La canción del navegante

10 julio 2008

Luz de Domingo

Filed under: Textos — quieroserpoeta @ 6:21 pm
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Dejando su cueva el cíclope se dispuso a tomar la senda que conduce a la colina más alta de la región. Llevaba haciendo esto todas las madrugadas de Sábado a Domingo, meses atrás. Allí, sentado, esperaba contemplar cómo la Luna bañaba los campos de sombras y plata. La imagen le llenaba de gozo y dicha, hasta tal punto que le parecía que la mismísima Luna deseaba hablarle. Él quería responderle pero no se sentía capaz. A fin de cuentas, ¿cómo un simple cíclope puede mantener una conversación con la reina de los astros?

De camino pensó en las veces que se venía repitiendo la escena: la Luna le miraba, el cíclope también a ella pero no fluía palabra alguna. La inmensa distancia que los separaba desaparecía ante las ansias de querer saber el uno del otro pero  un muro insalvable de silencio impedía contacto alguno, un muro construido por la impotencia y el temor que existía en el corazón del cíclope: si ella le rechazaba él se convertiría en el ser más desgraciado de la creación. Al cíclope esta paradoja se le hacía tan ridícula como triste.

A lo lejos vio un agricultor de una aldea próxima con un palo alargado sobre su hombre derecho. En su extremo colgaba un candil que le servía para iluminarse en la oscuridad. El cíclope supuso que el hombre regresaba a su casa tras terminar bien tarde sus labores en el campo.

–    Saludos, cíclope. ¿Qué haces por aquí tan tarde? ¿No sabes que estos páramos son peligrosos de madrugada?
–    Voy a la colina que domina la comarca. Poco he de temer a malhechores y ladrones, bien sabes porqué. Además en mis bolsillos sólo llevo mi pobreza. ¿Quién querría robarme o hacerme daño?
–    En la aldea sabemos de tu costumbre de ver salir a la Luna. No son horas de andar a la intemperie. Ándate con cuidado.

El labriego se despidió y prosiguió su marcha, dejando al cíclope en compañía de las estrellas, la hierba, la suave brisa veraniega y sus pensamientos.

Al llegar a lo más alto de la colina se dispuso a sentarse en la gran piedra que en tantas ocasiones le había servido de asiento. Tras hacerlo comenzó la espera. Pasaron minutos y horas y la Luna no se veía en el horizonte. El cíclope, para matar el aburrimiento, buscó constelaciones en la cúpula celeste. Admiró los luceros, tan brillantes y hermosos como siempre, rodeados de  mil colores. Intentó compararlos con la Luna pero comprendió que era imposible: la Luna es bella entre bellezas.

El tiempo pasaba y el cíclope se desesperaba a cada instante: esa noche no vendría, no habría Luna que admirar, no podría por fin vencer su miedo y hablarle. Se levantó y comenzó a dar vueltas, cada vez más nervioso e impaciente. ¿Por qué no llegaba? ¿dónde estaría? ¿qué o quién la habría entretenido?

Horas más tarde ya había perdido la esperanza. Sentado como estaba se incorporó con la intención de volver a su retiro y fue entonces cuando la vio en la lejanía: grande, blanquecina, radiante. La Luna había aparecido, ella estaba allí. Lejos de alegrarse el cíclope se sintió molesto, hasta ofendido por la gran demora. Volvió a sentarse pero con la intención de no mirarla en ningún momento. Pretendía atosigarla con su indiferencia, fruto de un injusto deseo de venganza.

La Luna seguía su arco en el cielo y no dejaba de clavar su mirada en el cíclope. Destelló con mas fuerza que nunca para llamar su atención pero él no respondía: seguía con la cabeza gacha, mirando de soslayo el trigo ondulante. Por sus reflejos denotó las intenciones de la Luna. No se inmutó pues su resolución había sido firme: no iba ni a mirarla ni a hablarle.

Cansado de este juego inútil y cruel el cíclope se levantó al rato y abandonó la cima de la colina. Sintió sobre su espalda los rayos inquisitivos de su compañera nocturna. El aire soplaba y llevaba consigo la tristeza que la Luna sentía. Él reanudó la marcha, llegando a su hogar al amanecer. Se detuvo en la entrada de la cueva, alzó la vista al horizonte y no vio a la Luna por ningún sitio. Acto seguido entró, se echó en la paja de su lecho y pensó: “He sido demasiado orgulloso con ella”. En su interior empezaba a asomar la sombra del arrepentimiento.

Al Sábado siguiente él regresó una vez más a su colina y a su roca. Durante el camino de ida se había repetido una y otra vez que esa era la noche en la cual por fin iban a conocerse e intimar.

Pero eso no pasó porque la Luna no apareció. Esperó hasta la saciedad y lo único que obtuvo fue los primeros rayos de una mañana más. El cíclope emprendió el regreso a la cueva con la luz de Domingo sobre sí. Pensaba acongojado:

¿Y si ella ya no vuelve a interesarse en mí?

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3 comentarios »

  1. Basado en hechos reales.

    Comentario por El navegante — 10 julio 2008 @ 6:21 pm

  2. oleeeeeeeeee por ti, cada dia me gusta mas tus relatos. No lo dejes nunca por fi. BESOS

    Comentario por INES — 11 julio 2008 @ 8:22 am

  3. Mucho mejor

    Comentario por Angels — 12 julio 2008 @ 4:57 pm


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