La canción del navegante

28 junio 2008

Vienen a por mí

Filed under: La canción del navegante — quieroserpoeta @ 6:41 pm
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El camino a la liberación

Me he cortado las venas con una cuchilla de afeitar. He estado delirando mientras me desangraba. Cansado y maltrecho estoy sentado en el suelo, dejando caer los brazos a los lados, esperando lo inevitable.

Intento permanecer consciente pero siento cómo el sueño se apodera de mí poco a poco. Los párpados me pesan y por más que procure mantener los ojos bien abiertos al final terminan por entrecerrarse. Parpadeo por inercia, con pesadez, manteniendo una batalla perdida con los pocos segundos de vida que me quedan.

Hace rato que comenzó a anochecer. Por los ventanales de la habitación empieza a huir la luz del día y los rincones se tiñen de oscuridad. Yo sigo tendido, sin saber muy bien qué hago o qué espero. Al instante veo la respuesta a mis preguntas.

Entre pestañeos miro cómo una figura se acerca hacia mí. Aguzo la vista para reconocer quién es pero no consigo poner nombre a la persona que se mueve entre las sombras. Es alta, esbelta, y al acercarse a un haz de luz distingo que va vestida de blanco.

Poco después la tengo enfrente mía. Es una mujer. Su extrema delgadez resulta aterradora si bien la finura de sus rasgos deja entrever un gran atractivo, coronado por dos pupilas que brillan con un extraño destello mortecino. Sacando fuerzas de flaqueza converso con ella:

–    ¿Quién eres, qué quieres de mí? ¿qué hago aquí? ¿por qué llevo estos cortes en los brazos?

Ella se agacha hasta mirarme cara a cara. Extiende su mano y comienza a acariciarme el rostro. El tacto de su piel es áspero y desagradable. Además, desprende un leve olor a putrefacción. Alzo la vista y sobresaltado descubro que en su mejilla derecha le falta un trozo de piel. Ella, sin aparatar la mano, contempla la pared, viendo el dibujo trazado con mi sangre. Con voz dulce y una sonrisa siniestra añade:

–    Tranquilo, allá donde vamos no hay viejos amores que te atormenten. Sólo estaré yo y mi belleza será tu premio. Muchos antes me vieron y ninguno se ha resistido a mis encantos.

Durante el transcurso de nuestra conversación un par de charcos de líquido negruzco se han extendido bajo los pies de mi interlocutora. Muevo la cabeza a un lado y a otro buscando algún reguero que haya provocado las manchas. Descubro la causa: ese líquido ha fluido de los cortes que había en mis muñecas.

Ella se incorpora y me ofrece la mano para que la siga:

–    Ven, sígueme, nos queda aún mucho antes de llegar a nuestro destino.

Entonces dudo: “¿Adónde quiere llevarme? ¿por qué quiero ir? ¿qué es todo esto?”. Con movimientos espasmódicos intento levantarme. Las piernas me fallan, no puedo irme de aquí. Es inútil: ha llegado mi hora.

Me debato entre llorar o gritar. El desconcierto deja paso a una rabia profunda, rabia ante un final que ni he elegido ni quiero que me impongan. Mis puños se cierran, mis músculos se contraen, enseño mis dientes como una bestia herida: esto no es el fin.

Como si de un ser vivo se tratase el líquido salta súbitamente del suelo y rodea a la mujer pálida que está ante mí, cubriéndola por completo. Donde antes había materia acuosa ahora hay una especie de extensión de mi ser que actúa con independencia de mis pensamientos, moviéndose como lo hace un ser vivo. Ella grita de pavor:

–    ¡Qué es esto! ¡No puedo moverme! ¿Qué me estás haciendo? Tú me has convocado, ¿qué pretendes ahora?

No la oigo. Yo ya no soy yo. Me he transformado en un loco que con los ojos en blanco se ríe a carcajadas al ver a su destino chillar. Con cada risotada la negrura del líquido la aprisiona más y más, hasta hacerla desaparecer. Vuelvo a quedarme solo, respirando con extrema velocidad, sintiendo en mi interior una furia sobrehumana. Escucho en la lejanía la voz de esa mujer:

–    ¡Maldito seas! ¡Volveré, algún día volveré y no podrás defenderte!
–    Claro que volverás –murmuro entre dientes-. Siempre vuelves, nadie puede escapar de tus garras. Pero yo, aquí, ahora, sí he logrado espantarte.

El líquido se introduce de nuevo por los cortes de mis venas. Inmóvil, confuso, le pregunto a la nada:

¿Qué me está pasando?

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20 junio 2008

Una obra maestra

Filed under: La canción del navegante — quieroserpoeta @ 3:04 pm
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Yo y una pared en blanco. Quiero dibujar. Tengo pintura pero no pincel. Usaré mis propios dedos. No tengo claro qué pintar, hace muchos años que no lo hago.

Una imagen fugaz pasa por mi mente. Mojo el índice derecho y comienzo a deslizarlo sobre la cal. Con torpeza dibujo agua, olas que ondean libres, un caudal que tiene su principio y su fin: un río. Encima de él trazo un sol entre nubes y un puñado de rayos de luz que salen despedidos para toparse con la superficie.

Un río en medio de ninguna parte. Cambio de mano y mojo el índice izquierdo en la pintura con la intención de proseguir la labor. En los márgenes veo aceras, bloques de pisos, bares y restaurantes. Una escalera conecta la otra orilla con la calle y una barandilla de piedra separa ambas zonas. Pintar, quiero pintar.

Me coloco en la escena: estoy en alto, con la avenida a mis espaldas. A continuación con mi índice derecho doy vida a lo que yace bajo mis pies: plantas, vegetación, algún que otro árbol, un pequeño jardín con sus senderos para los peatones. El muro que separa la parte superior de la inferior es de piedra.

¿Qué viene ahora? Giro la cabeza mentalmente. Continúo el lienzo con el índice izquierdo. A mi derecha, en la lejanía, un puente que conecta las orillas. Las luces de los coches se ven tenues por la distancia. Una torre baja y los arcos de otro puente se alzan sobre el horizonte, a mi izquierda.

Paro el trabajo durante un minuto. Tanto mover los brazos y las manos resulta agotador. Las manchas de pintura no terminan de captar lo que busco representar. Más que lugares y objetos parecen imágenes fantasmales. Nunca se me dio bien dibujar.

Debo darme prisa, no me queda mucho tiempo. Pinto bancos, una hilera de ellos que se extiende delante mía. Hay uno cerca de donde estoy, los demás van de un lado a otro. Frente a todos ellos hay una barandilla de hierro que entrelaza una serie de poyetes separados por pocos metros. Cada poyete tiene una farola encima.

Me coloco delante del dibujo. Por fin el conjunto ya toma sentido: estoy en un paseo desde el cual se puede ver un río. El sol me dice que está atardeciendo.

¿Por qué? De todas las cosas que podría haber dibujado, ¿por qué esta imagen?. Falta algo, lo intuyo. Casi por instinto reanudo la obra humedeciendo de pintura ambos índices. A dos manos y con movimientos veloces perfilo una silueta. Es una persona. Está apoyada en la baranda, enfrente de uno de los bancos, el que tengo más cercano a mí. El viento levanta su melena mientras mira al agua. Es una mujer.

Línea a línea intento plasmarla en el cuadro. De repente ella se gira, me mira, me sonríe. Quedo paralizado: eres tú. No, no puedo seguir. Me es imposible capturar tu sonrisa, la frescura de tus gestos, esa fuerza irreal que transmiten tus ojos.

Los recuerdos son espíritus traicioneros. Te imagino todavía allí, al atardecer, esperándome. No me reuniré contigo, no acudiré a la cita, dejaré que te vayas tal como viniste: en silencio, sola.

Empapo mis manos con lo poco que me queda para pintar. Una tras otras las lanzo frenéticamente contra mi obra, emborronándola con cientos de gotas. De pie, contemplando el resultado y con la respiración entrecortada aparto de una patada la cuchilla de afeitar. Acto seguido me siento en el suelo, apoyando la espalda sobre la pared. Un sueño pesado se apodera de mí. Necesito dormir…

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