. Mi decisión de irme de tu lado era firme. Sabía que era nuestro último día y tenía el alma encogida porque una vez más te seguía queriendo. No sé si debí luego pasear a tu lado y besarte en aquel banco que nos vio tarde sí tarde no durante año y medio. Te dejé atrás en mi camino y no giré la cabeza.

Ahora sé con plena certeza que tomé la decisión correcta, la mejor. No quiero relatar los detalles de mi relación posterior, no a ti. Ya te conté que terminó a principios de este año. Sería injusto y te haría sentir mal. Mi inestabilidad emocional no deja de jugarme malas pasadas, de ahí que lleve tanto solo.

Hace días me llamaste al móvil. No manteníamos contacto alguno desde hacía dos o tres meses. Tienes ya novio desde finales del año anterior, lo sé y de ahí que no intente inmiscuirme en tu día a día ni influenciar en él. Me sorprendió que de repente te interesases por mi vida. Esa llamada es la prueba de que a pesar de tantos devaneos sigue quedando algo que nos une: un pasado en común, quizás tosco y amargo pero plagado de hermosos detalles.

Con el tiempo descubres detalles que antes pasaban desapercibidos. Tanto rememorar ha hecho aflorar en mí viejos sentimientos que ya creía que no estaban en mí. Debo sincerarme: el motivo principal de esta carta es para decirte, quizás demasiado tarde, que guardo en mí los besos que me dabas, que a pesar de todo en lo más profundo de mi ser vive parte del amor que despertabas en mí, que huí de ti porque me veía condenado a un futuro de sinsabores y lágrimas, un futuro que duraría años y años; que …

… que en definitiva me veía dentro de una cárcel en medio de un islote, que tú eras la dueña de la llave y que si un día la tirabas al océano, lejos de maldecir mi suerte pasaría allí el resto de mis días siendo el hombre más dichoso de la tierra.

Te quería, te sigo queriendo y sé que pase lo que pase (ya sean los años, nuevos amores, mil desgracias y cualquier otra cosa que me traiga el mañana) te querré. Así, tal como lo hago ahora, en silencio, en la distancia, en el olvido.

Estas letras y mi soledad llevan firmado tu nombre. Sólo una cosa te pido: cuídate y sé feliz. Hazlo por mí.

10 julio 2008

Luz de Domingo

Filed under: Textos — quieroserpoeta @ 6:21 pm
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Dejando su cueva el cíclope se dispuso a tomar la senda que conduce a la colina más alta de la región. Llevaba haciendo esto todas las madrugadas de Sábado a Domingo, meses atrás. Allí, sentado, esperaba contemplar cómo la Luna bañaba los campos de sombras y plata. La imagen le llenaba de gozo y dicha, hasta tal punto que le parecía que la mismísima Luna deseaba hablarle. Él quería responderle pero no se sentía capaz. A fin de cuentas, ¿cómo un simple cíclope puede mantener una conversación con la reina de los astros?

De camino pensó en las veces que se venía repitiendo la escena: la Luna le miraba, el cíclope también a ella pero no fluía palabra alguna. La inmensa distancia que los separaba desaparecía ante las ansias de querer saber el uno del otro pero  un muro insalvable de silencio impedía contacto alguno, un muro construido por la impotencia y el temor que existía en el corazón del cíclope: si ella le rechazaba él se convertiría en el ser más desgraciado de la creación. Al cíclope esta paradoja se le hacía tan ridícula como triste.

A lo lejos vio un agricultor de una aldea próxima con un palo alargado sobre su hombre derecho. En su extremo colgaba un candil que le servía para iluminarse en la oscuridad. El cíclope supuso que el hombre regresaba a su casa tras terminar bien tarde sus labores en el campo.

–    Saludos, cíclope. ¿Qué haces por aquí tan tarde? ¿No sabes que estos páramos son peligrosos de madrugada?
–    Voy a la colina que domina la comarca. Poco he de temer a malhechores y ladrones, bien sabes porqué. Además en mis bolsillos sólo llevo mi pobreza. ¿Quién querría robarme o hacerme daño?
–    En la aldea sabemos de tu costumbre de ver salir a la Luna. No son horas de andar a la intemperie. Ándate con cuidado.

El labriego se despidió y prosiguió su marcha, dejando al cíclope en compañía de las estrellas, la hierba, la suave brisa veraniega y sus pensamientos.

Al llegar a lo más alto de la colina se dispuso a sentarse en la gran piedra que en tantas ocasiones le había servido de asiento. Tras hacerlo comenzó la espera. Pasaron minutos y horas y la Luna no se veía en el horizonte. El cíclope, para matar el aburrimiento, buscó constelaciones en la cúpula celeste. Admiró los luceros, tan brillantes y hermosos como siempre, rodeados de  mil colores. Intentó compararlos con la Luna pero comprendió que era imposible: la Luna es bella entre bellezas.

El tiempo pasaba y el cíclope se desesperaba a cada instante: esa noche no vendría, no habría Luna que admirar, no podría por fin vencer su miedo y hablarle. Se levantó y comenzó a dar vueltas, cada vez más nervioso e impaciente. ¿Por qué no llegaba? ¿dónde estaría? ¿qué o quién la habría entretenido?

Horas más tarde ya había perdido la esperanza. Sentado como estaba se incorporó con la intención de volver a su retiro y fue entonces cuando la vio en la lejanía: grande, blanquecina, radiante. La Luna había aparecido, ella estaba allí. Lejos de alegrarse el cíclope se sintió molesto, hasta ofendido por la gran demora. Volvió a sentarse pero con la intención de no mirarla en ningún momento. Pretendía atosigarla con su indiferencia, fruto de un injusto deseo de venganza.

La Luna seguía su arco en el cielo y no dejaba de clavar su mirada en el cíclope. Destelló con mas fuerza que nunca para llamar su atención pero él no respondía: seguía con la cabeza gacha, mirando de soslayo el trigo ondulante. Por sus reflejos denotó las intenciones de la Luna. No se inmutó pues su resolución había sido firme: no iba ni a mirarla ni a hablarle.

Cansado de este juego inútil y cruel el cíclope se levantó al rato y abandonó la cima de la colina. Sintió sobre su espalda los rayos inquisitivos de su compañera nocturna. El aire soplaba y llevaba consigo la tristeza que la Luna sentía. Él reanudó la marcha, llegando a su hogar al amanecer. Se detuvo en la entrada de la cueva, alzó la vista al horizonte y no vio a la Luna por ningún sitio. Acto seguido entró, se echó en la paja de su lecho y pensó: “He sido demasiado orgulloso con ella”. En su interior empezaba a asomar la sombra del arrepentimiento.

Al Sábado siguiente él regresó una vez más a su colina y a su roca. Durante el camino de ida se había repetido una y otra vez que esa era la noche en la cual por fin iban a conocerse e intimar.

Pero eso no pasó porque la Luna no apareció. Esperó hasta la saciedad y lo único que obtuvo fue los primeros rayos de una mañana más. El cíclope emprendió el regreso a la cueva con la luz de Domingo sobre sí. Pensaba acongojado:

¿Y si ella ya no vuelve a interesarse en mí?

19 junio 2008

Me hablas

Filed under: Textos — quieroserpoeta @ 4:43 pm
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Imagino nuevos mundos

Tú me hablas, me hablas de responsabilidad, de convencionalismos, de hipotecas, de lo que debe y no debe ser; me hablas de facturas, de suegros, de tardes de paseo y de películas en DVD; me hablas de amigos en común, de planes de futuro, de hijos, de sentar la cabeza, de estabilidad, de destinos prediseñados.

Yo también te hablo, pero te hablo de versos imposibles, de atardeceres de mil colores, de besos que fluyen libres, de sentimientos que no saben lo que son los asteriscos; te hablo de quereres sin principio ni fin, de casas sin tejado, de días estrellados y de noches de sol; te hablo de campos mojados por la lluvia, de sonrisas que juegan como niños, de palabras que sin ser inventadas ni pronunciadas viven por sí mismas.

Y de nuevo me hablas de trabajo, de señores con traje y corbata que ofrecen un puñado de ladrillos, de jornadas laborales sin descanso; me hablas de lo magnífico de los aparatos eléctricos, de lo bonito de un gran coche, de lo genial de un vestido o del rímel con el que te maquillas; me hablas de marcas, de caché, de status y de cosas que no entiendo.

Yo… yo te hablo de nuevos mundos, de seres extraordinarios, de lagos cristalinos y de sueños tan reales que se pueden tocar con la mano; te hablo de guerras milenarias, de héroes formidables y de historias que desaparecerían con tal solo ser contadas; te hablo de grandes amores, de destinos no escritos, de vidas que no saben de lazos ni ataduras.

Me hablas, de nuevo me hablas. Me hablas de gente, de ideas prefijadas, de algo llamado “qué dirán”, de voces que ni tú ni yo conocemos, de opiniones hirientes y cargadas de quina; me hablas de poder, de superioridad, de pretender ser más y mejor que el resto de la humanidad; me hablas de lo que compran los vecinos, de adónde van, de cómo visten, de qué hacen, de cómo emplean el tiempo.

Yo termino por perderme en tu discurso porque te hablo de sencillez, te hablo de humildad, de confianza en las personas, de bondad, de autorrealización, de respeto a los demás; te hablo de simplicidad, de corazones abiertos, de gestos sonrientes, de manos que buscan ser estrechadas, de prestar ayuda a aquellos que puedan necesitarla; te hablo de luchar por lo justo, de tener fe en lo que nos rodea, de mantener siempre y pase lo que pase una mirada de esperanza ante la adversidad.

Me sigues hablando pero ya no te oigo. No te escucho, no sólo porque no comprenda ni la centésima parte de lo que me dices sino porque no puedo concentrarme en tus palabras: tus labios me lo impiden. Mueves los labios, yo los miro y mientras los veo moverse se me hace que esos señores de traje y cortaba son en sí mismos seres milenarios, que la ropa de marca es en realidad un puñado de armaduras de algún ejército de novela, que hasta esos coches de los que ya me has hablado son unicornios con poderes mágicos y que incluso los DVDs con los que pretendes que pasemos el fin de semana son poemas que me dedicas, poemas en forma de imágenes.

Tú me hablas de cómo debe ser el amor, o lo que es peor, de cómo te han contado que debe ser. Yo te hablo de cómo lo veo yo, de cómo lo siento yo. Son dos idiomas distintos, jamás nos entenderemos, pero si permaneces aquí, a mi lado, nuestras contradicciones cobran sentido, porque sin ti no existirían ni mis mundos imaginarios ni estas palabras de loco que ahora escribo.

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