Una gota, otra, cientos, miles de ellas. Está lloviendo, a ratos casi diluviando. Las nubes se han unido entre sí y al cerrarse han empezado a derramar agua a borbotones. Dicen que es algo típico de esta época del año. No es así, yo sé el verdadero motivo de por qué llueve: he oído a las farolas suspirar melancólicas por su recuerdo, he sentido cómo los rincones se deprimían en soledad. Hasta las piedras de las calles la echan de menos, incluso las aceras son más grises que nunca porque añoran el tacto de sus pies, el calor de su presencia. No llueve en el pueblo por ninguna borrasca o algo parecido, llueve porque todo lo que hay en él necesita de la luz que sólo Ella irradia: el pueblo llora en secreto la pena que le produce su ausencia.
Quizás no sea así, quizás eso es lo que siento cuando veo la lluvia caer a través del cristal de mi ventana. Hace semanas que no la veo. Su presencia es un triste consuelo para quien desea poder escribirle los mejores poemas del mundo pero cada kilómetro que me separa de Ella se me hace un abismo. Ella, la mujer más hermosa jamás nacida, la obra de un dios caprichoso que en el octavo día de la creación jugó a moldear la mejor de sus obras. El resultado sobrepasó todas sus expectativas: Ella es única entre las demás.
Centelleos, relámpagos y luego truenos. A las lágrimas que caen del cielo se le une el gemido de los muros. Me sorprende cómo de pronto todo lo que forma el pueblo se ha reunido para solicitar a los ángeles su pronta vuelta. Veo los naranjos, miro el azahar: está mustio. Ni su aroma ni la delicada blancura con la que se viste han podido retenerla. Ella ahora vive lejos, en la ciudad. Sevilla entera la halaga porque su magnificencia hace que la ciudad rebose vida y alegría. De noche el Guadalquivir baila feliz con el reflejo de la luna para celebrar los momentos en los que Ella mira con dulzura y candidez a sus aguas. Es entonces cuando la tarde se vuelve rosácea del rubor que le produce la sonrisa que Ella le dedica.
El pueblo se apena, la ciudad la adora, yo la imagino. Ojala supiese torcer las palabras con mayor maestría. Los relojes se han puesto de acuerdo para adelantar el paso de los segundos. El papel en blanco es gigante invisible que aplasta todo lo que quiero plasmar en él. El tiempo pasa, se desliza entre mis dedos como si de un puñado de arena se tratase. En su pasar arrastra mis ideas, mis frases, todo aquello que ya forma parte de mí.
Sigue lloviendo. Miro el agua caer: quiero ser el paraguas que la proteja a Ella de todas las tormentas de la vida, quiero ser el parapeto tras el cual no pase ninguno de los horrores que ocultos tras los rincones nos acechan a todos, quiero ser el pañuelo que recoja las perlas que derramen sus ojos. Quiero ser tantas y tantas cosas que al final no alcanzo ninguna.
Allá arriba un claro se abre y permite a un tímido rayo de sol alcanzar tierra firme. Salgo de mi habitación, lo observo sobre el suelo: a pesar de lo espeso de las nubes este rayo ha conseguido esquivarlas y llegar a mis pies. Él, sin la ayuda de nadie, ha conseguido una hazaña imposible: atravesar la oscuridad de una tormenta.
Quien dice un rayo de sol dice un sueño, aunque sea uno despierto. Si lo compartes con otras personas ellas te dirán que tus esfuerzos son en vano, que jamás alcanzarás lo que te pretendes. Ése es mi caso: intento halagar con mis escritos torpes a una desconocida, nombrándome a mí mismo poeta de una sociedad egoísta que ha olvidado cómo soñar.
Mis palabras son otro rayo más en medio de la oscuridad que produce lo desconocido. Yo para Ella soy eso, algo desconocido. Alas daría a mis pensamientos para que iluminasen el corazón de Ella. Pongo toda mi fe y mis buenos deseos a sus pies, al servicio de la musa y dueña de todos mis versos y anhelos.
Sé que no llegaré a conocerla. Sé que es un imposible, una batalla perdida, la alucinación de un loco. Aún así mantengo la esperanza. De hecho la esperanza misma ha venido a buscarme: está aquí, delante mía, como rayo de sol escapado de una cárcel de nubes.
Ella, siempre Ella, por siempre Ella.
