La canción del navegante

6 agosto 2008

Pelirrosa

Filed under: Reflexiones — quieroserpoeta @ 8:59 pm
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A las siete menos cuarto de la mañana, con su habitual premura, llega a la estación la mujer pelirrosa. Puntual como siempre se acerca con lentitud al borde del andén, quedándose allí de pie a la espera del tren que la llevará a la capital. Trabaja fuera del pueblo, a saber dónde. Muchos la ven partir pero nadie la ve regresar.

La mujer pelirrosa lleva el pelo teñido, corto, enmarañado Sus rizos erizados juegan con algún mechón rebelde que se asoma sin querer. Es alta, delgada, de tez morena y nariz alargada. La sequedad de su piel denota tener treinta y tantos, quizás casi cuarenta. En verano se viste con una chaqueta vaquera para cubrir sus hombros del rocío. Los pantalones blancos le cuelgan con holgura, evidenciando el paisaje irregular que es su figura. Un extraño aire de dejadez la rodea.

La mujer pelirrosa camina con torpeza, tambaleándose hacia los lados. Cualquiera diría que el peso de su bolso y la gran bolsa de plástico que sujeta en su mano izquierda le hacen moverse así. Lo dudo, creo que el auténtico culpable de su torpeza es el desengaño ante un presente que no esperaba vivir: niños, deudas y viajes agotadores sin fin para cumplir las responsabilidades de un empleo que de seguro no le satisface.

Conoce a más personas que viajan a esa misma hora. A veces, mientras espera, conversa con ellos. Son charlas huecas, somnolientas, carentes de interés y hasta de sentido. La he visto sonreír, intentando ocultar bajo su mirada ese halo de infinita tristeza que queda tras resignarse a la pérdida de la juventud y al proceso de envejecimiento. En su cara aflora las marcas que produce asimilar la muerte callada de aquellas fantasías de princesa enamorada que tejía hará años.

Yo la observo con disimulo. Presiento su pena, implacable al convertirla en lo que es, aunque incapaz de borrar del todo la hermosura de una mujer en otro tiempo esplendorosa. Sin pronunciar palabra me dice que ya no se siente joven ni radiante. Hace mucho que sus oídos dejaron de recibir piropo alguno.

Pero si su encanto la abandonó, ¿por qué motivo mis ojos se sienten tan atraídos por su persona?. Empiezo a creer que está equivocada, que la vida le miente y que ella mantiene erróneamente sus mentiras.

Quisiera tratarla con galantería, regalarle una rosa o halagarla de algún modo, que se sintiera guapa de nuevo. Quisiera hacerle ver la verdad, esa que nuestra sociedad se empeña en destruir: que para admirar las facciones de la madurez en toda su plenitud hay que mirar más allá de lo real, penetrar en el silencio; que, en definitiva, la belleza femenina no desaparece, tan sólo se transforma.

Un día más llega el tren, se para y nos montamos en él, yo en un vagón, ella en otro. Mientras me acomodo en mi asiento maldigo una vez más a la rutina y a los hijos de los hombres por anquilosar las ganas de vivir de la mujer pelirrosa, de ella y de todas las mujeres pelirrosas anónimas que nos rodean y que enmudecen su lamento con tamaño estoicismo.

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1 comentario »

  1. Empiezo a creer que la verdadera poesía reniega de cuartillas de papel o de libros encuadernados: está en el mirar apagado de esa mujer.

    Comentario por quieroserpoeta — 6 agosto 2008 @ 9:03 pm


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