La canción del navegante

22 diciembre 2008

Princesa de un reino arcano

Filed under: Reflexiones — quieroserpoeta @ 12:18 pm
Tags: , ,

Menú inesperado

Con la premura del que llega tarde a una cita entro por la puerta del restaurante. Si no me he equivocado es allí donde me han dicho que es el almuerzo de navidad de mi anterior empresa. Nada más entro en el local, vítores y algún que otro aplauso: se ve que me echan de menos, tal vez no tanto como yo a ellos. Visiblemente azorado saludo a los miembros de la sala uno tras otro, esbozando una gran sonrisa fruto del reencuentro con viejas amistades. Tomo asiento, converso con mis compañeros de mesa y del pasillo aparece ella.

Sé que en este tipo de eventos las mujeres se arreglan con especial dedicación;  no obstante lo que mis ojos ven desafía a mi imaginación y a la de cualquiera de los asistentes: una emperatriz engalanada de obsidiana y plata, bendecida por el látigo de fuego que conforman sus cabellos. El sonido de sus botas de tacón hace estremecer los cimientos del edificio, las columnas que sostienen la cúpula celeste y el mismísimo centro del planeta. Cada una de sus uñas alargadas es un pincel que dibuja con exquisita sutileza frescos y murales sobre el aire desnudo, colmándolo de arte renacentista con un leve aroma a perfume de mujer. Torbellinos imperceptibles provocan sus arqueadas pestañas en un abrir y cerrar del azabache de sus ojos cristalinos. Su piel, antaño estirada por el vaivén de los días vividos, luce hoy fresca, delicada, majestuosa en sus reflejos, surcos y mates. A sus treinta y tantos resiste el asedio del paso de los años con un atractivo capaz de seducir al corazón varonil más pétreo; el mío no es una excepción y por ello cae sin remedio ante tan arrollador asalto de feminidad.

Ella me ve, me sonríe y mientras se acerca a mí yo me levanto del asiento. Intercambiamos dos besos y tres o cuatro frases, una actitud típica de dos personas que si bien quieren mantener una conversación afable no saben muy bien qué decirse. Es triste que tras cinco años siendo compañeros de trabajo no sepa casi nada de ella; trabajábamos en departamentos distintos y el contacto se reducía de forma exclusiva a los almuerzos de navidad. Se despide y se encamina hacia otra mesa, llevándose consigo una parte de mí en esos besos que rozaron casi por casualidad sus mejillas.

Llegan los entrantes, los primeros, los segundos platos y el postre. Con las barrigas repletas de comida y los espíritus animosos por la cerveza y el vino pasamos a un salón contiguo donde las chicas han preparado una suerte de ‘entrega de premios’, un espectáculo simpático e inocente en el cual aprovechan para dejar en evidencia a más de uno. El no ser nombrado en ningún momento acrecienta en mí el peso de los recuerdos y siento cómo por momentos tengo ganas de huir de allí: ya no formo parte de la organización, me dejaron aparte como a un trasto viejo y herrumbroso carente de interés. El día fatídico me reuní con mis jefes más directos; esperaba que intercedieran para frenar mi marcha, injusta según el criterio unánime de aquellos que habían trabajado conmigo, y en vez de eso no recibí más que un apretón de manos. Una mañana de verano estaba trabajando y al día siguiente ya estaba en paro, con una llamada de teléfono a bocajarro de por medio. Fue duro, muy duro. Así es la vida.

Termina el ‘show’ y tras hacer las respectivas cuentas de rigor salimos todos del restaurante, encaminándonos a la discoteca más cercana. Contra todo pronóstico el local está a rebosar y apenas sí puede uno llegar a la barra. El ver pasar cerca de mí a una gitana que vende rosas hace evocar en mi interior ecos antiguos: fue allí donde hará tres años y tras otro almuerzo navideño regado con muchas copas le regalé a ella, al lucero que irriga de resplandor las paredes de lugar, una rosa roja, comprada a un vendedor chino que rondaba la pista de baile. Ese gesto tan simple como inesperado hizo saltar por los aires sus defensas de mujer, aceptando el regalo con rubor y gran sorpresa; el hecho de ver a una treintañera avergonzada como una colegiala por el detalle que ha tenido con su persona un chaval de veintitrés o veinticuatro años es algo que no tiene precio. En los días posteriores al suceso no supe estar a la altura de las circunstancias: yo pretendía ser galante, sin más, y ella interpretó el regalo como una declaración de intenciones. Lejos de aprovechar el incidente para conocerla más a fondo opté por rehuirla y mantener las distancias, mostrando la cobardía característica del niñato que por entonces era (y que por desgracia sigo siendo).

Actué de ese modo porque fui incapaz de comprender lo que ahora percibo con claridad: a pesar de haber tenido amores por doquier no sabía lo que era recibir una rosa roja de manos de alguien casi desconocido. Según se rumoreó después, ella llegó a mantener relaciones con al menos dos compañeros de trabajo, ambas con resultado funesto. Intuyo que tuvo más y que a la vista de quiénes fueron sus parejas ellos la utilizaron como mero divertimento; lo sé por comentarios y actitudes de los individuos en cuestión de cara a las mujeres. Da asco ver lo desalmados y rastreros que pueden llegar a ser los treintañeros, escudándose en sus fracasos sentimentales y alegando una misoginia tan sesgada como irresponsable.

La tarde se transformó en noche y la algarabía continuaba. Poco a poco se hizo un claro en la pista y pudimos reunirnos todos, bailando unos e intentándolo otros. Ella se acercó por mi derecha y su belleza noqueó el poco raciocinio que me quedaba tras mezclar varios licores. Quise conversar y a duras penas conseguí intercambiar frases ocasionales; no estaba centrado, mi cabeza estaba en otro sitio, un asunto que bien merece tratamiento aparte. Cuando tu entorno se vuelve luces y flashes tu corazón se impregna del ambiente y comienza a funcionar igual, de ahí que dejase escapar una oportunidad excelente para intimar con ella. El resplandor de los focos arrojaba sobre su semblante un halo de divinidad mientras su cuerpo se contoneaba al son de los altavoces; la expresión de su ser dejaba entrever el desconcierto propio de las personas hacinadas en un espacio reducido, acompañando cada uno de mis comentarios con una leve sonrisa de condescendencia.

Sobre las nueve y media de la noche la mayoría de los asistentes al almuerzo se habían ido ya de la discoteca. Por lo que pude apreciar ella se había citado en ese lugar con otra amiga suya, visiblemente mayor y mucho menos atractiva, que no dejaba de mirarme con ojos golosos. Ese hecho provocó que aumentase mi distancia con respecto a ella, temiendo verme envuelto en una situación un tanto embarazosa; opté por conversar con el que fuera mi interlocutor durante el almuerzo. Minutos después decidí que era hora de marcharme, ofreciéndose él a acompañarme no sin antes observar que de la fiesta bien poco quedaba por celebrar. Recogí mi chaqueta y cuando regresé para despedirme de los demás ella me salió al paso, preguntándome si me iba ya, lamentando que así fuera y ofreciéndose a avisarme en un futuro de las próximas celebraciones que se organizaran. De nuevo disfracé de educación los besos de despedida que intercambiamos ambos, alegrándome de su actitud para conmigo, tan contenida como cálida. Me marché de la discoteca con un dulce sabor de boca, aquel que otorga ese caramelo denominado esperanza.

Estos días he meditado sobre el encuentro y sobre esa mujer, omnipresente en los pequeños resquicios de mi cerebro. Siento en mi interior la urgente necesidad de escribirle algo, ya sea un texto lírico o un poema; algo que le dé motivo a soñar despierta un poco más, a creer que tarde o temprano encontrará al hombre adecuado con el cual podrá envejecer sin miedo, a mantener una promesa de ilusión ante un mañana que hasta la fecha sólo le ha regalado desamor y apatía. Me encantaría conocerla más a fondo, navegar entre sus sentimientos más íntimos y suturar aquellos que hayan sido objeto de manipulación malintencionada; quisiera cerrar sus cicatrices a golpe de verso y teclas, restaurándola como princesa de su reino, un reino arcano arrasado por decenas de egos masculinos deformados.

Es muy triste comprobar cómo hábitos tan sencillos, inocentes y honestos como la poesía con destinataria han caído en desuso junto con los valores de antaño, ambos reemplazados por la filosofía de la carne por la carne. Cuantos más calendarios agoto menos entiendo a la sociedad en la que vivo.

Anuncios

18 noviembre 2008

Soy fea

Filed under: Reflexiones — quieroserpoeta @ 6:09 am
Tags:

Una gran injusticia

Alza un poco la mano derecha y se alisa el flequillo, intentando prestar atención a la conversación que su amiga de toda la vida le está brindando: ropas, amistades, chicos, a saber. Asiente mientras sostiene su cubata en un vaso ancho, esbozando un sonrisa a ratos sinceras a ratos forzada. Es otra madrugada de Sábado en aquel pub, otra noche de fin de semana en la que vuelve a jugar a ser la chica interesante y pícara que desearía tener en sus brazos cualquier hombre del local, otra obra de teatro con burdas máscaras en la que hace de actriz principal y sus pocas amigas solteras hacen de artistas invitadas. Soberana en su firmeza y su pose lanza miradas de fingida indiferencia a la multitud sin saber bien qué está buscando o a quién está esperando. La música del momento hace de maremoto que arrasa con las palabras a su paso, emponzoñando un aire ya de por sí saturado de tabaco y soledad, su soledad.

La imagino comprando el conjunto que lleva días o semanas antes, entrando en una u otra tienda y desviviéndose por encontrar alguna prenda que favoreciese la poca belleza que la madre naturaleza, con su tiranía y crueldad características, le otorgó al nacer. La veo horas antes de salir en su casa, sacando del armario sus prendas, tendiéndolas sobre su cama y pensando en si por fin esa será la gran noche en la que conocerá al príncipe azul de su cuento de hadas particular. Tiene veintidós o veintitrés años y no sabe lo que es amar y ser amada, desconoce el calor de una mano o el dulce sabor de un beso en los labios, no atisba a comprender qué se siente al compartir su cuerpo desnudo con otro bajo unas sábanas. Su vida hasta la fecha ha estado llena de tardes de Otoño grises, versos sin su nombre y San Valentines baldíos de rosas y cartas de amor. Ahora, en el pub, percibo cómo el maquillaje que parapeta su corazón tiembla al retener la desilusión que lo consume, aquella que apura los minutos de reloj manteniendo la esperanza.

Una amiga saluda a ambas a lo lejos y levanta una cámara de fotos. Ella saluda con la mano, abraza a su amiga por los hombros y posa intentando esbozar la mejor de sus sonrisas, víctima de una escena no exenta de triste patetismo: hace lo posible y lo imposible para que algún hombre se fije en ella pero intuye que sus esfuerzos son en vano pues en el pub hay otras chicas mucho más guapas. Aquí y allá pasean jóvenes casi sacadas de la pasarela Cibeles, divinas en sus vestidos Vogue y sus tacones de mujer fatal, sobradas de soberbia y egoísmo a la vez que carentes de humanidad y respeto. Maestras en el arte del desprecio esperan para sí mucho más que un mero príncipe azul con jornada laboral de diez horas y sueldo mileurista: esperan un auténtico príncipe con corcel blanco y palacio de ensueño, lo menos que se merecen unas princesas como ellas. Ellos, sentados a la barra o en pie, intentan cortejar a las Barbies de saldo simulando el movimiento de los pavos reales cuando despliegan sus plumas, empecinados en su ceguera y su idiotez, obviando injustamente la presencia de una pobre chica que no busca más que cuatro palabras educadas que le permitan soñar despierta.

Pasa el tiempo y el local se va vaciando, dejando tras de sí un suelo de cristales rotos, punzantes como la pena que la aflige. Es hora de volver al hogar, de reencontrarse con su cama vacía y sus pañuelos de papel cargados de lágrimas. La chica y su amiga se levantan y comienzan a caminar con paso apresurado, cruzando el pasillo hacia la puerta como quien huye de un túnel oscuro lleno de terror y fantasmas. Yo la miro mientras se marcha, maldiciendo lleno de rabia al inventor de este mercado donde las brujas siempre ganan y las hadas están condenadas a perder eternamente.

1 noviembre 2008

La ciudad dormida

Filed under: Reflexiones — quieroserpoeta @ 4:47 am
Tags: ,

La avenida está tranquila, casi desértica. Los seis carriles yacen solitarios, arropados por los pasos de cebra. La parada de autobús enmudece y las farolas arrojan su naranja contra los bloques de viviendas. La ciudad duerme, agotada por el trabajo, el tráfico y la polución que la consume. De día el ruido te enloquece, de noche el silencio te taladra los oídos.

La brisa entra por el balcón para evadirse por la ventana de la cocina, sin pronunciar saludo alguno, ni un silbido siquiera. Las cortinas de la pared se mueven y tapan un poco la luz que entra de fuera, quizás increpándola por llevar tantas horas tendida sobre las baldosas del salón. Pasó el verano, llegó el otoño, estoy aquí: solo; sentado, pensativo y solo. Es de madrugada y no puedo dormir porque el calor no me deja. Este maldito piso de estudiantes no tiene aire acondicionado y tras estar cerrado todo el fin de semana el bochorno es asfixiante.

Me levanto de mi asiento, cansado de mirar a la nada, y salgo al balcón. Veo pasar por la avenida un coche de policía a toda velocidad. El barrio que queda enfrente de mi piso tiene fama de conflictivo, supongo que se dirigirán hacia él. Los agentes han puesto la sirena y lejos de ser desagradable, se agradece: este silencio puede enloquecer al más cuerdo.

Miro los bloques colindantes, todos con unas ventanas tan diminutas que desde aquí parecen ventanucos. ¿Cómo pueden soportar vivir así, en cincuenta metros cuadrados mal contados, pagando facturas con el poco dinero que consiguen trabajando como bestias? ¿cómo no se ahogan ante la indiferencia que les rodea? ¿cómo…cómo aguantan ser un puñado de caras anónimas que bien podrían morir mañana y nadie lloraría más de tres lágrimas por ellas?

Entro en el salón y enciendo el televisor. Se ve uno de esos concursos típicos de las cadenas locales. Quito la voz e imagino lo que dice el presentador: “Vaya al trabajo, cumpla su horario sin rechistar, vuelva a casa, coma la primera bazofia que consiga preparar y sintonice nuestro excelente canal de televisión. Y cuando vaya a acostarse, no olvide recoger el hilo de baba que ha soltado mientras disfrutaba de nuestra repugnante programación. Si mañana decide dar un paseo, recuerde no saludar a nadie ni pronunciar palabra. Sea falso, mienta, utilice a los demás, aprovéchese de sus debilidades: usted es mejor que todos ellos. Será feliz, sí, mucho, porque nosotros le ofrecemos la felicidad, cómodamente empaquetada en todos y cada uno de los productos que anunciamos. Cómprelos, vamos, no sea insensato: si no puede aparentar lo que no es, si no puede dar envidia a su vecino, ¿para qué vive? Créanos, usted vale lo que pueda comprar, no se engañe. Sea feliz o muérase”. Termino por apagar la tele, haciendo esfuerzos sobrehumanos para no vomitar de asco.

El aire me golpea en la cara. Lanzo una mirada al exterior: llevo un año viviendo en la capital y no termino de acostumbrarme a ella. Acero, cemento y ladrillos, ingredientes de una pesadilla sin fin. La ciudad, esa cárcel deshumanizada donde millones de almas se pudren sin remedio. Alabado sea el templo del consumismo y de la falsedad, por los siglos de los siglos, amén.

Recordé el parque de mi pueblo: cuando era muy pequeño estaba poblado de setos, muy altos, tanto que hasta podía esconderme en ellos. Había palmeras y árboles enormes y los caminos eran de piedra. Era un parque bastante viejo, lleno de misterio para un crío como yo. En él había un estanque con patos. Los domingos por la tarde iba con mis padres a echarles de comer, después de almorzar en algún bar o venta. Me hacía gracia ver cómo los patos se peleaban por coger los ‘gusanitos’ que yo tiraba al agua. Extendían el pico a toda velocidad, los engullían y se acercaban a mí esperando más comida. Me divertía verlos allí, en el agua, sin más preocupación que la de llenar el buche.

Luego crecí y cambié. El parque también cambió, pero para mal: con la excusa de estar envejecido el ayuntamiento lo arrasó y reformó por completo, arrancando de raíz todas las plantas que había. El resultado final de tamaño destrozo daba pena y rabia: quitaron el estanque, dejando en su lugar ‘una fuente de estilo práctico y funcional’. En otras palabras, una fuente horrible. ¿Por qué no dejaron el estanque que tanto gustaba a los niños? ¿qué fue de los patos? ¿por qué los echaron? ¿qué daño habían hecho?

Así el parque, así la infancia, así la madurez.

Salgo de nuevo al balcón y me apoyo en la barandilla. Cierro los ojos, concentrándome en la calma que me rodea. Oigo algo, un leve sonido, casi imperceptible: más que oírlo, lo siento en mi interior. Es un ruido caótico, enfermizo, como de cristales rotos. Sí, es eso: cristales rotos.

No, no son cristales. Intuyo qué es lo que escucho: son sueños, los sueños y aspiraciones de los ciudadanos. Con el calor han dejado abiertas las ventanas y mientras dormían los sueños han abandonado a sus dueños y han echado a volar, libres como son. Pero por desgracia no consiguen llegar muy lejos: se rompen, uno tras otro, estampados contra los muros de los edificios. La ciudad dormida devora sueños y cuando se queda sin ellos devora almas. La ciudad dormida es gris perpetuo.

Voy a acostarme, a ver si consigo dormir algo, a ver si despierto de esta pesadilla.

26 octubre 2008

Lluvia

Filed under: Reflexiones — quieroserpoeta @ 11:26 pm
Tags: , ,

Una gota, otra, cientos, miles de ellas. Está lloviendo, a ratos casi diluviando. Las nubes se han unido entre sí y al cerrarse han empezado a derramar agua a borbotones. Dicen que es algo típico de esta época del año. No es así, yo sé el verdadero motivo de por qué llueve: he oído a las farolas suspirar melancólicas por su recuerdo, he sentido cómo los rincones se deprimían en soledad. Hasta las piedras de las calles la echan de menos, incluso las aceras son más grises que nunca porque añoran el tacto de sus pies, el calor de su presencia. No llueve en el pueblo por ninguna borrasca o algo parecido, llueve porque todo lo que hay en él necesita de la luz que sólo Ella irradia: el pueblo llora en secreto la pena que le produce su ausencia.

Quizás no sea así, quizás eso es lo que siento cuando veo la lluvia caer a través del cristal de mi ventana. Hace semanas que no la veo. Su presencia es un triste consuelo para quien desea poder escribirle los mejores poemas del mundo pero cada kilómetro que me separa de Ella se me hace un abismo. Ella, la mujer más hermosa jamás nacida, la obra de un dios caprichoso que en el octavo día de la creación jugó a moldear la mejor de sus obras. El resultado sobrepasó todas sus expectativas: Ella es única entre las demás.

Centelleos, relámpagos y luego truenos. A las lágrimas que caen del cielo se le une el gemido de los muros. Me sorprende cómo de pronto todo lo que forma el pueblo se ha reunido para solicitar a los ángeles su pronta vuelta. Veo los naranjos, miro el azahar: está mustio. Ni su aroma ni la delicada blancura con la que se viste han podido retenerla. Ella ahora vive lejos, en la ciudad. Sevilla entera la halaga porque su magnificencia hace que la ciudad rebose vida y alegría. De noche el Guadalquivir baila feliz con el reflejo de la luna para celebrar los momentos en los que Ella mira con dulzura y candidez a sus aguas. Es entonces cuando la tarde se vuelve rosácea del rubor que le produce la sonrisa que Ella le dedica.

El pueblo se apena, la ciudad la adora, yo la imagino. Ojala supiese torcer las palabras con mayor maestría. Los relojes se han puesto de acuerdo para adelantar el paso de los segundos. El papel en blanco es gigante invisible que aplasta todo lo que quiero plasmar en él. El tiempo pasa, se desliza entre mis dedos como si de un puñado de arena se tratase. En su pasar arrastra mis ideas, mis frases, todo aquello que ya forma parte de mí.

Sigue lloviendo. Miro el agua caer: quiero ser el paraguas que la proteja a Ella de todas las tormentas de la vida, quiero ser el parapeto tras el cual no pase ninguno de los horrores que ocultos tras los rincones nos acechan a todos, quiero ser el pañuelo que recoja las perlas que derramen sus ojos. Quiero ser tantas y tantas cosas que al final no alcanzo ninguna.

Allá arriba un claro se abre y permite a un tímido rayo de sol alcanzar tierra firme. Salgo de mi habitación, lo observo sobre el suelo: a pesar de lo espeso de las nubes este rayo ha conseguido esquivarlas y llegar a mis pies. Él, sin la ayuda de nadie, ha conseguido una hazaña imposible: atravesar la oscuridad de una tormenta.

Quien dice un rayo de sol dice un sueño, aunque sea uno despierto. Si lo compartes con otras personas ellas te dirán que tus esfuerzos son en vano, que jamás alcanzarás lo que te pretendes. Ése es mi caso: intento halagar con mis escritos torpes a una desconocida, nombrándome a mí mismo poeta de una sociedad egoísta que ha olvidado cómo soñar.

Mis palabras son otro rayo más en medio de la oscuridad que produce lo desconocido. Yo para Ella soy eso, algo desconocido. Alas daría a mis pensamientos para que iluminasen el corazón de Ella. Pongo toda mi fe y mis buenos deseos a sus pies, al servicio de la musa y dueña de todos mis versos y anhelos.

Sé que no llegaré a conocerla. Sé que es un imposible, una batalla perdida, la alucinación de un loco. Aún así mantengo la esperanza. De hecho la esperanza misma ha venido a buscarme: está aquí, delante mía, como rayo de sol escapado de una cárcel de nubes.

Ella, siempre Ella, por siempre Ella.

22 octubre 2008

Recuerdos

Filed under: Reflexiones — quieroserpoeta @ 5:17 am
Tags:

Ojos negros, profundos, radiantes. Pelo rubio rizado, rasgos de niña de no haber roto un plato jamás y una sonrisa que cortaba la respiración. Quince motivos en su haber para rendirse a sus encantos.

La conocí en la fiesta de Navidad de la cual ambos formábamos parte, allá por el 96. Por entonces era un crío de dieciséis años que empezaba a frecuentar ‘botellones’ y discotecas (afición que mantengo en la actualidad, dicho sea de paso). Tres meses antes de conocerla un compañero de mi clase me invitó a salir el sábado de esa misma semana con su grupo de amigos. Con mi timidez característica decidí iniciarme en eso que  llamaban ‘la noche’, le eché valor y salí. La experiencia fue muy positiva: hice con el tiempo grandes ‘colegas’, me integré en su grupo y participé con ellos en el alquiler de una casa vieja donde íbamos a pasar las Navidades entre copa y copa (por aquella época era costumbre entre los de nuestra edad).

Me la presentó el compañero de instituto del que ya os he hablado. Resultaba que eran primos, de ese detalle me enteré más adelante. El caso es que trago tras trago terminé acompañando a ella y a su amiga de vuelta a casa, resguardándonos de la lluvia que caía esa madrugada bajo un paraguas raído. No era de ninguna de ellas, lo ‘tomaron prestado’ de un  amigo mío que iba detrás nuestra, mojándose y acordándose de nuestros respectivos familiares (lógico, por otra parte). Mi sentido del humor para con ellas tuvo su premio: “¡qué bien me caes!”, me dijo ella, arqueando una magnífica sonrisa. Esa frase me sonó a música celestial.

Cuando la conocí yo ya estaba enamorado de otra chica de mi clase. Llevaba escribiéndole poemas desde el verano, palabras que al final terminaban en ninguna parte, quizás en el fondo de un cajón, criando polvo y exilio. Los escribía de madrugada, sin saber bien de qué me serviría. Sabía que no tenía posibilidades de intimar con ella, que mis esfuerzos nunca se verían recompensados: mi compañera de clase tenía novio, desde hacía años. No había nada que hacer. Enamorado, sí, pero platónicamente.

La joven de los ojos bonitos comenzó en Navidad a salir con ‘el guapo’ del grupo. Se dejaba ver por el instituto en los recreos. Sin embargo estaba la mayor parte del tiempo o paseando con una amiga suya o con su pareja, entre los setos del pequeño jardín o sentados y apoyados sobre una pared cualquiera del recinto. Nos saludábamos, pero poco más. Cuando charlábamos más era los fines de semana, casi siempre en el ‘botellón’: risas, bromas y muy buen ambiente, cosas de la edad y la ilusión por la vida.

Segundo a segundo comprendí que era imposible que no me fijase en ella; era imposible que no la contemplase como a lo más bello del universo si estaba a pocos metros de mí; y cuando no estaba era imposible que no pensase en ella. En definitiva, era imposible que no me enamorase como lo hice, como lo hace alguien que ama con todo su ser: sin condiciones, sin oposición.

Mi intuición no me falló: a principio de Febrero del 97 rompió con su pareja. En el grupo de amigos los chicos y las chicas salían y dejaban de salir con una facilidad pasmosa: ésta no fue una excepción. Era mi oportunidad. Ahora sí podía decir lo que sentía, ahora sí era libre de acercarme, era libre para sacar a la luz los sentimientos que ella despertaba en mi interior. Pero la pregunta era: ¿cómo?

Vi el calendario: San Valentín estaba próximo. El día de los regalos y las rosas, el día de las cartas anónimas, el día del ‘me gustas’ y del ‘te quiero’: ese era mi día.

Una bala de plata, una bien pulida, perfecta, preparada para ser certera; cupido y la mejor de sus flechas plasmada en papel; mis sentimientos impresos como gotas de rocío sobre una ventana al amanecer; mi alma hecha poema. Pero no uno cualquiera, no: el mejor, uno grande entre los grandes, único entre todos los que había escrito.

Me puse manos a la obra. Cada día dedicaba largo rato a pensarlo y componerlo: “empiezo así…no, no me convence; lo cambio por esto otro…tampoco, suena falso; a ver qué tal queda esto…sí, mucho mejor”. En tres o cuatro días (y alguna que otra madrugada) tuve listo la más poderosa de mis armas de seducción. Estaba orgulloso del acabado. No podía fallar.

Metí el poema en un sobre y lo guardé hasta el día clave. Dudé entre ponerle nombre o dejarlo como anónimo. Al final decidí no poner remitente, actuar como admirador secreto, para darle más emoción y que sintiera curiosidad. Craso error.

Cuando ese día llegó lo eché a primera hora de la mañana al buzón que habían habilitado los de delegación de alumnos a tal efecto (no me acuerdo si eran de delegación o a qué asociación pertenecían). A mediodía repartieron los sobres y las rosas clase por clase. Seguro que le llegaría, seguro que sus manos suaves y delicadas iban a rozar el papel y mis letras, seguro que le encantaría.

La siguiente vez que hablé con ella no comentó nada del poema. Decía que había recibido alguna felicitación de sus amigas pero nada más. Gran decepción, quedé desolado: ¿adonde habría ido el sobre? ¿le habría llegado? ¿o era una excusa y sabía que yo lo había enviado? No, no puse nombre, no puede saber que es mío.

Los días pasaron. Yo comencé a tomar el camino de vuelta a casa que pasaba al lado de la casa de ella, para intentar coincidir al salir de las clases y conseguir así más amistad. A veces la pillaba pero otras no: apretaba el paso sin que yo pudiera alcanzarla. Volvió con su antiguo novio. Además, los fines de semana empezó distanciarse de mí, como a rehuirme. Al principio creía que eran imaginaciones mías. No lo eran: un mes después de San Valentín apenas sí me saludaba.

Era evidente que había recibido el poema y que tras leerlo concluyó que lo había mandado yo. Podría secar mares enteros de tinta intentado expresar lo que me dolió su desprecio: era cruel, era inhumano, era horrible. Punzaba y me asfixiaba. Una y mil veces me preguntaba en qué me había equivocado. Sufrí, vaya si sufrí.

Cuando llegó el verano del 97 ella volvía a estar sin pareja. Me comentaron que su ex-novio había pasado un calvario saliendo con ella: infantil, caprichosa, maleducada, con pésimo carácter y egoísta hasta límites insospechados, así la definía él. Lo más divertido es que la opinión del joven la secundaban otros chicos del grupo con los que había tenido problemas y la práctica totalidad de sus amigas: se había peleado con casi todas, una por una. Terminaron por echarla del grupo, arrastrando consigo a la única amiga que le quedaba.

Como reza el dicho: “no hay peor ciego que el que no quiere ver”. Jugué mi corazón al número equivocado y perdí. Lo pagué bien caro, puedo asegurarlo.

No todo fue negativo en esta historia: una noche de ese mismo verano estaba yo sentado en las escaleras de la plaza del pueblo con más amigos míos. Ella estaba sentada a pocos metros de mí, con la amiga que le quedaba y un par de chicos mayores con los cuales empezaban a juntarse. Yo conocía a uno de ellos y por eso seguía su conversación a medias. No recuerdo bien por qué fue, el caso es que ella se dirigió a mí y me dijo algo. La oí pero no la entendí por completo. Le dije que si podía repetirlo, que no me había enterado de toda la frase, a lo que ella respondió que no, que daba igual, que no tenía importancia. Me quedé pensativo, intentado recordar qué era lo que me había dicho. A los pocos segundos recordé la frase en su totalidad:

“Tú eres un poeta

17 octubre 2008

Hospital, tren, vida

Filed under: Reflexiones — quieroserpoeta @ 4:03 am
Tags:

Me sonreía con amabilidad, con esa sonrisa que sólo saben esbozar las personas sencillas, aquellas que miran la vida con estoicismo y esperanza, esa extraña mezcla que hace mucho tiempo se agotó en las grandes ciudades. Su sonrisa se asomaba bajo dos cejas castañas muy pobladas, con alguna que otra caspa visible, y acompañaba cada palabra con un leve vaivén de la cola de caballo con la que recogía su pelo castaño. Me hablaba a mí y mi familia de los males que afectaban a su marido y que le tenían desde hará semanas en una cama de hospital. Yo la observaba de soslayo, tumbado sobre la mía. Me recuperaba de una operación a la que me había sometido ese mismo mediodía y la escuchaba a la vez que maldecía el tener que llevar una sonda metida en una vena de mi muñeca izquierda. Más que dolerme la aguja lo que me dolía era la impotencia de tener que esperar al menos dos días a que me la quitasen. En fin, era por mi bien, no podía quejarme.

El marido enfermo estaba sentado, apoyando la espalda sobre el respaldo inclinado que formaba la cabecera. Era un hombre cercano a la cincuentena, de pelo cano y rizado, coronilla fruto de la edad y barba espesa de varios días. Tenía los ojos saltones y una gigantesca barriga. Era grande, enorme como un oso. No hablaba apenas, se limitaba a hacer comentarios esporádicos mientras sonreía y asentía lo que decía su esposa. Dicho sea de paso, su cama era del mismo modelo que la mía. Según dijo algún que otra enfermera las camas eran nuevas, “de última tecnología”. Bastaba apretar unos botones para que el respaldo se levantase a voluntad. Sin embargo no tenía ninguno que al apretarlo sanaras mágicamente y salieras de allí perfectamente, sin tener que estar ingresado a saber cuanto tiempo. A ver cuando lo inventan.

El discurso de la mujer lo interrumpió una enfermera que vino a lavar al hombre. Mi familia salió de la habitación, se echaron las cortinas y la joven comenzó la tarea. Tras unos minutos dijo que tenía que salir porque se le había olvidado algo, que no tardaría nada. Cerró la puerta y el matrimonio habló por lo bajo. Hubo risas, hubo comentarios, hubo complicidad: hubo amor. Noté ese amor que se procesan los cónyuges tras años de convivencia; ese que no se falsifica, que no se puede ocultar ni debajo de todas las alfombras del mundo; ese que ha llenado páginas de libros, que ha ennegrecido con tinta generaciones enteras de escritores; ese sentimiento que se puede perseguir en mil años y que algunos consiguen encontrarlo: aquellos con bondad, con buen corazón, aquellos de espíritu sereno y abnegado.

Recordé ese viaje en tren que hice hará 6 o 7 meses, un día que volvía de la ciudad al pueblo. Me senté delante de una pareja joven que viajaba con su hijo pequeño. Por su acento no eran españoles sino más bien sudamericanos. Al que más se oía era al supuesto padre del niño que no dejaba de entretenerle tocando con las palmas de las manos y la superficie de la mesita que tenía ante sí una melodía caribeña propia de timbales. No sé adonde iban, no sé a qué se dirigían, pero estaban contentos ambos, padre e hijo, y sus risas, lejos de molestar, impregnaban  el ambiente de sensaciones agradables.

El matrimonio del hospital, el hombre del tren, su hijo  y sus vivencias son música. Es la música de los que nos rodean día tras día, de quienes sin ser importantes ni famosos son imprescindibles; es el son de los granos de arena que forman la playa o de las gotas de agua que trae la lluvia; es la prueba de que en esta vida que nos ha tocado vivir sí hay días soleados y noches de baile perpetuo.

Sé que hay quien los llama “perdedores”, “don nadies”, incluso “subhumanos”. Yo los llamo personas, héroes, guerreros, amazonas, la quintaesencia y razón de ser de nuestra existencia. Son el desafío al consumismo, a los egos exacerbados y al discurso prepotente y envenenado con el que nos machacan los oídos a diario. Son la imagen de la esperanza.

Brindo por ellos.

15 septiembre 2008

Muro de hielo

Filed under: Reflexiones — quieroserpoeta @ 11:57 am
Tags:

Un terreno en medio de la nada y tú. Te veo. Nos separan pocos metros. Me pareces bellísima. Quiero acercarme, quiero que hablemos. Comienzo a caminar hacia ti y tras dar dos o tres pasos tropiezo con algo y caigo de bruces. Más que dolor siento confusión: ¿contra qué he chocado?

Me incorporo y extiendo a tientas los brazos. Toco una superficie gélida, como de hielo. La sensación térmica se me hace desagradable al tacto. Aguzo la vista, escudriñando eso que está enfrente de mí y que palpan las yemas de mis dedos. Es una especie de muro, un muro transparente, casi invisible. A mi derecha e izquierda no distingo con claridad los límites de la barrera que me separa de ti. Parece no tener fin. Elijo andar hacia mi izquierda sin separarme del muro. Seguro que hay algún límite. Tarde o temprano daré con él.

Pasan las horas, me voy alejando paulatinamente y sigo sin hallar ni un hueco, ni una puerta de salida. Lo extraño es que por más que me desplazo tú no dejas de estar delante de mí, a escasos metros de distancia. He empezado a mover las manos arriba y abajo, tocando en todo momento la superficie helada. Diría que no es plana sino curvada, posiblemente cóncava. Miro hacia arriba. Tampoco veo el límite superior de la barrera pero por su forma juraría que se inclina un poco sobre mí. Decido detenerme y pensar.

Una duda me asalta: ¿y si el muro no fuera tal? ¿Y si no tiene principio ni fin porque no es una barrera plana y horizontal? ¿Y si en realidad el muro es una cúpula? Tiene sentido: estoy encerrado en el interior de una cúpula inmensa, tan grande que no he hallado su final hasta hoy, hasta que he deseado aproximarme a ti y conocerte mejor.

¿Quién me ha metido en ella? ¿Por qué razón está tan fría? ¿Es acaso de hielo? Hago memoria de lo ocurrido en lo que va de año, de cómo me he ido relacionando con el entorno desde hace meses atrás: me he encerrado en mí mismo, poco a poco, segundo tras segundo. Yo he creado la cúpula, yo me he metido en ella para protegerme del resto de la humanidad, del paso de los recuerdos. El hielo que la forma no es tal: es mi soledad. Dentro de la cúpula no hay dolor, no hay pena, no hay nada que me dañe. Y tampoco hay nada que me haga sentir vivo.

Tomo una firme decisión: he de salir de aquí, he de romperla, destruirla como sea. Ya he estado demasiado tiempo encerrado. Debo salir, ¡debo salir! Si no lo consigo me moriré de hastío.

Golpeo la superficie con todas mis fuerzas: patadas, puñetazos, empujones con el hombro. Cada embestida hace tronar el aire con un ruido sordo. La desazón ha sido reemplazada por furia, auténtica furia: voy a penetrar la cúpula sea como sea. Los nudillos empiezan a sangrar, los pies me duelen, me estoy desollando las rodillas, los hombros están a punto de fracturarse. Nada. No cede, no cede…

Horas después desisto. Me apoyo con las manos magulladas y ensangrentadas sobre la barrera. Estoy encarcelado dentro de mi propia fortaleza. No puedo salir, nadie puede sacarme. Es terrible.

Me dejo caer al suelo, poniendo mi espalda contra el hielo. Me acurruco, lleno de tristeza y desesperanza. Nunca más podré saber lo que es sentir. Nunca. Es un destino tan cruel que a base de pensarlo me pongo a llorar en silencio.

No, no puedo rendirme, debo tranquilizarme, debo pensar. Si yo he creado esta defensa perfecta entonces yo puedo destruirla. Seguro que sé cuál es su punto débil, debo haberlo olvidado.

Me levanto y observo la superficie que he aporreado, ahora sanguinolenta. Veo algo. Me acerco al hielo y lo analizo. ¡No puede ser!, creo que puedo distinguir…una pequeña grieta. ¡Se está agrietando! Definitivamente voy por el buen camino. Sin embargo no puedo seguir con los golpes. Me haría daño de verdad. Ya tengo la piel de puños, rodillas y hombros hecha trizas. He de encontrar otra forma de salir de mi prisión. Queda un rayo de esperanza.

Dentro de la grieta veo una hendidura. Entre ella podría colar algún papel. Te miro. Tengo tanto que decirte. Si te lo dijera seguro que el hielo se derretiría. Volvería a ser libre, volvería a ser humano. Un papel, una vía hacia la libertad. ¿Y si…?

4 septiembre 2008

Hiperrealidad

Filed under: Reflexiones — quieroserpoeta @ 4:14 am
Tags:

Soñé con una enorme habitación blanca, sin puertas ni ventanas. Ante mí yacía una extraña rendija que desprendía luz. Puse sobre ella mi mano y fui absorbido hacia ninguna parte.

Viajé a nuevos mundos, plagados de imágenes y ríos de tinta. Escuché voces declamando las noticias procedentes de los confines del mundo, contemplé escenas que alguien o algo había dejado flotando en la nada, oí música desconocida para mí, recibí mensajes en un sinfín de idiomas y lenguas. Y seguía volando.

Tal era la cantidad de planos y realidades entrelineadas que una vez en una no podía calcular cuántas se podían alcanzar desde ella. Vagué en el sueño sin rumbo prefijado, ilusionado por tan curiosa experiencia.

Sabiduría, más de la que jamás había concebido. Las palabras me rodeaban allá donde fuera, entraban y salían de mis ojos. No retuve ni la enésima parte de los conceptos que me traían. Era un universo de información inabarcable, la nueva biblioteca de Babilonia. Era grandioso.

En mi sueño el tiempo se había congelado. Incluso diría que retrocedía. Era estar en el ojo de un huracán, en primera fila ante un escenario de una verdad  por cada millón de mentiras. Entraba en mí y un segundo después explotaba y me expandía en incontables trozos, uno por dimensión. Y volvía a unirme, más poderoso, más inteligente, muchísimo más reflexivo e imprevisible. La secuencia se repitió sin principio ni fin, como quien recorre un camino en círculos.

Infinitas entidades, todas igual de tangibles. Recuerdo una que perduró en mí tras despertar. Estaba yo, etéreo cual espíritu, en un desierto descomunal, plagado de dunas y montículos. En las cimas veía lo que me atreví a denominar ‘locos’. Después descubrí que no eran tales, sino más bien la cordura materializada en carne y hueso, con un nexo común e imaginario.

Pues bien, cada ‘loco’ declamaba a viva voz sus vivencias, sus pensamientos, lo que se podría definir como su propia filosofía existencial. Hablaban profiriendo párrafos alternados con silencio, un silencio de horas. Algunos recibían respuesta, quizás dos, quizás cien o más. Los ‘locos’ se comunicaban entre sí empleando un código secreto, tan enrevesado como intrigante. Me sentí acompañado por más gente en forma fantasmal, observando a esos raros predicadores con lenguaje propio pero sin credo pactado.

Ahora me vienen a la memoria varios de esos personajes: poetas melancólicos, poetisas con alma de cuento de hadas, aventureros que tras un volante analizaban versos de asfalto, escritoras y cronistas de una sociedad inmadura, etc. Conocí a un hombre miraba con ilusión a los habitantes de la Tierra, a una mujer que hilvanaba su pasado con hilos de plata cual tejedora del olvido, a un ya prófugo aprendiz de psicópata lleno de humor negro y a un ejecutivo sin escrúpulos, sobrado de ironía. Todos entrañables, todos con sus historias, todos tristes o alegres a ratos, siempre tan dispares como interesantes.

Hubo uno que me impactó sobremanera. Estaba rematadamente chiflado. Actuaba como un oráculo sin barba ni ancianidad que avalase su discurso. No dejaba indiferente, hasta divertía la conexión tan dispar de ideas que solía realizar. Entre sus crónicas intercalaba pensamientos incisivos. Evocó en mí algún que otro relato de Chéjov, esos que leí cuando yo era más joven. Parecía un pornográfico clon de Nietzsche que aspiraba más al superpolvo que al superhombre.

“Tú eres un gran libro por redactar”. Lo repetía hasta quedarse afónico. Lo escuché tanto que tuve un ‘déjà vu’ de años vividos. Recordé un lápiz, una libreta cuadriculada, amores platónicos irrealizables. Recordé poemas a una chiquilla enamorada, frases de azúcar para un corazón lozano. Rememoré viejas novelas, ya dentro de un baúl descuidado.

Me desperté del sueño, embriagado de viajes y vivencias nuevas. Me desperté con ganas de escribir, no sé qué, no sé a quién, no sé para qué. Quise retomar los lápices, los bolígrafos y el papel en blanco. Quise también leer, devorar libros que antes me era imposibles de entender. Asalté las bibliotecas, colocando sobre mi escritorio una pequeña torre de hojas impresas y encuadernadas.

A partir de esa vivencia del subconsciente todo se me hizo diferente, real, profundo. Sigo hoy día entre la vigilia y el sueño, buscando respuestas a preguntas que me planteé hará años y que dejé recorriendo ese tortuoso camino que es envejecer.

Cada cierto tiempo vuelvo a visitar a esos ‘locos’ y los animo a seguir vociferando al aire. Lo hago para agradecerles su delirio, tan necesario como gratificante. Por enseñarme a mirar la vida desde millones de perspectivas a la vez: una realidad ampliada, una hiperrealidad subyacente.

Gracias a ellos tengo mi propio montículo, mi oasis particular en el desierto. Gracias a ellos quiero ser poeta.

20 agosto 2008

A ritmo de regetón

Filed under: Reflexiones — quieroserpoeta @ 7:00 pm
Tags:

Música y gente, conversaciones y parsimonia, gestos y voces. Es la juventud lozana contra la vejez prematura, aquella que produce el desengaño. Al lado de la barra, donde se forman las reuniones, deambulo armado con mi copa como si de un escudo se tratase.

Me encanta cómo se arreglan las chicas. Hasta la más insignificante de ellas ahora se me hace modelo. La caída de sus vestidos juega con el vaivén de mi presencia en las conversaciones ajenas: que si Chebatón es magnífico, que si los fichajes para la liguilla local en la próxima temporada, que si uno se va de vacaciones y otro se plantea comprar un piso…

El fútbol me aburre a morir y las otras conversaciones las he escuchado ya cientos de veces. Además, hay que estar ciego para no dejarse llevar por el encanto de esa niña que está al lado del altavoz, o de aquella que se alisa el pelo con los dedos, o incluso de esa otra que se sienta en el poyete para quitarse los tacones y descansar los pies. Prefiero ser testigo del arte que hay en la hermosura de las mujeres que me rodean. El cielo no puede ser mejor que esto. Es imposible.

Pasan los minutos. La banalidad de los diálogos me da sueño. Estar aquí, de pie, causa sensaciones contradictorias: por una parte la imbecilidad flota en el aire de la discoteca y se consume a bocanadas. Por otra parte soy testigo mudo de la milagrosa transformación femenina que se produce los fines de semana. Es como si un manantial de agua cristalina surgiera de mi copa y bañara mi espíritu.

Mi cerebro sigue con sus devaneos mientras mis ojos peinan la pista de baile. Ambos órganos hace años que se independizaron, pero sólo los viernes y sábados noche. Veo el gentío y las personas que lo constituyen, personas que no son tales sino estatuas en la playa que intentan evitarse al ser mecidas por las olas; estatuas anónimas, cada una con su historia detrás; estatuas perdidas que no saben con seguridad qué hacen allí o qué las impulso a formar parte de ese espectáculo surrealista.

Percibo algo. No soy capaz de definirlo. Me giro instintivamente y descubro la causante de esa extraña sensación: allí, justo al lado mía, a muy pocos metros, hay una chica joven. Lleva el pelo recogido hacia arriba, sujeto con horquillas y pinzas. Su top rosa hace juego con su pantalón blanco de algodón, ajustado para realzar su figura. Su leve falta de estatura se ve compensada por la gracilidad de su pose, copa en mano.

Me estaba mirando, lo sé y sé que ella sabe que lo sé. Como respuesta clavo mis pupilas en las suyas. Quiero jugar con sus ojos. La chispa de su semblante choca contra el descaro de mi actitud. Un nanosegundo más tarde apartamos las miradas, casi al unísono. Ahora somos cómplices: este mero contacto visual ha servido para quedar entrelazados sin ni siquiera cruzar palabra. Ella y yo hemos sido partícipes de un choque de energía invisible capaz de destruir universos enteros.

Me vuelvo hacia la pista, dándole la espalda. Visiblemente azorado, bebo de un largo trago lo que quedaba en el vaso que sostengo en la mano. Me siento impotente ante su presencia. Los metros que nos separan son un abismo y no sé cómo atravesarlo. Sé que lo que me queda de la noche la pasaré mirándola, buscando alguna señal que me indique cómo acercarme. Estoy condenado.

Camino hacia la barra para soltar el vaso vacío. En el corto trayecto me topo con ella cara a cara. El silencio se prolonga, deslizándose entre ambos. Mientras nos miramos le sonrío y vuelvo a mi sitio, ya por el resto de la madrugada, disfrutando de la sensación tan agradable que es tener sus sentidos sobre mí.

El sábado siguiente me esperará de nuevo la mediocridad. No me importa, ya no, porque sé que aparecerá ella y la romperá con esa candidez embriagadora que se asoma al precipicio de sus pestañas.

Es encantadora. Es mi bella desconocida.

6 agosto 2008

Pelirrosa

Filed under: Reflexiones — quieroserpoeta @ 8:59 pm
Tags:

A las siete menos cuarto de la mañana, con su habitual premura, llega a la estación la mujer pelirrosa. Puntual como siempre se acerca con lentitud al borde del andén, quedándose allí de pie a la espera del tren que la llevará a la capital. Trabaja fuera del pueblo, a saber dónde. Muchos la ven partir pero nadie la ve regresar.

La mujer pelirrosa lleva el pelo teñido, corto, enmarañado Sus rizos erizados juegan con algún mechón rebelde que se asoma sin querer. Es alta, delgada, de tez morena y nariz alargada. La sequedad de su piel denota tener treinta y tantos, quizás casi cuarenta. En verano se viste con una chaqueta vaquera para cubrir sus hombros del rocío. Los pantalones blancos le cuelgan con holgura, evidenciando el paisaje irregular que es su figura. Un extraño aire de dejadez la rodea.

La mujer pelirrosa camina con torpeza, tambaleándose hacia los lados. Cualquiera diría que el peso de su bolso y la gran bolsa de plástico que sujeta en su mano izquierda le hacen moverse así. Lo dudo, creo que el auténtico culpable de su torpeza es el desengaño ante un presente que no esperaba vivir: niños, deudas y viajes agotadores sin fin para cumplir las responsabilidades de un empleo que de seguro no le satisface.

Conoce a más personas que viajan a esa misma hora. A veces, mientras espera, conversa con ellos. Son charlas huecas, somnolientas, carentes de interés y hasta de sentido. La he visto sonreír, intentando ocultar bajo su mirada ese halo de infinita tristeza que queda tras resignarse a la pérdida de la juventud y al proceso de envejecimiento. En su cara aflora las marcas que produce asimilar la muerte callada de aquellas fantasías de princesa enamorada que tejía hará años.

Yo la observo con disimulo. Presiento su pena, implacable al convertirla en lo que es, aunque incapaz de borrar del todo la hermosura de una mujer en otro tiempo esplendorosa. Sin pronunciar palabra me dice que ya no se siente joven ni radiante. Hace mucho que sus oídos dejaron de recibir piropo alguno.

Pero si su encanto la abandonó, ¿por qué motivo mis ojos se sienten tan atraídos por su persona?. Empiezo a creer que está equivocada, que la vida le miente y que ella mantiene erróneamente sus mentiras.

Quisiera tratarla con galantería, regalarle una rosa o halagarla de algún modo, que se sintiera guapa de nuevo. Quisiera hacerle ver la verdad, esa que nuestra sociedad se empeña en destruir: que para admirar las facciones de la madurez en toda su plenitud hay que mirar más allá de lo real, penetrar en el silencio; que, en definitiva, la belleza femenina no desaparece, tan sólo se transforma.

Un día más llega el tren, se para y nos montamos en él, yo en un vagón, ella en otro. Mientras me acomodo en mi asiento maldigo una vez más a la rutina y a los hijos de los hombres por anquilosar las ganas de vivir de la mujer pelirrosa, de ella y de todas las mujeres pelirrosas anónimas que nos rodean y que enmudecen su lamento con tamaño estoicismo.

Página siguiente »

Blog de WordPress.com.