Alza un poco la mano derecha y se alisa el flequillo, intentando prestar atención a la conversación que su amiga de toda la vida le está brindando: ropas, amistades, chicos, a saber. Asiente mientras sostiene su cubata en un vaso ancho, esbozando un sonrisa a ratos sinceras a ratos forzada. Es otra madrugada de Sábado en aquel pub, otra noche de fin de semana en la que vuelve a jugar a ser la chica interesante y pícara que desearía tener en sus brazos cualquier hombre del local, otra obra de teatro con burdas máscaras en la que hace de actriz principal y sus pocas amigas solteras hacen de artistas invitadas. Soberana en su firmeza y su pose lanza miradas de fingida indiferencia a la multitud sin saber bien qué está buscando o a quién está esperando. La música del momento hace de maremoto que arrasa con las palabras a su paso, emponzoñando un aire ya de por sí saturado de tabaco y soledad, su soledad.
La imagino comprando el conjunto que lleva días o semanas antes, entrando en una u otra tienda y desviviéndose por encontrar alguna prenda que favoreciese la poca belleza que la madre naturaleza, con su tiranía y crueldad características, le otorgó al nacer. La veo horas antes de salir en su casa, sacando del armario sus prendas, tendiéndolas sobre su cama y pensando en si por fin esa será la gran noche en la que conocerá al príncipe azul de su cuento de hadas particular. Tiene veintidós o veintitrés años y no sabe lo que es amar y ser amada, desconoce el calor de una mano o el dulce sabor de un beso en los labios, no atisba a comprender qué se siente al compartir su cuerpo desnudo con otro bajo unas sábanas. Su vida hasta la fecha ha estado llena de tardes de Otoño grises, versos sin su nombre y San Valentines baldíos de rosas y cartas de amor. Ahora, en el pub, percibo cómo el maquillaje que parapeta su corazón tiembla al retener la desilusión que lo consume, aquella que apura los minutos de reloj manteniendo la esperanza.
Una amiga saluda a ambas a lo lejos y levanta una cámara de fotos. Ella saluda con la mano, abraza a su amiga por los hombros y posa intentando esbozar la mejor de sus sonrisas, víctima de una escena no exenta de triste patetismo: hace lo posible y lo imposible para que algún hombre se fije en ella pero intuye que sus esfuerzos son en vano pues en el pub hay otras chicas mucho más guapas. Aquí y allá pasean jóvenes casi sacadas de la pasarela Cibeles, divinas en sus vestidos Vogue y sus tacones de mujer fatal, sobradas de soberbia y egoísmo a la vez que carentes de humanidad y respeto. Maestras en el arte del desprecio esperan para sí mucho más que un mero príncipe azul con jornada laboral de diez horas y sueldo mileurista: esperan un auténtico príncipe con corcel blanco y palacio de ensueño, lo menos que se merecen unas princesas como ellas. Ellos, sentados a la barra o en pie, intentan cortejar a las Barbies de saldo simulando el movimiento de los pavos reales cuando despliegan sus plumas, empecinados en su ceguera y su idiotez, obviando injustamente la presencia de una pobre chica que no busca más que cuatro palabras educadas que le permitan soñar despierta.
Pasa el tiempo y el local se va vaciando, dejando tras de sí un suelo de cristales rotos, punzantes como la pena que la aflige. Es hora de volver al hogar, de reencontrarse con su cama vacía y sus pañuelos de papel cargados de lágrimas. La chica y su amiga se levantan y comienzan a caminar con paso apresurado, cruzando el pasillo hacia la puerta como quien huye de un túnel oscuro lleno de terror y fantasmas. Yo la miro mientras se marcha, maldiciendo lleno de rabia al inventor de este mercado donde las brujas siempre ganan y las hadas están condenadas a perder eternamente.
