La canción del navegante

20 agosto 2008

A ritmo de regetón

Filed under: Reflexiones — quieroserpoeta @ 7:00 pm
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Música y gente, conversaciones y parsimonia, gestos y voces. Es la juventud lozana contra la vejez prematura, aquella que produce el desengaño. Al lado de la barra, donde se forman las reuniones, deambulo armado con mi copa como si de un escudo se tratase.

Me encanta cómo se arreglan las chicas. Hasta la más insignificante de ellas ahora se me hace modelo. La caída de sus vestidos juega con el vaivén de mi presencia en las conversaciones ajenas: que si Chebatón es magnífico, que si los fichajes para la liguilla local en la próxima temporada, que si uno se va de vacaciones y otro se plantea comprar un piso…

El fútbol me aburre a morir y las otras conversaciones las he escuchado ya cientos de veces. Además, hay que estar ciego para no dejarse llevar por el encanto de esa niña que está al lado del altavoz, o de aquella que se alisa el pelo con los dedos, o incluso de esa otra que se sienta en el poyete para quitarse los tacones y descansar los pies. Prefiero ser testigo del arte que hay en la hermosura de las mujeres que me rodean. El cielo no puede ser mejor que esto. Es imposible.

Pasan los minutos. La banalidad de los diálogos me da sueño. Estar aquí, de pie, causa sensaciones contradictorias: por una parte la imbecilidad flota en el aire de la discoteca y se consume a bocanadas. Por otra parte soy testigo mudo de la milagrosa transformación femenina que se produce los fines de semana. Es como si un manantial de agua cristalina surgiera de mi copa y bañara mi espíritu.

Mi cerebro sigue con sus devaneos mientras mis ojos peinan la pista de baile. Ambos órganos hace años que se independizaron, pero sólo los viernes y sábados noche. Veo el gentío y las personas que lo constituyen, personas que no son tales sino estatuas en la playa que intentan evitarse al ser mecidas por las olas; estatuas anónimas, cada una con su historia detrás; estatuas perdidas que no saben con seguridad qué hacen allí o qué las impulso a formar parte de ese espectáculo surrealista.

Percibo algo. No soy capaz de definirlo. Me giro instintivamente y descubro la causante de esa extraña sensación: allí, justo al lado mía, a muy pocos metros, hay una chica joven. Lleva el pelo recogido hacia arriba, sujeto con horquillas y pinzas. Su top rosa hace juego con su pantalón blanco de algodón, ajustado para realzar su figura. Su leve falta de estatura se ve compensada por la gracilidad de su pose, copa en mano.

Me estaba mirando, lo sé y sé que ella sabe que lo sé. Como respuesta clavo mis pupilas en las suyas. Quiero jugar con sus ojos. La chispa de su semblante choca contra el descaro de mi actitud. Un nanosegundo más tarde apartamos las miradas, casi al unísono. Ahora somos cómplices: este mero contacto visual ha servido para quedar entrelazados sin ni siquiera cruzar palabra. Ella y yo hemos sido partícipes de un choque de energía invisible capaz de destruir universos enteros.

Me vuelvo hacia la pista, dándole la espalda. Visiblemente azorado, bebo de un largo trago lo que quedaba en el vaso que sostengo en la mano. Me siento impotente ante su presencia. Los metros que nos separan son un abismo y no sé cómo atravesarlo. Sé que lo que me queda de la noche la pasaré mirándola, buscando alguna señal que me indique cómo acercarme. Estoy condenado.

Camino hacia la barra para soltar el vaso vacío. En el corto trayecto me topo con ella cara a cara. El silencio se prolonga, deslizándose entre ambos. Mientras nos miramos le sonrío y vuelvo a mi sitio, ya por el resto de la madrugada, disfrutando de la sensación tan agradable que es tener sus sentidos sobre mí.

El sábado siguiente me esperará de nuevo la mediocridad. No me importa, ya no, porque sé que aparecerá ella y la romperá con esa candidez embriagadora que se asoma al precipicio de sus pestañas.

Es encantadora. Es mi bella desconocida.

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3 comentarios »

  1. ¿Cuántas situaciones así se darán a lo largo de un fin de semana? ¿alguien ha llegado a contarlas?

    Comentario por quieroserpoeta — 20 agosto 2008 @ 7:03 pm

  2. se dan muchas situaciones así en el fin de semana,aunque personalmente, me gustaria mas que alguien me mirara desde ese precipicio en otro lugar que no fuera una discoteca o terraza.

    Comentario por S. — 22 agosto 2008 @ 10:26 am

  3. A quien miro así lo hago tanto dentro como fuera de la discoteca. En mi pueblo los fines de semana se suelen ver casi siempre las mismas caras. Es esa circunstancia la que da mucha fuerza al cruce de miradas.

    Comentario por quieroserpoeta — 22 agosto 2008 @ 1:52 pm


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