
Con la premura del que llega tarde a una cita entro por la puerta del restaurante. Si no me he equivocado es allí donde me han dicho que es el almuerzo de navidad de mi anterior empresa. Nada más entro en el local, vítores y algún que otro aplauso: se ve que me echan de menos, tal vez no tanto como yo a ellos. Visiblemente azorado saludo a los miembros de la sala uno tras otro, esbozando una gran sonrisa fruto del reencuentro con viejas amistades. Tomo asiento, converso con mis compañeros de mesa y del pasillo aparece ella.
Sé que en este tipo de eventos las mujeres se arreglan con especial dedicación; no obstante lo que mis ojos ven desafía a mi imaginación y a la de cualquiera de los asistentes: una emperatriz engalanada de obsidiana y plata, bendecida por el látigo de fuego que conforman sus cabellos. El sonido de sus botas de tacón hace estremecer los cimientos del edificio, las columnas que sostienen la cúpula celeste y el mismísimo centro del planeta. Cada una de sus uñas alargadas es un pincel que dibuja con exquisita sutileza frescos y murales sobre el aire desnudo, colmándolo de arte renacentista con un leve aroma a perfume de mujer. Torbellinos imperceptibles provocan sus arqueadas pestañas en un abrir y cerrar del azabache de sus ojos cristalinos. Su piel, antaño estirada por el vaivén de los días vividos, luce hoy fresca, delicada, majestuosa en sus reflejos, surcos y mates. A sus treinta y tantos resiste el asedio del paso de los años con un atractivo capaz de seducir al corazón varonil más pétreo; el mío no es una excepción y por ello cae sin remedio ante tan arrollador asalto de feminidad.
Ella me ve, me sonríe y mientras se acerca a mí yo me levanto del asiento. Intercambiamos dos besos y tres o cuatro frases, una actitud típica de dos personas que si bien quieren mantener una conversación afable no saben muy bien qué decirse. Es triste que tras cinco años siendo compañeros de trabajo no sepa casi nada de ella; trabajábamos en departamentos distintos y el contacto se reducía de forma exclusiva a los almuerzos de navidad. Se despide y se encamina hacia otra mesa, llevándose consigo una parte de mí en esos besos que rozaron casi por casualidad sus mejillas.
Llegan los entrantes, los primeros, los segundos platos y el postre. Con las barrigas repletas de comida y los espíritus animosos por la cerveza y el vino pasamos a un salón contiguo donde las chicas han preparado una suerte de ‘entrega de premios’, un espectáculo simpático e inocente en el cual aprovechan para dejar en evidencia a más de uno. El no ser nombrado en ningún momento acrecienta en mí el peso de los recuerdos y siento cómo por momentos tengo ganas de huir de allí: ya no formo parte de la organización, me dejaron aparte como a un trasto viejo y herrumbroso carente de interés. El día fatídico me reuní con mis jefes más directos; esperaba que intercedieran para frenar mi marcha, injusta según el criterio unánime de aquellos que habían trabajado conmigo, y en vez de eso no recibí más que un apretón de manos. Una mañana de verano estaba trabajando y al día siguiente ya estaba en paro, con una llamada de teléfono a bocajarro de por medio. Fue duro, muy duro. Así es la vida.
Termina el ‘show’ y tras hacer las respectivas cuentas de rigor salimos todos del restaurante, encaminándonos a la discoteca más cercana. Contra todo pronóstico el local está a rebosar y apenas sí puede uno llegar a la barra. El ver pasar cerca de mí a una gitana que vende rosas hace evocar en mi interior ecos antiguos: fue allí donde hará tres años y tras otro almuerzo navideño regado con muchas copas le regalé a ella, al lucero que irriga de resplandor las paredes de lugar, una rosa roja, comprada a un vendedor chino que rondaba la pista de baile. Ese gesto tan simple como inesperado hizo saltar por los aires sus defensas de mujer, aceptando el regalo con rubor y gran sorpresa; el hecho de ver a una treintañera avergonzada como una colegiala por el detalle que ha tenido con su persona un chaval de veintitrés o veinticuatro años es algo que no tiene precio. En los días posteriores al suceso no supe estar a la altura de las circunstancias: yo pretendía ser galante, sin más, y ella interpretó el regalo como una declaración de intenciones. Lejos de aprovechar el incidente para conocerla más a fondo opté por rehuirla y mantener las distancias, mostrando la cobardía característica del niñato que por entonces era (y que por desgracia sigo siendo).
Actué de ese modo porque fui incapaz de comprender lo que ahora percibo con claridad: a pesar de haber tenido amores por doquier no sabía lo que era recibir una rosa roja de manos de alguien casi desconocido. Según se rumoreó después, ella llegó a mantener relaciones con al menos dos compañeros de trabajo, ambas con resultado funesto. Intuyo que tuvo más y que a la vista de quiénes fueron sus parejas ellos la utilizaron como mero divertimento; lo sé por comentarios y actitudes de los individuos en cuestión de cara a las mujeres. Da asco ver lo desalmados y rastreros que pueden llegar a ser los treintañeros, escudándose en sus fracasos sentimentales y alegando una misoginia tan sesgada como irresponsable.
La tarde se transformó en noche y la algarabía continuaba. Poco a poco se hizo un claro en la pista y pudimos reunirnos todos, bailando unos e intentándolo otros. Ella se acercó por mi derecha y su belleza noqueó el poco raciocinio que me quedaba tras mezclar varios licores. Quise conversar y a duras penas conseguí intercambiar frases ocasionales; no estaba centrado, mi cabeza estaba en otro sitio, un asunto que bien merece tratamiento aparte. Cuando tu entorno se vuelve luces y flashes tu corazón se impregna del ambiente y comienza a funcionar igual, de ahí que dejase escapar una oportunidad excelente para intimar con ella. El resplandor de los focos arrojaba sobre su semblante un halo de divinidad mientras su cuerpo se contoneaba al son de los altavoces; la expresión de su ser dejaba entrever el desconcierto propio de las personas hacinadas en un espacio reducido, acompañando cada uno de mis comentarios con una leve sonrisa de condescendencia.
Sobre las nueve y media de la noche la mayoría de los asistentes al almuerzo se habían ido ya de la discoteca. Por lo que pude apreciar ella se había citado en ese lugar con otra amiga suya, visiblemente mayor y mucho menos atractiva, que no dejaba de mirarme con ojos golosos. Ese hecho provocó que aumentase mi distancia con respecto a ella, temiendo verme envuelto en una situación un tanto embarazosa; opté por conversar con el que fuera mi interlocutor durante el almuerzo. Minutos después decidí que era hora de marcharme, ofreciéndose él a acompañarme no sin antes observar que de la fiesta bien poco quedaba por celebrar. Recogí mi chaqueta y cuando regresé para despedirme de los demás ella me salió al paso, preguntándome si me iba ya, lamentando que así fuera y ofreciéndose a avisarme en un futuro de las próximas celebraciones que se organizaran. De nuevo disfracé de educación los besos de despedida que intercambiamos ambos, alegrándome de su actitud para conmigo, tan contenida como cálida. Me marché de la discoteca con un dulce sabor de boca, aquel que otorga ese caramelo denominado esperanza.
Estos días he meditado sobre el encuentro y sobre esa mujer, omnipresente en los pequeños resquicios de mi cerebro. Siento en mi interior la urgente necesidad de escribirle algo, ya sea un texto lírico o un poema; algo que le dé motivo a soñar despierta un poco más, a creer que tarde o temprano encontrará al hombre adecuado con el cual podrá envejecer sin miedo, a mantener una promesa de ilusión ante un mañana que hasta la fecha sólo le ha regalado desamor y apatía. Me encantaría conocerla más a fondo, navegar entre sus sentimientos más íntimos y suturar aquellos que hayan sido objeto de manipulación malintencionada; quisiera cerrar sus cicatrices a golpe de verso y teclas, restaurándola como princesa de su reino, un reino arcano arrasado por decenas de egos masculinos deformados.
Es muy triste comprobar cómo hábitos tan sencillos, inocentes y honestos como la poesía con destinataria han caído en desuso junto con los valores de antaño, ambos reemplazados por la filosofía de la carne por la carne. Cuantos más calendarios agoto menos entiendo a la sociedad en la que vivo.








