La canción del navegante

14 septiembre 2009

Justicia poética

Filed under: Textos — quieroserpoeta @ 4:11 am
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Despedida

En esta madrugada el cielo luce limpio y plagado de estrellas. El ambiente vacía el alma y hace que se llene con las ideas más peregrinas. La melancolía trae tu imagen en mi memoria: hay tantas cosas que quise decirte y no te dije…

Tres veranos atrás, a media tarde, cruzabas Nervión Plaza engalanada con una falda y una camisa que realzaban tu figura de modelo. ‘Esta chica no se me escapa’, pensé. Fuimos a una cafetería cercana y entre cafés y copas descubrí cómo rebosabas inocencia, aquella que yo casi tenía perdida por las desilusiones de la vida.

¿Pasado o futuro? no quería repetir los mismos errores, era hora de saltar al vacío sin esperar nada a cambio: me quedé con el futuro, contigo, con tu promesa de amor. Fue una de las mejores decisiones que he tomado jamás.

En la lejanía se aprecia Marte y allá, en lo alto, está la Osa Mayor; atrás y cruzando el espacio se observa la Vía Láctea. ¿Dónde estás?

Tus manos, hay momentos en que siento el contacto de sus dedos: largos y juguetones como críos en un patio de recreo. Nunca supe quién buscaba a quién, si eran mis manos las que perseguían las tuyas o era al revés. Las tardes se teñían de ocre y tus pupilas fulguraban: esos ojos eran demasiado hermosos como para no quererlos. Llámalo magia, fantasía o pura imaginación pero presentía que habían sido ungidos en las nubes de los siete cielos. Tu forma de mirarme me decía que en realidad eras una dulce niña con cuerpo de mujer: Alicia se había escapado de un país sin maravillas y había terminado a mi lado, enamorándose de mí.

Siempre he sido un escéptico que nunca creyó en la felicidad. Aún así me hiciste dudar de su existencia.

Se oyen ladridos lejanos. Yo permanezco despierto, sentado en un poyete, pasando otra noche acompañado con mi soledad. Hasta la luna me ha abandonado.

Perdí la cuenta de los millares de veces que mi boca se confundió con la tuya. Su frescura evocaba en mí la lluvia de otoño o la tranquilidad de un manantial que fluye en libertad. Si cualquier cosa me deprimía o estresaba estabas tú allí para animarme, tanto que las mayores dudas resultaban ridículas cuando me rodeabas con tus brazos. Tu compañía era mi hogar peregrino.

Lo que vivíamos era una obra de teatro: era el Don Juan Tenorio. Sin embargo el final era diferente, por fin don Juan era redimido en vida por doña Inés: cuando paseábamos por la ciudad podía oír los aplausos del público que enardecido nos vitoreaba ‘bravo’, el telón caía y nuestras vidas se impregnaban de alegría.

Vuelve el silencio y parece que el pueblo entero está muerto. Acabo de ver un cometa: así de fugaces eran las horas de intimidad que compartí contigo.

En la punta de mi lengua tengo grabada a fuego la sal de tu piel. Si me preguntasen qué es el erotismo respondería que es verte desnuda y tendida sobre una cama, iluminada por la tenue luz de las farolas que se cuela por las persianas bajadas; la pasión es el vapor de nuestros cuerpos condensado sobre los cristales de tu coche, en medio de ninguna parte, en invierno.

Alta y esbelta cual ninfa cortabas mi respiración. En secreto hice un mapa completo de tus montes, tus valles, tus depresiones y tus precipicios, los mismos en los que me despeñaba hacia el placer. La acidez de tu sexo me transportaba a sitios exóticos, era un viaje de solo ida hacia lo prohibido. Cuando entraba en las cavernas de tu ser me sentía alguien distinto, aliviado de máscaras y cargas sociales: era yo mismo, mi yo liberado. En tus llamaradas me consumía vivo, deseando que esos momentos íntimos fuesen eternos, imperecederos.

El viento me visita unos segundos, refrescándome la cara; cada átomo que lo forma se me hace un recuerdo pasado que desea volver a ser vivido, volver a nacer de tu sonrisa:

Mis manos sobre las tuyas, nuestro primer beso a media tarde, las horas en el parque abrasándonos de deseo, el sudor de tu cuerpo en verano, el delirio de verte desgarrar de pasión, tu boca y la mía unidas, el océano pacífico de tus abrazos, los paseos a la orilla del Guadalquivir, los bancos que allí permanecen y nos acogieron, los monumentos de Sevilla contigo, el barrio de Santa Cruz rememorando tu presencia a cada paso, un paseo nocturno en tu pueblo tras cenar, los muebles temblando, los cristales empañados, el gemido de tu voz y un suspiro agonizante, las ciudades que visitamos, Córdoba y el horizonte borroso, Carmona en lo alto de tu semblante, la tórrida arena de Cádiz, salir del agua aterido de frío y cobijarme a tu lado, el sol a través de tus pechos, las aguas del mar sobre ti, el balcón del hotel en Tenerife, mirarte acurrucada entre las sábanas, oírte susurrar mi nombre al oído, trampa de placer en la ducha con revancha en el dormitorio, ‘te he echado de menos’ haciendo el amor, las fiestas con mis amigos, las risas con los tuyos, los pubs, las discotecas, las copas, la feria y nuestra danza en medio de la calle, los cafés y los helados, nuestro amor en película de veinte milímetros, ‘estoy aquí, echándote de menos y queriéndote mucho’ al otro lado del teléfono, la despedida tras una cita exitosa, la mirada perdida tras tu matrícula y mi cabeza girando hacia la nada, los versos improvisados en mi móvil, el calor de sentirte cerca aún estando lejos…

El horizonte comienza a clarear, de tanto recordar está a punto de amanecerme. Todo tiene un principio y un fin.

No me entendía entonces y sigo sin hacerlo ahora. Tú llorabas en silencio, estaba oscureciendo, sonaba la radio del coche y yo sabía que tras esa tarde no volveríamos a vernos en años. Decidí seguir mi camino en solitario y al hacerlo rompí tu corazón en pedazos invisibles: me sentí miserable por dentro, sabía que no te merecías ese final. Aún me desprecio al recordarlo.

Recorríamos las avenidas, cruzábamos los semáforos y cuando quise reaccionar estábamos ante la estación de tren. ‘Un beso y un adiós’ era la canción que se oía cuando me bajé del vehículo. Entre sollozos me dijiste dos palabras, una frase con aroma a esperanza en un mañana alternativo, distinto del presente. Partiste rumbo a tu casa mientras yo te daba la espalda, caminando hacia los mostradores de billetes y sintiéndome una sombra de mí mismo.

Obtuve mi libertad, aquella que me ha permitido construir la Groenlandia de hielo y ceniza en la que estoy exiliado. Hay momentos en los que me pregunto si alguna vez amé o fue todo un sueño.

Un lucero huérfano es lo que queda de otra noche de verano. Ya comienza a verse el sol entre las tejas. Debo acostarme, aunque antes quiero ordenar mis pensamientos.

Allá donde estés quiero que sepas que te agradeceré mientras viva lo que me enseñaste: que se puede dar sin esperar nada a cambio, que el cariño sincero anima hasta al más derrumbado, que la diferencia entre un día radiante y otro grisáceo está en un beso de amor, que la distancia entre dos personas se desvanece cuando ambas piensan en la otra, que un puñado de palabras puede destruir el mismísimo acero, que dos cuerpos amándose hacen que se tambaleen las cavernas del Infierno, que el sentimiento más prodigioso nace desde la más auténtica de las bondades, que es mejor ser Peter Pan y sobrevolar Nunca Jamás hasta la vejez que perder la capacidad de amar y ser amado, que en definitiva el AMOR con mayúsculas es patrimonio de la inocencia y la fe en las personas.

Allá donde estés, gracias, por quererme, por ser tan especial, por todo. Más que estas letras o mi soledad te dedico mi vida entera; si hay en el mundo una mujer que merezca ser feliz esa eres tú.

Te llevaré por siempre y para siempre en mi corazón, hasta el fin de mis días.

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