El autobús acelera, yo acelero, la carretera nos huye, los coches desaparecen. Percibo la charla afable del chofer, la gorra blanca del joven, la señora de enfrente y los rizos teñidos de la chica rubia.
Salta mi mente, saltan los pasajeros sentados, saltan los conductores al asfalto y las naves industriales de las afueras: caos de alquitrán, somnolencia, líneas blancas, jornadas grises, gasolina y humo, incomodidad e impaciencia, ladrillos amarillos y miradas perdidas. Hay fuego en la calle, hielo en los asientos y escarcha dentro de mí.
Vibran las ventanas, las cortinas, las ideas ociosas de los viajeros: he de almorzar aun, esta noche salgo, mañana saldré, el otro no sé. El movimiento lo engulle todo: los árboles, la tierra baldía, las piedras, el asfalto, el vehiculo, los que vamos en él. El movimiento no respira, no descansa, no cesa.
Y mi pulgar sobre el móvil se cree literato, ajeno a la verborrea de su amo, indiferente durante el trayecto. Y me vence el sueño, se paran mis neuronas, cierros los ojos, termina el juego.
Azul el cielo, verdes los campos, estéril las sílabas, invisible mi voz. De la ciudad vuelvo a casa. Por fin.
