La canción del navegante

20 junio 2008

Una obra maestra

Filed under: La canción del navegante — quieroserpoeta @ 3:04 pm
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Yo y una pared en blanco. Quiero dibujar. Tengo pintura pero no pincel. Usaré mis propios dedos. No tengo claro qué pintar, hace muchos años que no lo hago.

Una imagen fugaz pasa por mi mente. Mojo el índice derecho y comienzo a deslizarlo sobre la cal. Con torpeza dibujo agua, olas que ondean libres, un caudal que tiene su principio y su fin: un río. Encima de él trazo un sol entre nubes y un puñado de rayos de luz que salen despedidos para toparse con la superficie.

Un río en medio de ninguna parte. Cambio de mano y mojo el índice izquierdo en la pintura con la intención de proseguir la labor. En los márgenes veo aceras, bloques de pisos, bares y restaurantes. Una escalera conecta la otra orilla con la calle y una barandilla de piedra separa ambas zonas. Pintar, quiero pintar.

Me coloco en la escena: estoy en alto, con la avenida a mis espaldas. A continuación con mi índice derecho doy vida a lo que yace bajo mis pies: plantas, vegetación, algún que otro árbol, un pequeño jardín con sus senderos para los peatones. El muro que separa la parte superior de la inferior es de piedra.

¿Qué viene ahora? Giro la cabeza mentalmente. Continúo el lienzo con el índice izquierdo. A mi derecha, en la lejanía, un puente que conecta las orillas. Las luces de los coches se ven tenues por la distancia. Una torre baja y los arcos de otro puente se alzan sobre el horizonte, a mi izquierda.

Paro el trabajo durante un minuto. Tanto mover los brazos y las manos resulta agotador. Las manchas de pintura no terminan de captar lo que busco representar. Más que lugares y objetos parecen imágenes fantasmales. Nunca se me dio bien dibujar.

Debo darme prisa, no me queda mucho tiempo. Pinto bancos, una hilera de ellos que se extiende delante mía. Hay uno cerca de donde estoy, los demás van de un lado a otro. Frente a todos ellos hay una barandilla de hierro que entrelaza una serie de poyetes separados por pocos metros. Cada poyete tiene una farola encima.

Me coloco delante del dibujo. Por fin el conjunto ya toma sentido: estoy en un paseo desde el cual se puede ver un río. El sol me dice que está atardeciendo.

¿Por qué? De todas las cosas que podría haber dibujado, ¿por qué esta imagen?. Falta algo, lo intuyo. Casi por instinto reanudo la obra humedeciendo de pintura ambos índices. A dos manos y con movimientos veloces perfilo una silueta. Es una persona. Está apoyada en la baranda, enfrente de uno de los bancos, el que tengo más cercano a mí. El viento levanta su melena mientras mira al agua. Es una mujer.

Línea a línea intento plasmarla en el cuadro. De repente ella se gira, me mira, me sonríe. Quedo paralizado: eres tú. No, no puedo seguir. Me es imposible capturar tu sonrisa, la frescura de tus gestos, esa fuerza irreal que transmiten tus ojos.

Los recuerdos son espíritus traicioneros. Te imagino todavía allí, al atardecer, esperándome. No me reuniré contigo, no acudiré a la cita, dejaré que te vayas tal como viniste: en silencio, sola.

Empapo mis manos con lo poco que me queda para pintar. Una tras otras las lanzo frenéticamente contra mi obra, emborronándola con cientos de gotas. De pie, contemplando el resultado y con la respiración entrecortada aparto de una patada la cuchilla de afeitar. Acto seguido me siento en el suelo, apoyando la espalda sobre la pared. Un sueño pesado se apodera de mí. Necesito dormir…

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