Me sonreía con amabilidad, con esa sonrisa que sólo saben esbozar las personas sencillas, aquellas que miran la vida con estoicismo y esperanza, esa extraña mezcla que hace mucho tiempo se agotó en las grandes ciudades. Su sonrisa se asomaba bajo dos cejas castañas muy pobladas, con alguna que otra caspa visible, y acompañaba cada palabra con un leve vaivén de la cola de caballo con la que recogía su pelo castaño. Me hablaba a mí y mi familia de los males que afectaban a su marido y que le tenían desde hará semanas en una cama de hospital. Yo la observaba de soslayo, tumbado sobre la mía. Me recuperaba de una operación a la que me había sometido ese mismo mediodía y la escuchaba a la vez que maldecía el tener que llevar una sonda metida en una vena de mi muñeca izquierda. Más que dolerme la aguja lo que me dolía era la impotencia de tener que esperar al menos dos días a que me la quitasen. En fin, era por mi bien, no podía quejarme.
El marido enfermo estaba sentado, apoyando la espalda sobre el respaldo inclinado que formaba la cabecera. Era un hombre cercano a la cincuentena, de pelo cano y rizado, coronilla fruto de la edad y barba espesa de varios días. Tenía los ojos saltones y una gigantesca barriga. Era grande, enorme como un oso. No hablaba apenas, se limitaba a hacer comentarios esporádicos mientras sonreía y asentía lo que decía su esposa. Dicho sea de paso, su cama era del mismo modelo que la mía. Según dijo algún que otra enfermera las camas eran nuevas, “de última tecnología”. Bastaba apretar unos botones para que el respaldo se levantase a voluntad. Sin embargo no tenía ninguno que al apretarlo sanaras mágicamente y salieras de allí perfectamente, sin tener que estar ingresado a saber cuanto tiempo. A ver cuando lo inventan.
El discurso de la mujer lo interrumpió una enfermera que vino a lavar al hombre. Mi familia salió de la habitación, se echaron las cortinas y la joven comenzó la tarea. Tras unos minutos dijo que tenía que salir porque se le había olvidado algo, que no tardaría nada. Cerró la puerta y el matrimonio habló por lo bajo. Hubo risas, hubo comentarios, hubo complicidad: hubo amor. Noté ese amor que se procesan los cónyuges tras años de convivencia; ese que no se falsifica, que no se puede ocultar ni debajo de todas las alfombras del mundo; ese que ha llenado páginas de libros, que ha ennegrecido con tinta generaciones enteras de escritores; ese sentimiento que se puede perseguir en mil años y que algunos consiguen encontrarlo: aquellos con bondad, con buen corazón, aquellos de espíritu sereno y abnegado.
Recordé ese viaje en tren que hice hará 6 o 7 meses, un día que volvía de la ciudad al pueblo. Me senté delante de una pareja joven que viajaba con su hijo pequeño. Por su acento no eran españoles sino más bien sudamericanos. Al que más se oía era al supuesto padre del niño que no dejaba de entretenerle tocando con las palmas de las manos y la superficie de la mesita que tenía ante sí una melodía caribeña propia de timbales. No sé adonde iban, no sé a qué se dirigían, pero estaban contentos ambos, padre e hijo, y sus risas, lejos de molestar, impregnaban el ambiente de sensaciones agradables.
El matrimonio del hospital, el hombre del tren, su hijo y sus vivencias son música. Es la música de los que nos rodean día tras día, de quienes sin ser importantes ni famosos son imprescindibles; es el son de los granos de arena que forman la playa o de las gotas de agua que trae la lluvia; es la prueba de que en esta vida que nos ha tocado vivir sí hay días soleados y noches de baile perpetuo.
Sé que hay quien los llama “perdedores”, “don nadies”, incluso “subhumanos”. Yo los llamo personas, héroes, guerreros, amazonas, la quintaesencia y razón de ser de nuestra existencia. Son el desafío al consumismo, a los egos exacerbados y al discurso prepotente y envenenado con el que nos machacan los oídos a diario. Son la imagen de la esperanza.
Brindo por ellos.
