La canción del navegante

22 Diciembre 2008

Princesa de un reino arcano

Archivado en: Reflexiones — quieroserpoeta @ 12:18 pm
Tags: , ,

Menú inesperado

Con la premura del que llega tarde a una cita entro por la puerta del restaurante. Si no me he equivocado es allí donde me han dicho que es el almuerzo de navidad de mi anterior empresa. Nada más entro en el local, vítores y algún que otro aplauso: se ve que me echan de menos, tal vez no tanto como yo a ellos. Visiblemente azorado saludo a los miembros de la sala uno tras otro, esbozando una gran sonrisa fruto del reencuentro con viejas amistades. Tomo asiento, converso con mis compañeros de mesa y del pasillo aparece ella.

Sé que en este tipo de eventos las mujeres se arreglan con especial dedicación;  no obstante lo que mis ojos ven desafía a mi imaginación y a la de cualquiera de los asistentes: una emperatriz engalanada de obsidiana y plata, bendecida por el látigo de fuego que conforman sus cabellos. El sonido de sus botas de tacón hace estremecer los cimientos del edificio, las columnas que sostienen la cúpula celeste y el mismísimo centro del planeta. Cada una de sus uñas alargadas es un pincel que dibuja con exquisita sutileza frescos y murales sobre el aire desnudo, colmándolo de arte renacentista con un leve aroma a perfume de mujer. Torbellinos imperceptibles provocan sus arqueadas pestañas en un abrir y cerrar del azabache de sus ojos cristalinos. Su piel, antaño estirada por el vaivén de los días vividos, luce hoy fresca, delicada, majestuosa en sus reflejos, surcos y mates. A sus treinta y tantos resiste el asedio del paso de los años con un atractivo capaz de seducir al corazón varonil más pétreo; el mío no es una excepción y por ello cae sin remedio ante tan arrollador asalto de feminidad.

Ella me ve, me sonríe y mientras se acerca a mí yo me levanto del asiento. Intercambiamos dos besos y tres o cuatro frases, una actitud típica de dos personas que si bien quieren mantener una conversación afable no saben muy bien qué decirse. Es triste que tras cinco años siendo compañeros de trabajo no sepa casi nada de ella; trabajábamos en departamentos distintos y el contacto se reducía de forma exclusiva a los almuerzos de navidad. Se despide y se encamina hacia otra mesa, llevándose consigo una parte de mí en esos besos que rozaron casi por casualidad sus mejillas.

Llegan los entrantes, los primeros, los segundos platos y el postre. Con las barrigas repletas de comida y los espíritus animosos por la cerveza y el vino pasamos a un salón contiguo donde las chicas han preparado una suerte de ‘entrega de premios’, un espectáculo simpático e inocente en el cual aprovechan para dejar en evidencia a más de uno. El no ser nombrado en ningún momento acrecienta en mí el peso de los recuerdos y siento cómo por momentos tengo ganas de huir de allí: ya no formo parte de la organización, me dejaron aparte como a un trasto viejo y herrumbroso carente de interés. El día fatídico me reuní con mis jefes más directos; esperaba que intercedieran para frenar mi marcha, injusta según el criterio unánime de aquellos que habían trabajado conmigo, y en vez de eso no recibí más que un apretón de manos. Una mañana de verano estaba trabajando y al día siguiente ya estaba en paro, con una llamada de teléfono a bocajarro de por medio. Fue duro, muy duro. Así es la vida.

Termina el ‘show’ y tras hacer las respectivas cuentas de rigor salimos todos del restaurante, encaminándonos a la discoteca más cercana. Contra todo pronóstico el local está a rebosar y apenas sí puede uno llegar a la barra. El ver pasar cerca de mí a una gitana que vende rosas hace evocar en mi interior ecos antiguos: fue allí donde hará tres años y tras otro almuerzo navideño regado con muchas copas le regalé a ella, al lucero que irriga de resplandor las paredes de lugar, una rosa roja, comprada a un vendedor chino que rondaba la pista de baile. Ese gesto tan simple como inesperado hizo saltar por los aires sus defensas de mujer, aceptando el regalo con rubor y gran sorpresa; el hecho de ver a una treintañera avergonzada como una colegiala por el detalle que ha tenido con su persona un chaval de veintitrés o veinticuatro años es algo que no tiene precio. En los días posteriores al suceso no supe estar a la altura de las circunstancias: yo pretendía ser galante, sin más, y ella interpretó el regalo como una declaración de intenciones. Lejos de aprovechar el incidente para conocerla más a fondo opté por rehuirla y mantener las distancias, mostrando la cobardía característica del niñato que por entonces era (y que por desgracia sigo siendo).

Actué de ese modo porque fui incapaz de comprender lo que ahora percibo con claridad: a pesar de haber tenido amores por doquier no sabía lo que era recibir una rosa roja de manos de alguien casi desconocido. Según se rumoreó después, ella llegó a mantener relaciones con al menos dos compañeros de trabajo, ambas con resultado funesto. Intuyo que tuvo más y que a la vista de quiénes fueron sus parejas ellos la utilizaron como mero divertimento; lo sé por comentarios y actitudes de los individuos en cuestión de cara a las mujeres. Da asco ver lo desalmados y rastreros que pueden llegar a ser los treintañeros, escudándose en sus fracasos sentimentales y alegando una misoginia tan sesgada como irresponsable.

La tarde se transformó en noche y la algarabía continuaba. Poco a poco se hizo un claro en la pista y pudimos reunirnos todos, bailando unos e intentándolo otros. Ella se acercó por mi derecha y su belleza noqueó el poco raciocinio que me quedaba tras mezclar varios licores. Quise conversar y a duras penas conseguí intercambiar frases ocasionales; no estaba centrado, mi cabeza estaba en otro sitio, un asunto que bien merece tratamiento aparte. Cuando tu entorno se vuelve luces y flashes tu corazón se impregna del ambiente y comienza a funcionar igual, de ahí que dejase escapar una oportunidad excelente para intimar con ella. El resplandor de los focos arrojaba sobre su semblante un halo de divinidad mientras su cuerpo se contoneaba al son de los altavoces; la expresión de su ser dejaba entrever el desconcierto propio de las personas hacinadas en un espacio reducido, acompañando cada uno de mis comentarios con una leve sonrisa de condescendencia.

Sobre las nueve y media de la noche la mayoría de los asistentes al almuerzo se habían ido ya de la discoteca. Por lo que pude apreciar ella se había citado en ese lugar con otra amiga suya, visiblemente mayor y mucho menos atractiva, que no dejaba de mirarme con ojos golosos. Ese hecho provocó que aumentase mi distancia con respecto a ella, temiendo verme envuelto en una situación un tanto embarazosa; opté por conversar con el que fuera mi interlocutor durante el almuerzo. Minutos después decidí que era hora de marcharme, ofreciéndose él a acompañarme no sin antes observar que de la fiesta bien poco quedaba por celebrar. Recogí mi chaqueta y cuando regresé para despedirme de los demás ella me salió al paso, preguntándome si me iba ya, lamentando que así fuera y ofreciéndose a avisarme en un futuro de las próximas celebraciones que se organizaran. De nuevo disfracé de educación los besos de despedida que intercambiamos ambos, alegrándome de su actitud para conmigo, tan contenida como cálida. Me marché de la discoteca con un dulce sabor de boca, aquel que otorga ese caramelo denominado esperanza.

Estos días he meditado sobre el encuentro y sobre esa mujer, omnipresente en los pequeños resquicios de mi cerebro. Siento en mi interior la urgente necesidad de escribirle algo, ya sea un texto lírico o un poema; algo que le dé motivo a soñar despierta un poco más, a creer que tarde o temprano encontrará al hombre adecuado con el cual podrá envejecer sin miedo, a mantener una promesa de ilusión ante un mañana que hasta la fecha sólo le ha regalado desamor y apatía. Me encantaría conocerla más a fondo, navegar entre sus sentimientos más íntimos y suturar aquellos que hayan sido objeto de manipulación malintencionada; quisiera cerrar sus cicatrices a golpe de verso y teclas, restaurándola como princesa de su reino, un reino arcano arrasado por decenas de egos masculinos deformados.

Es muy triste comprobar cómo hábitos tan sencillos, inocentes y honestos como la poesía con destinataria han caído en desuso junto con los valores de antaño, ambos reemplazados por la filosofía de la carne por la carne. Cuantos más calendarios agoto menos entiendo a la sociedad en la que vivo.

1 Diciembre 2008

Real (Imposible 2)

Archivado en: Textos — quieroserpoeta @ 3:46 am
Tags: , ,

Últimos rayos de sol al atardecer

“No sé cuánto tiempo llevo aquí, en esta cima congelada. Ya he intentado miles de veces romper a golpes las estalactitas que cierran mi prisión y todos los esfuerzos han sido en vano. Sé que pasaré el resto de mi eternidad confinado en este minúsculo espacio, repasando los viejos recuerdos de cuando amé. Fui engendrado demonio, éste es mi destino.”

La masa informe se deslizaba sobre el suelo en pequeños círculos y la luz mortecina de la entrada de la cueva producía en su superficie destellos metálicos que se elevaban hasta el techo helado. Afuera el horizonte se vestía de estancas nubes grisáceas y a través de los gélidos barrotes no era posible apreciar nada más. El suelo de la cueva estaba cubierto de un polvo espeso y ennegrecido; se rumoreaba que los superiores eran los maestros del fuego mientras los simples demonios se congelaban de frío en las zonas periféricas del Infierno; también se decía que mucho antes de ser habilitada la montaña como cárcel habían sido abrasados en su cima los demonios más rebeldes ante las carcajadas de los superiores de mayor rango. Fuesen ciertos o no los rumores el hecho de permanecer allí encerrado resultaba una agonía lenta.

En el centro de la estancia comenzó a soplar un viento procedente de ninguna parte y el ser, extrañado, dejó de pasear. El viento formó un oscuro remolino de polvo, el cual de repente se transformó en una luz blanca, pura y a la vez cegadora. Una voz surgió de ella: “Sígueme”.

*    *    *

Aquella era una tarde de Mayo excelente: el cielo estaba despejado, hacía algo de calor y las terrazas de bares y pubs estaban a rebosar. En el parque colindante a la avenida los niños jugaban mientras sus madres hablaban unas con otras, sentadas en los bancos más cercanos a la zona de juegos infantiles. En esa zona del parque una mujer de apenas treinta años estaba sentada sola y leía un libro. Abstraída en la lectura no reparó en el hombre alto que se había detenido justo delante de ella. Con cierta vergüenza levantó la vista, muy de soslayo, para luego clavar sus ojos sobre la cara de él, sorprendida.

-    ¡Tú!
-    Hola – respondió el hombre, esbozando una sonrisa.

Era él, su viejo amor de juventud, cuando todavía era ella estudiante y apenas sabía de la vida. La última vez que lo vio fue hace unos ocho o nueve años; sin embargo él seguía igual, no había envejecido nada o por lo menos no lo aparentaba. Ella era consciente del paso del tiempo y de sus efectos: cuando sonreía mostraba alguna pequeña arruga y su piel no era ya tan fresca y lozana como antaño. Pero él, sin entradas, sin arrugas, sin canas ni tirantez en el rostro parecía un fantasma, una imagen que se había fugado de algún rincón de su pasado.

-    ¿Puedo sentarme? – preguntó el hombre, señalando al espacio libre que había en el banco.
-    Sí, sí…claro. – El nerviosismo de la mujer era evidente.

Ella cerró el libro con pulso tembloroso y lo sostuvo sobre sus piernas, recobrando por segundos la conciencia de un sentimiento soterrado por cientos de vivencias posteriores. Se vio a sí misma paseando con él, años atrás, recorriendo las calles e hilvanando para sí planes de un futuro juntos que jamás tomó forma. Él se sentó a su lado y calló, sonriendo y mirando alrededor como quien se siente parte de un cuadro: la luz del atardecer, los niños, la brisa…y ella. La mujer detuvo su mente en el momento más amargo de todos, el de la ruptura, y con voz llena de tristeza y rencor sentenció:

-    Fuiste un cobarde. Me dejaste por teléfono, no tuviste lo que hay que tener para decírmelo a la cara. ¿Por qué?

La sonrisa se esfumó del rostro del hombre. Era cierto, la dejó por teléfono, pero ¿cómo decirle el motivo? Aquella tarde perdida en la memoria se habían citado en la entrada de ese mismo parque. De camino él notó una extraña presencia sobre sí, un calor sofocante, propio de otra dimensión: le habían descubierto, sabía que iban a por él; huir era inútil, cualquiera de sus superiores le encontraría tarde o temprano; lo más probable es que ya no volvería a verla más. ¿Qué hacer?, ¿qué decisión tomar en ese momento? Corrió hasta una cabina de teléfonos cercana, la llamó a toda prisa y con todo el dolor de su metálico corazón le dijo que tenía que irse muy lejos y que lo mejor para ambos era cortar. Ella no tuvo tiempo de objetar nada porque tras decir él esas frases se abrió el suelo bajo sus pies y una enorme llamarada lo engulló, siendo el auricular el único testigo del injusto final a algo que quiso ser y no fue.

-    Lo siento, créeme que lo siento de veras. Tenía que irme, no ya por mí, me obligaron a hacerlo.
-    ¿Quiénes, quiénes te obligaron? – objetó ella, dejando entrever una mezcla de indignación y pena.
-    Es…complicado de explicar. – él hizo una pausa y continuó – Ya no importa. ¿Qué es de tu vida ahora?
-    Tuve otras relaciones posteriores pero no funcionaron. Casi a los dos años de que me dejaras conocí al que es hoy día mi marido. Trabajo de profesora y en general me va muy bien. Soy muy feliz.

Ella pronunció la última frase con un poso de amargura. Era verdad, estaba felizmente casada y su vida transcurría con total tranquilidad. No obstante de vez en cuando recordaba a su primer gran amor y se preguntaba qué habría pasado si no se hubiera marchado así, sin más. Ahora que por fin se reencontraban todo era distinto, más inesperado, más real.

Él sintió una punzada en sus entrañas al escuchar lo bien que estaba ella sin él, como si nunca hubieran estado enamorados. La quiso muchísimo y lo pagó bien caro, pudriéndose en lo alto de una montaña albergada en el lugar más miserable del Infierno. El lugar que él soñaba ahora lo ocupaba otro humano, un desconocido que ni de lejos había arriesgado tanto por ella. Él había provocado esta situación, cargó con la culpa y quedó como un impresentable para que ella encontrase a otra persona que pudiera darle lo que él no pudo. Su plan improvisado tuvo éxito mas la certeza de ver que el amor que compartieron perteneciera ya al pasado lo aniquilaba por dentro.

-    A mí no me ha ido tan bien como a ti. De todas maneras no puedo quejarme – era mejor callar.

A varios metros un crío se montó en uno de los columpios y empezó a balancearse cada vez más alto. Excitado por la emoción comenzó a reclamar la atención de su madre:

-    ¡Mamá, mira lo alto que llego! ¡Mamáaaaa, miraaaaaa!
-    ¡Ezequiel, ten cuidado, no te vayas a caer! ¡No te balancees tanto! – gritó la mujer, levantándose y dejando el libro a un lado.
-    ¿Ezequiel? – dijo él, petrificado de la sorpresa. Ella se giró y su mirada asentía lo que él pensaba.

El día que se conocieron él se presentó ante ella utilizando el mismo nombre. Un demonio y una humana jamás tendrían descendencia así que ese niño era hijo de ella y de su marido. Y llevaba su nombre. No cabía duda alguna: ella, a pesar del tiempo transcurrido, a pesar de la distancia, no le había olvidado y por ese motivo quiso tenerlo presente en la persona de su hijo.

El niño bajó del columpio y entre risas y gritos se fue corriendo adonde estaban los otros niños. El hombre, reconfortado ante la evidencia, dijo a la mujer:

-    Ven, siéntate.

Ella le hizo caso y se sentó con lentitud. Estuvieron callados unos minutos y no se dijeron nada más. Él cogió la mano de ella y la estrechó. La mujer no opuso resistencia, es más, apretó la mano de él con fuerza. Por fin estaban juntos de nuevo.

Una voz retumbó en el interior de la cabeza del hombre:

-    Hemos de irnos ya. Debes volver a la cueva, es muy peligroso que estés tanto tiempo fuera.
-    Dame un poco más de tiempo, Gabriel. He soñado tanto este momento que no quiero irme sin disfrutarlo lo suficiente – respondió mentalmente el hombre.
-    Vale, un poco más, pero que sepas que ya me reclaman en el Cielo y que debes devolverme el cordón de Ezequiel. Ya me dijo él que lo perdió en la última batalla del Perímetro y que en la retirada vio a un demonio menor recogerlo. Lo que yo no sospechaba era el efecto que iba a producir en ti la esencia divina del cordón – objetó la voz.
-    Ni yo tampoco. Cuando se lo des dale las gracias de mi parte.
-    Un arcángel ayudando a un demonio. A quién se le diga… Luego vuelvo a por ti. – la voz se silenció.

Ella se arrimó y posó su cabeza en el hombro de él. Era muy probable que los superiores descubrieran esta nueva fuga y que el castigo que le impusiesen no fuera ya el cautiverio sino algo peor. A él no le importaba, ya no le importaba: el estar los dos juntos y el saber que ella todavía le seguía queriendo bien merecía lo que después le deparara el destino.

Caía la tarde, el sol comenzaba a ocultarse y los edificios se teñían de naranja, contrastados por el fondo de cielo azul. Allí, estrechando la mano de su antigua amada y por primera vez en toda su existencia nuestro demonio se sintió completamente feliz.

Blog de WordPress.com.