La canción del navegante

26 Octubre 2008

Lluvia

Archivado en: Reflexiones — quieroserpoeta @ 11:26 pm
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Una gota, otra, cientos, miles de ellas. Está lloviendo, a ratos casi diluviando. Las nubes se han unido entre sí y al cerrarse han empezado a derramar agua a borbotones. Dicen que es algo típico de esta época del año. No es así, yo sé el verdadero motivo de por qué llueve: he oído a las farolas suspirar melancólicas por su recuerdo, he sentido cómo los rincones se deprimían en soledad. Hasta las piedras de las calles la echan de menos, incluso las aceras son más grises que nunca porque añoran el tacto de sus pies, el calor de su presencia. No llueve en el pueblo por ninguna borrasca o algo parecido, llueve porque todo lo que hay en él necesita de la luz que sólo Ella irradia: el pueblo llora en secreto la pena que le produce su ausencia.

Quizás no sea así, quizás eso es lo que siento cuando veo la lluvia caer a través del cristal de mi ventana. Hace semanas que no la veo. Su presencia es un triste consuelo para quien desea poder escribirle los mejores poemas del mundo pero cada kilómetro que me separa de Ella se me hace un abismo. Ella, la mujer más hermosa jamás nacida, la obra de un dios caprichoso que en el octavo día de la creación jugó a moldear la mejor de sus obras. El resultado sobrepasó todas sus expectativas: Ella es única entre las demás.

Centelleos, relámpagos y luego truenos. A las lágrimas que caen del cielo se le une el gemido de los muros. Me sorprende cómo de pronto todo lo que forma el pueblo se ha reunido para solicitar a los ángeles su pronta vuelta. Veo los naranjos, miro el azahar: está mustio. Ni su aroma ni la delicada blancura con la que se viste han podido retenerla. Ella ahora vive lejos, en la ciudad. Sevilla entera la halaga porque su magnificencia hace que la ciudad rebose vida y alegría. De noche el Guadalquivir baila feliz con el reflejo de la luna para celebrar los momentos en los que Ella mira con dulzura y candidez a sus aguas. Es entonces cuando la tarde se vuelve rosácea del rubor que le produce la sonrisa que Ella le dedica.

El pueblo se apena, la ciudad la adora, yo la imagino. Ojala supiese torcer las palabras con mayor maestría. Los relojes se han puesto de acuerdo para adelantar el paso de los segundos. El papel en blanco es gigante invisible que aplasta todo lo que quiero plasmar en él. El tiempo pasa, se desliza entre mis dedos como si de un puñado de arena se tratase. En su pasar arrastra mis ideas, mis frases, todo aquello que ya forma parte de mí.

Sigue lloviendo. Miro el agua caer: quiero ser el paraguas que la proteja a Ella de todas las tormentas de la vida, quiero ser el parapeto tras el cual no pase ninguno de los horrores que ocultos tras los rincones nos acechan a todos, quiero ser el pañuelo que recoja las perlas que derramen sus ojos. Quiero ser tantas y tantas cosas que al final no alcanzo ninguna.

Allá arriba un claro se abre y permite a un tímido rayo de sol alcanzar tierra firme. Salgo de mi habitación, lo observo sobre el suelo: a pesar de lo espeso de las nubes este rayo ha conseguido esquivarlas y llegar a mis pies. Él, sin la ayuda de nadie, ha conseguido una hazaña imposible: atravesar la oscuridad de una tormenta.

Quien dice un rayo de sol dice un sueño, aunque sea uno despierto. Si lo compartes con otras personas ellas te dirán que tus esfuerzos son en vano, que jamás alcanzarás lo que te pretendes. Ése es mi caso: intento halagar con mis escritos torpes a una desconocida, nombrándome a mí mismo poeta de una sociedad egoísta que ha olvidado cómo soñar.

Mis palabras son otro rayo más en medio de la oscuridad que produce lo desconocido. Yo para Ella soy eso, algo desconocido. Alas daría a mis pensamientos para que iluminasen el corazón de Ella. Pongo toda mi fe y mis buenos deseos a sus pies, al servicio de la musa y dueña de todos mis versos y anhelos.

Sé que no llegaré a conocerla. Sé que es un imposible, una batalla perdida, la alucinación de un loco. Aún así mantengo la esperanza. De hecho la esperanza misma ha venido a buscarme: está aquí, delante mía, como rayo de sol escapado de una cárcel de nubes.

Ella, siempre Ella, por siempre Ella.

24 Octubre 2008

Tic tac

Archivado en: Textos — quieroserpoeta @ 5:04 am
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Doce de la mañana

Camino por la calle, de vuelta del trabajo. Te veo sentada en un portal, conteniendo un sollozo que se te escapa en forma de lágrimas. Caen al suelo, se pierden en él, penetran en mí: son piedras preciosas. Me acerco, te ofrezco un pañuelo de papel y veo centellear un móvil en tu mano izquierda. Letras, un mensaje y tú. Te digo: “no creo que el dueño de ese mensaje sea digno del honor que le otorgas al llorarle”. Levantas la vista y tus ojos rasgados quedan pétreos ante los míos. Mi subconsciente posee mi boca y añade: “quién fuera lágrima…”. Me sonríes y te pregunto si puedo sentarme contigo para charlar. Dudas unos segundos y tu hilo de voz me dice que sí. A la hora nos despedimos, tras intercambiar números de teléfono. Te vas, ahora soy dígitos binarios en tu bolso.

El tic-tac acompasado empieza a cambiar de ritmo.

Una de la tarde

En mi bolsillo vibra el teléfono durante una reunión con mi jefe. Al rato te llamo. Me agradeces los mensajes que te dedico, esa suerte de versos entrecortados que cincelo a golpe de botón para transmitirte la vida que en mí despiertas. Te respondo que no es nada, que estoy a tu entera disposición las 24 horas, que eres maravillosa y que de no enviarte esos SMS mis dedos se habrían independizado de madrugada y tras robarme el móvil te los habrían enviado. Cuelgo y me siento príncipe azul sin castillo ni corcel.

El tic-tac pierde el compás por momentos.

Dos de la tarde

Estoy a la salida de tu trabajo. Me he fugado antes de tiempo del mío, no podía esperar más. Te llamo, me dices que enseguida bajas. Apareces por la puerta principal del edificio de oficinas: Afrodita sale del océano y su manto invisible lo recogen cien angelillos. Vamos a almorzar a un pequeño restaurante cercano. Entre el primer y el segundo plato mi mano coge la tuya. La aprietas con fuerza mientras te sonrojas. El mejor postre son tus besos. A partir de entonces te llamaré locura, mi locura. Serás mi secreto.

El tic-tac se revoluciona sin remedio.

Tres de la tarde

Hoy no nos veremos, hoy trabajaré hasta muy tarde. Ayer el bramar de tu resignación transformó mi corazón en cabeza de alfiler. Tecleo ante el monitor, con un bocadillo y un refresco miserables sobre el escritorio. Sueño despierto: soy martillo que reduzco a añicos todos los servidores del planeta; soy gasolina que incendia mil millones de oficinas; soy ley que prohíbe el trabajo, la que declara el amor sin fronteras… Recibo un mensaje tuyo: me echas de menos, me quieres. Veo cómo llueven pétalos de rosa de los tubos fluorescentes.

El tic-tac acelera hasta hacer un ruido continuo.

Cuatro de la tarde

Tras un breve almuerzo te invito a mi apartamento. Damos un largo paseo mientras bromeas sobre si son ciertas esas historias que a veces te cuento sobre lo desordenado que soy. Entras, se cierra la puerta y dejo que mis labios rocen tu cuello. Surge la pasión, la ropa queda en el camino, las paredes miran hacia otro sitio, mi piel se desgarra al sentir la tuya. Eres volcán, supernova, llamarada, sustancia de magma que me abrasa. El sol que entra por las ventanas nos envidia.

El tic-tac truena de placer.

Cinco de la tarde

Estamos en el cine. Tres butacas ocupadas, el resto vacío. Miento: en esta sala está tu omnipresencia. Te siento en la tela de los sillones, en la luz de la pantalla, en el leve sonido del proyector. Los filósofos griegos se equivocaron: sus elementos no conforman la materia, tú eres la materia, la Naturaleza te replica en los objetos. Apoyas tu cabeza sobre mi hombro y el olor de tus cabellos me llevan a otra dimensión de campos en flor y eternas primaveras. La Felicidad se ha manifestado en cuerpo de mujer.

El tic-tac produce un leve silbido.

Seis de la tarde

Estamos en una cafetería con mis amigos. Gabriel y su novia te hacen reír, yo hablo con Roberto, el cual me felicita por el buen gusto que tengo y por lo simpática que eres. A la hora es Fernando quien consigue que te sientas en familia. Te veo, los veo a ellos y sonrío para mí: se están esforzando a más no poder. Son mis amigos, lo son por algo. Me dices al oído que si estos meses son un sueño que te despierte. Guardo silencio: tú eres la guardiana de todos los míos.

El tic-tac silba un vals.

Siete de la tarde

Tus padres nos invitan a merendar. Hoy los conoceré. Sé que es un paso importante, crucial en nuestro noviazgo. Estoy aterrado, quiero resultarles lo más agradable que pueda. Compro algunos dulces en una confitería del centro de la ciudad. Me salen carísimos pero el gasto merece la pena. Vuelvo a mi apartamento justo antes de tu llegada. Entras en el salón, te beso y deslizo mis manos bajo tu vestido. Te quejas diciendo que no tenemos tiempo, se hace el silencio, en segundos te rindes a mí: te equivocas, soy yo quien se rindió a ti la mañana que nos conocimos. Puedo ver en el techo al escritor del kamasutra enfurecido, somos el desafío a su sabiduría. Los relojes pueden esperar, tú creaste el tiempo y eres su diosa.

El tic-tac recompone la Novena Sinfonía.

Ocho de la tarde

Te mudas a mi apartamento. Llevamos ya mucho saliendo y este paso nos llena de ilusión. Al fin juntos, al fin inseparables: la convergencia de la tierra y el agua, el ruiseñor y la paloma compartiendo nido, noche y estrellas en su eternidad, alfa y omega jugando al escondite en el laberinto del Minotauro y el Minotauro reconvertido en Apolo por el abrazo de Afrodita. Traes contigo tus cosas y comienzas a instalarte. Tus pertenencias cobran vida, son el futuro que pones ante mí, aquel que no logré atisbar el día que vine al mundo.

El tic-tac desafía a Mozart y Beethoven.

Nueve de la noche

Regreso a casa, a nuestra casa, destrozado después de una jornada de trabajo maratoniana. Me duele la espalda, o eso creo: desde que compartimos hogar no sé lo que es el dolor físico. Contigo la ciencia médica ya no existiría pues eres bálsamo para mis músculos. Si algo me hace sufrir son los milímetros que me separan de tu lado. Tus amigos, los míos, las cenas, los eventos sociales, tus detalles, tus tequieros a bocajarro, el verte salir de la ducha…¡Ay, quién fuera ducha! Ducha, albornoz, sábanas, zapatos de tacón, el catálogo de Vogue entero. Entro en el salón y veo la cena lista a la luz de un par de velas; voy al dormitorio y te descubro maquillándote. Has querido darme una sorpresa porque dices que jamás antes habías sido tan feliz. Oigo en la calle a los poetas romper sus cuadernos: no pueden vencer a los poemas que recita tu pintalabios.

El tic-tac asciende a los cielos para cantar con los ángeles.

Diez de la noche

Éramos únicos, éramos invencibles, Romeo y Julieta de la nueva Era … y el tiempo nos apuñaló por la espalda. No sé en qué momento perdimos la esencia de magia ancestral, pero la perdimos. El pintalabios enmudeció, tu cuerpo se apagó, tu sonrisa dejó de brillar y mi cerebro cesó de componer. Quedamos tú y yo, normales, humanos, monótonos; carne, sangre, piel y huesos que seguían bajo un estrecho vínculo. Mas los días confabularon para copiarse unos a otros y se hicieron iguales: trabajo, televisión y cena congelada. Se terminaron las salidas, los DVDs consiguieron aprisionarnos y tirar la llave de nuestra celda al primer agujero negro que encontraron. Pero yo te quería y tú a mí, y la vida continuaba.

El tic-tac añora el compás de antaño y se esfuerza por recordarlo.

Once de la noche

Plomo. Hay plomo en mis pulmones, en mis venas y en la pintura de los tabiques. No es plomo, es silencio, ése en el que nos refugiamos cuando discutimos por cualquier imbecilidad. Ya no hay palabras de amor sino reproches. De pronto no somos ni humanos porque nos hemos transformado en dos sacos de defectos que nos lanzamos a la cara. Nos apedreamos verbalmente. Me levanto por las mañanas, me afeito y deseo ser el chorro que se escapa por el desagüe: mi vida es una pesadilla, nuestra vida es una aberración. ¿En qué nos hemos equivocado?

El tic-tac vuelve poco a poco a su viejo ritmo.

Doce de la noche

Hemos roto. Por una maldita discusión, tan estúpida como las anteriores, recogiste tus cosas y te fuiste de mi apartamento. No podías más, me lo gritabas a lágrima viva, cerraste la puerta cargando con tus maletas. Yo no te oí, no pude porque la sangre invisible que supuraban mis oídos me lo impedía. Mi corazón se desangraba en su letargo y tu portazo terminó por resquebrajarlo. Te fuiste, para siempre. Quise llorar, pero no tenía fuerzas.

Hace mucho de esa última noche. Ahora estoy aquí, apostado en la barra de un pub de mala muerte, rodeado de mis amigos, antes tan cercanos, ahora tan ajenos a mí. Quieren ayudarme a superarlo, lo intentan,  pero no pueden. Nadie puede.

Una veinteañera muy guapa está sentada al otro extremo. No cesa de mirarme. Con total descaro le devuelvo la mirada y nos quedamos durante más de un minuto conectados por los ojos, sin pestañear. Observo mi copa, la apuro de un trago y voy hacia ella.

Y el tic-tac, antes acompasado, vuelve a cambiar de ritmo.

22 Octubre 2008

Recuerdos

Archivado en: Reflexiones — quieroserpoeta @ 5:17 am
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Ojos negros, profundos, radiantes. Pelo rubio rizado, rasgos de niña de no haber roto un plato jamás y una sonrisa que cortaba la respiración. Quince motivos en su haber para rendirse a sus encantos.

La conocí en la fiesta de Navidad de la cual ambos formábamos parte, allá por el 96. Por entonces era un crío de dieciséis años que empezaba a frecuentar ‘botellones’ y discotecas (afición que mantengo en la actualidad, dicho sea de paso). Tres meses antes de conocerla un compañero de mi clase me invitó a salir el sábado de esa misma semana con su grupo de amigos. Con mi timidez característica decidí iniciarme en eso que  llamaban ‘la noche’, le eché valor y salí. La experiencia fue muy positiva: hice con el tiempo grandes ‘colegas’, me integré en su grupo y participé con ellos en el alquiler de una casa vieja donde íbamos a pasar las Navidades entre copa y copa (por aquella época era costumbre entre los de nuestra edad).

Me la presentó el compañero de instituto del que ya os he hablado. Resultaba que eran primos, de ese detalle me enteré más adelante. El caso es que trago tras trago terminé acompañando a ella y a su amiga de vuelta a casa, resguardándonos de la lluvia que caía esa madrugada bajo un paraguas raído. No era de ninguna de ellas, lo ‘tomaron prestado’ de un  amigo mío que iba detrás nuestra, mojándose y acordándose de nuestros respectivos familiares (lógico, por otra parte). Mi sentido del humor para con ellas tuvo su premio: “¡qué bien me caes!”, me dijo ella, arqueando una magnífica sonrisa. Esa frase me sonó a música celestial.

Cuando la conocí yo ya estaba enamorado de otra chica de mi clase. Llevaba escribiéndole poemas desde el verano, palabras que al final terminaban en ninguna parte, quizás en el fondo de un cajón, criando polvo y exilio. Los escribía de madrugada, sin saber bien de qué me serviría. Sabía que no tenía posibilidades de intimar con ella, que mis esfuerzos nunca se verían recompensados: mi compañera de clase tenía novio, desde hacía años. No había nada que hacer. Enamorado, sí, pero platónicamente.

La joven de los ojos bonitos comenzó en Navidad a salir con ‘el guapo’ del grupo. Se dejaba ver por el instituto en los recreos. Sin embargo estaba la mayor parte del tiempo o paseando con una amiga suya o con su pareja, entre los setos del pequeño jardín o sentados y apoyados sobre una pared cualquiera del recinto. Nos saludábamos, pero poco más. Cuando charlábamos más era los fines de semana, casi siempre en el ‘botellón’: risas, bromas y muy buen ambiente, cosas de la edad y la ilusión por la vida.

Segundo a segundo comprendí que era imposible que no me fijase en ella; era imposible que no la contemplase como a lo más bello del universo si estaba a pocos metros de mí; y cuando no estaba era imposible que no pensase en ella. En definitiva, era imposible que no me enamorase como lo hice, como lo hace alguien que ama con todo su ser: sin condiciones, sin oposición.

Mi intuición no me falló: a principio de Febrero del 97 rompió con su pareja. En el grupo de amigos los chicos y las chicas salían y dejaban de salir con una facilidad pasmosa: ésta no fue una excepción. Era mi oportunidad. Ahora sí podía decir lo que sentía, ahora sí era libre de acercarme, era libre para sacar a la luz los sentimientos que ella despertaba en mi interior. Pero la pregunta era: ¿cómo?

Vi el calendario: San Valentín estaba próximo. El día de los regalos y las rosas, el día de las cartas anónimas, el día del ‘me gustas’ y del ‘te quiero’: ese era mi día.

Una bala de plata, una bien pulida, perfecta, preparada para ser certera; cupido y la mejor de sus flechas plasmada en papel; mis sentimientos impresos como gotas de rocío sobre una ventana al amanecer; mi alma hecha poema. Pero no uno cualquiera, no: el mejor, uno grande entre los grandes, único entre todos los que había escrito.

Me puse manos a la obra. Cada día dedicaba largo rato a pensarlo y componerlo: “empiezo así…no, no me convence; lo cambio por esto otro…tampoco, suena falso; a ver qué tal queda esto…sí, mucho mejor”. En tres o cuatro días (y alguna que otra madrugada) tuve listo la más poderosa de mis armas de seducción. Estaba orgulloso del acabado. No podía fallar.

Metí el poema en un sobre y lo guardé hasta el día clave. Dudé entre ponerle nombre o dejarlo como anónimo. Al final decidí no poner remitente, actuar como admirador secreto, para darle más emoción y que sintiera curiosidad. Craso error.

Cuando ese día llegó lo eché a primera hora de la mañana al buzón que habían habilitado los de delegación de alumnos a tal efecto (no me acuerdo si eran de delegación o a qué asociación pertenecían). A mediodía repartieron los sobres y las rosas clase por clase. Seguro que le llegaría, seguro que sus manos suaves y delicadas iban a rozar el papel y mis letras, seguro que le encantaría.

La siguiente vez que hablé con ella no comentó nada del poema. Decía que había recibido alguna felicitación de sus amigas pero nada más. Gran decepción, quedé desolado: ¿adonde habría ido el sobre? ¿le habría llegado? ¿o era una excusa y sabía que yo lo había enviado? No, no puse nombre, no puede saber que es mío.

Los días pasaron. Yo comencé a tomar el camino de vuelta a casa que pasaba al lado de la casa de ella, para intentar coincidir al salir de las clases y conseguir así más amistad. A veces la pillaba pero otras no: apretaba el paso sin que yo pudiera alcanzarla. Volvió con su antiguo novio. Además, los fines de semana empezó distanciarse de mí, como a rehuirme. Al principio creía que eran imaginaciones mías. No lo eran: un mes después de San Valentín apenas sí me saludaba.

Era evidente que había recibido el poema y que tras leerlo concluyó que lo había mandado yo. Podría secar mares enteros de tinta intentado expresar lo que me dolió su desprecio: era cruel, era inhumano, era horrible. Punzaba y me asfixiaba. Una y mil veces me preguntaba en qué me había equivocado. Sufrí, vaya si sufrí.

Cuando llegó el verano del 97 ella volvía a estar sin pareja. Me comentaron que su ex-novio había pasado un calvario saliendo con ella: infantil, caprichosa, maleducada, con pésimo carácter y egoísta hasta límites insospechados, así la definía él. Lo más divertido es que la opinión del joven la secundaban otros chicos del grupo con los que había tenido problemas y la práctica totalidad de sus amigas: se había peleado con casi todas, una por una. Terminaron por echarla del grupo, arrastrando consigo a la única amiga que le quedaba.

Como reza el dicho: “no hay peor ciego que el que no quiere ver”. Jugué mi corazón al número equivocado y perdí. Lo pagué bien caro, puedo asegurarlo.

No todo fue negativo en esta historia: una noche de ese mismo verano estaba yo sentado en las escaleras de la plaza del pueblo con más amigos míos. Ella estaba sentada a pocos metros de mí, con la amiga que le quedaba y un par de chicos mayores con los cuales empezaban a juntarse. Yo conocía a uno de ellos y por eso seguía su conversación a medias. No recuerdo bien por qué fue, el caso es que ella se dirigió a mí y me dijo algo. La oí pero no la entendí por completo. Le dije que si podía repetirlo, que no me había enterado de toda la frase, a lo que ella respondió que no, que daba igual, que no tenía importancia. Me quedé pensativo, intentado recordar qué era lo que me había dicho. A los pocos segundos recordé la frase en su totalidad:

“Tú eres un poeta

19 Octubre 2008

Poema de amor

Archivado en: Poemas — quieroserpoeta @ 10:31 pm
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Caminando entre las nubes
y encendiendo la mañana
te veo entre mis sueños.

La primavera duerme en tu sonrisa,
y es tu alegría
el canto de los pájaros,
el perfume de las flores,
el manto de la vida
y la luz del atardecer.

Pelean el viento y los rayos del sol
por poder acariciar tu cara;
luchan las aguas de los ríos
y las corrientes de los mares
por besar tus labios de rubí;
compiten los pajarillos, los ruiseñores y las palomas
por poder posarse en tus manos
y sentir la fina piel de tus dedos.

Vestida con hilos de plata
paseas por el Edén de los cielos;
y las rosas del camino,
rebosantes del rocío matinal,
derraman diamantes y zafiros
cuando por su lado pasas.

No hay sonidos en el mundo
que rocen tan suavemente al alma
como cada una de tus palabras,
y no hay néctar en el mundo
tan dulce y tan sabroso
como el que fluye de tus labios.

Bella, perfecta, encantadora,
así eres,
diosa del Olimpo,
lucero del cielo,
flecha del amor
y reina del Edén.

Tú gobiernas mi mundo,
tú gobiernas mis sueños,
tú gobiernas mi vida.

Simplemente, te quiero.

17 Octubre 2008

Hospital, tren, vida

Archivado en: Reflexiones — quieroserpoeta @ 4:03 am
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Me sonreía con amabilidad, con esa sonrisa que sólo saben esbozar las personas sencillas, aquellas que miran la vida con estoicismo y esperanza, esa extraña mezcla que hace mucho tiempo se agotó en las grandes ciudades. Su sonrisa se asomaba bajo dos cejas castañas muy pobladas, con alguna que otra caspa visible, y acompañaba cada palabra con un leve vaivén de la cola de caballo con la que recogía su pelo castaño. Me hablaba a mí y mi familia de los males que afectaban a su marido y que le tenían desde hará semanas en una cama de hospital. Yo la observaba de soslayo, tumbado sobre la mía. Me recuperaba de una operación a la que me había sometido ese mismo mediodía y la escuchaba a la vez que maldecía el tener que llevar una sonda metida en una vena de mi muñeca izquierda. Más que dolerme la aguja lo que me dolía era la impotencia de tener que esperar al menos dos días a que me la quitasen. En fin, era por mi bien, no podía quejarme.

El marido enfermo estaba sentado, apoyando la espalda sobre el respaldo inclinado que formaba la cabecera. Era un hombre cercano a la cincuentena, de pelo cano y rizado, coronilla fruto de la edad y barba espesa de varios días. Tenía los ojos saltones y una gigantesca barriga. Era grande, enorme como un oso. No hablaba apenas, se limitaba a hacer comentarios esporádicos mientras sonreía y asentía lo que decía su esposa. Dicho sea de paso, su cama era del mismo modelo que la mía. Según dijo algún que otra enfermera las camas eran nuevas, “de última tecnología”. Bastaba apretar unos botones para que el respaldo se levantase a voluntad. Sin embargo no tenía ninguno que al apretarlo sanaras mágicamente y salieras de allí perfectamente, sin tener que estar ingresado a saber cuanto tiempo. A ver cuando lo inventan.

El discurso de la mujer lo interrumpió una enfermera que vino a lavar al hombre. Mi familia salió de la habitación, se echaron las cortinas y la joven comenzó la tarea. Tras unos minutos dijo que tenía que salir porque se le había olvidado algo, que no tardaría nada. Cerró la puerta y el matrimonio habló por lo bajo. Hubo risas, hubo comentarios, hubo complicidad: hubo amor. Noté ese amor que se procesan los cónyuges tras años de convivencia; ese que no se falsifica, que no se puede ocultar ni debajo de todas las alfombras del mundo; ese que ha llenado páginas de libros, que ha ennegrecido con tinta generaciones enteras de escritores; ese sentimiento que se puede perseguir en mil años y que algunos consiguen encontrarlo: aquellos con bondad, con buen corazón, aquellos de espíritu sereno y abnegado.

Recordé ese viaje en tren que hice hará 6 o 7 meses, un día que volvía de la ciudad al pueblo. Me senté delante de una pareja joven que viajaba con su hijo pequeño. Por su acento no eran españoles sino más bien sudamericanos. Al que más se oía era al supuesto padre del niño que no dejaba de entretenerle tocando con las palmas de las manos y la superficie de la mesita que tenía ante sí una melodía caribeña propia de timbales. No sé adonde iban, no sé a qué se dirigían, pero estaban contentos ambos, padre e hijo, y sus risas, lejos de molestar, impregnaban  el ambiente de sensaciones agradables.

El matrimonio del hospital, el hombre del tren, su hijo  y sus vivencias son música. Es la música de los que nos rodean día tras día, de quienes sin ser importantes ni famosos son imprescindibles; es el son de los granos de arena que forman la playa o de las gotas de agua que trae la lluvia; es la prueba de que en esta vida que nos ha tocado vivir sí hay días soleados y noches de baile perpetuo.

Sé que hay quien los llama “perdedores”, “don nadies”, incluso “subhumanos”. Yo los llamo personas, héroes, guerreros, amazonas, la quintaesencia y razón de ser de nuestra existencia. Son el desafío al consumismo, a los egos exacerbados y al discurso prepotente y envenenado con el que nos machacan los oídos a diario. Son la imagen de la esperanza.

Brindo por ellos.

9 Octubre 2008

Diálogo de mendigos

Archivado en: Historias de Kroham — quieroserpoeta @ 1:45 am
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Un leve carraspeo y un esputo ponían el broche final a un recital de toses enfermizas cuyo desagradable estruendo había cortado el silencio de la calle. El maestro de orquesta era un sintecho, otra alma anónima de las que pululaban por los guetos de Kroham. Un par de ojos vidriosos exploraban con avidez las aceras, asomados entre una espesa melena comida a piojos y una barba de meses, repleta de greñas. Parapetado en la esquina de un viejo almacén cerrado y rodeado de un puñado de cartones con olor a orina el mendigo apuraba trago a trago un cartón de vino barato con el que se olvidaba de su desgracia. Era una madrugada de otoño y el viento frio campaba con sus respetos.

En un momento dado distinguió a lo lejos a otro compañero de penurias, un conocido suyo. Llevaba a su espalda una gran bolsa de basura que abultaba más que él. Dentro iban sus pocas pertenencias, trapos y ropa sucia. Se dirigía a no se sabe dónde. Lo llamó a gritos: “¡Jimmyyyyyyyy! ¡oyeeeeee!”. El mendigo de la bolsa frenó su paso y se giró adonde venía la voz. Se acercó a la esquina con paso cansado y maltrecho. Al llegar a ella se desplomó en el suelo, sentándose en el suelo y dejando su carga a un lado. El borracho comenzó la conversación:

-    ¿Qué pasa hombre? ¿hace un trago? Es un remedio excelente contra la rasca.
-    No, gracias. No tengo ganas.

Se quedó en silencio unos segundos y dijo:

-    De lo único que tengo ganas es de morirme.
-    ¿Y eso? ¿qué te ocurre, a qué viene tanto pesimismo, habiendo vino?
-    Estoy harto de miseria y de no tener un techo donde dormir. Estoy harto de andar de un lado para otro, de que me traten como a un perro, de que me escupan los policías, de que me apaleen los niñatos de las bandas, de ver cómo las señoras huyen cuando les pido una moneda; estoy harto de esta vida de cucarachas, de tener que hacer esfuerzos por olvidar cómo he llegado hasta aquí, de malvivir con trapos y sobras…

El borracho lo escuchó con la cabeza gacha todo el rato. Jim continuó lamentándose un par de minutos más. Cuando se calló, alzó la vista a la farola que los alumbraba y sentenció:

-    Quiero morirme. Quiero poner fin a este calvario.
-    Eso no es difícil. Toma. Tengo entendido que si te lo clavas con fuerza en el estómago la muerte es casi instantánea.

El mendigo de los cartones le tiró a los pies un trozo de vidrio puntiagudo. Uno de sus extremos estaba cubierto con esparadrapo, a modo de puñal improvisado. Jim miró la punta con mezcla de deseo y horror. Cogió el vidrio y sin dejar de contemplarlo entre sus manos estuvo en silencio unos minutos más. Tras soltar un suspiro, añadió:

-    Cerca de aquí hay un supermercado. A estas horas es cuando terminan de hacer limpieza y tiran lo que no pueden vender, ya sabes, los alimentos caducados. En estas fechas han llegado a tirar cajas enteras de helados. Los hay hasta de turrón, fíjate. ¿Vamos?
-    Hmmmmm, buena idea Jimmy. Te acompaño.

Ambos se levantaron y bajaron la calle en dirección al supermercado. El trozo de vidrio quedó tirado al lado de la farola, sobre un cartón. Y allí se quedó por mucho tiempo.

6 Octubre 2008

Agua

Archivado en: Poemas — quieroserpoeta @ 1:45 am
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Agua de mi corazón,
fluye, explota, expándete,
sal de mi interior,
que nada te retenga.

Agua de mi corazón,
irriga los tejados,
empapa las paredes,
llueve sobre las aceras.

Agua de mi corazón,
hazte roja tinta,
traza mis sentimientos,
escribe todas mis letras.

Agua de mi corazón,
búscala en la distancia,
sé el regalo a su presencia,
sé la carta de mi ser.

Y la carta partió
y no halló respuesta;
y la tinta corrió
y no oyó halago;
y el agua se fue
y mi corazón se secó.

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