La canción del navegante

9 octubre 2008

Diálogo de mendigos

Filed under: Historias de Kroham — quieroserpoeta @ 1:45 am
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Un leve carraspeo y un esputo ponían el broche final a un recital de toses enfermizas cuyo desagradable estruendo había cortado el silencio de la calle. El maestro de orquesta era un sintecho, otra alma anónima de las que pululaban por los guetos de Kroham. Un par de ojos vidriosos exploraban con avidez las aceras, asomados entre una espesa melena comida a piojos y una barba de meses, repleta de greñas. Parapetado en la esquina de un viejo almacén cerrado y rodeado de un puñado de cartones con olor a orina el mendigo apuraba trago a trago un cartón de vino barato con el que se olvidaba de su desgracia. Era una madrugada de otoño y el viento frio campaba con sus respetos.

En un momento dado distinguió a lo lejos a otro compañero de penurias, un conocido suyo. Llevaba a su espalda una gran bolsa de basura que abultaba más que él. Dentro iban sus pocas pertenencias, trapos y ropa sucia. Se dirigía a no se sabe dónde. Lo llamó a gritos: “¡Jimmyyyyyyyy! ¡oyeeeeee!”. El mendigo de la bolsa frenó su paso y se giró adonde venía la voz. Se acercó a la esquina con paso cansado y maltrecho. Al llegar a ella se desplomó en el suelo, sentándose en el suelo y dejando su carga a un lado. El borracho comenzó la conversación:

–    ¿Qué pasa hombre? ¿hace un trago? Es un remedio excelente contra la rasca.
–    No, gracias. No tengo ganas.

Se quedó en silencio unos segundos y dijo:

–    De lo único que tengo ganas es de morirme.
–    ¿Y eso? ¿qué te ocurre, a qué viene tanto pesimismo, habiendo vino?
–    Estoy harto de miseria y de no tener un techo donde dormir. Estoy harto de andar de un lado para otro, de que me traten como a un perro, de que me escupan los policías, de que me apaleen los niñatos de las bandas, de ver cómo las señoras huyen cuando les pido una moneda; estoy harto de esta vida de cucarachas, de tener que hacer esfuerzos por olvidar cómo he llegado hasta aquí, de malvivir con trapos y sobras…

El borracho lo escuchó con la cabeza gacha todo el rato. Jim continuó lamentándose un par de minutos más. Cuando se calló, alzó la vista a la farola que los alumbraba y sentenció:

–    Quiero morirme. Quiero poner fin a este calvario.
–    Eso no es difícil. Toma. Tengo entendido que si te lo clavas con fuerza en el estómago la muerte es casi instantánea.

El mendigo de los cartones le tiró a los pies un trozo de vidrio puntiagudo. Uno de sus extremos estaba cubierto con esparadrapo, a modo de puñal improvisado. Jim miró la punta con mezcla de deseo y horror. Cogió el vidrio y sin dejar de contemplarlo entre sus manos estuvo en silencio unos minutos más. Tras soltar un suspiro, añadió:

–    Cerca de aquí hay un supermercado. A estas horas es cuando terminan de hacer limpieza y tiran lo que no pueden vender, ya sabes, los alimentos caducados. En estas fechas han llegado a tirar cajas enteras de helados. Los hay hasta de turrón, fíjate. ¿Vamos?
–    Hmmmmm, buena idea Jimmy. Te acompaño.

Ambos se levantaron y bajaron la calle en dirección al supermercado. El trozo de vidrio quedó tirado al lado de la farola, sobre un cartón. Y allí se quedó por mucho tiempo.

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