La canción del navegante

4 Agosto 2008

Carta a un viejo amor

Archivado en: Textos — quieroserpoeta @ 11:59 pm
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Imagino lo que pensarás al recibir esta carta y leer el remitente: ¿y esto, qué es? Hace ya dos años que no hablamos cara a cara. Desde que dejamos de vernos hemos mantenido contactos esporádicos a distancia, quizás algún toque al móvil, uno o dos SMS y las coincidencias que hemos tenido por el Messenger. Tantos días separados y me parece que fue ayer. Ahora que estoy sin pareja me asaltan con más fuerza que nunca los recuerdos y quiero, con tu permiso, que mis palabras sirvan para que los rescatemos juntos.

Nos conocimos en un Chat y un ramo de rosas a la entrada de un cine sirvió para que a las horas nos besáramos. Salimos diez meses, poco tiempo pero el suficiente para sentir que contigo no existía mal en el mundo. Siendo bastante mayor mi inocencia y falta de madurez bailaban con tu inexperiencia al unísono: café, paseos, atardeceres en un banco a la orilla del Guadalquivir e intimidad en cualquier rincón, lejos del resto de la humanidad. Éramos tan diferentes que por mucho que nos quisiéramos siempre llegaba algo que quebraba la armonía. No en vano rompiste conmigo siete veces para reconciliarnos a los días otras tantas. No aceptaba la evidencia: estábamos condenados a estar como el perro y el gato. Era un ni contigo ni sin ti sin futuro, una cruel batalla en la que nos hicimos muchísimo daño. En las discusiones jugaba bien mis cartas pero empecinado en mi imbécil deseo de tener razón no me daba cuenta que tras cada victoria destruía más y más lo que nos vinculaba: un amor que en su imperfección nada ni nadie era capaz de limar. Nadie, salvo tú y yo.

Luego vino un año vacío y triste, de ‘amigos con derecho’, así nos definíamos. Surgió porque intentaba olvidarte pero no podía. Tú también te esforzabas por pasar página pero pasaban los días y terminabas por llamarme. Quedábamos pero ya el cielo no tenía ese halo de magia que nos acompañaba antes. Prueba de ello era que por mi lado buscaba en secreto nueva pareja. Quería dármelas de tipo duro, encontrar a alguien para sustituirte y vengarme de tantas rupturas. Me mentía a mí mismo: si conocía a otra no llegaba a más porque no podía arriesgarme a dejar de verte. A pesar del dolor pasado te seguía queriendo.

Una tarde de invierno cercana a la Navidad me dejaste plantado. Hablamos horas después y te conté lo que pensaba: había perdido contigo casi un año de mi vida. Por entonces ya no éramos pareja formal pero enfurecido me atreví a pronunciar esas dos palabras que  nunca tuve valor de decir: te dejo. Bien sabes que tras esa discusión nada fue lo mismo. Hicimos las paces para seguir como amantes y al tiempo quise que fuéramos algo más, como antaño. El intento se diluyó y con él mis esperanzas. Estaba metido en un círculo vicioso del cual no tenía fuerzas de salir, o eso creía.

Por motivos de salud permanecí encerrado en casa dos meses. Medité y decidí esforzarme en alejarme definitivamente de tu persona. Me ayudó el conocer a otra chica por Internet. Quedé con ella. Del puñado de besos que nos regalamos en la primera cita no pasó a mayores. Sus derrotas sentimentales y las mías no se pusieron de acuerdo. El miedo a sufrir y la tozudez terminó por distanciarnos. La experiencia me hizo ver luz al final del túnel.

Poco antes de sanar completamente apareció en mi vida la que hoy día es mi ex novia. Nos citamos. Era magnífica, la quintaesencia del romanticismo, tan dulce y delicada que dejar pasar la oportunidad de una nueva relación con ella como compañera era prácticamente imposible. Unas horas cara a cara bastaron para darme cuenta de que posiblemente esa mujer era la respuesta a mis preguntas. Posiblemente. Para salir de dudas tres días después quedé contigo en nuestra cafetería de siempre, siendo la última vez que coincidiríamos en persona.

Mientras tomábamos café no recuerdo de qué hablamos pero sí que durante un instante mi corazón dio un vuelco tan grande que no pude contener mi mano. Busqué la tuya casi sin pensar, como quien busca ser redimido de algún pecado inconfesable. Mi decisión de irme de tu lado era firme. Sabía que era nuestro último día y tenía el alma encogida porque una vez más te seguía queriendo. No sé si debí luego pasear a tu lado y besarte en aquel banco que nos vio tarde sí tarde no durante año y medio. Te dejé atrás en mi camino y no giré la cabeza.

Ahora sé con plena certeza que tomé la decisión correcta, la mejor. No quiero relatar los detalles de mi relación posterior, no a ti. Ya te conté que terminó a principios de este año. Sería injusto y te haría sentir mal. Mi inestabilidad emocional no deja de jugarme malas pasadas, de ahí que lleve tanto solo.

Hace días me llamaste al móvil. No manteníamos contacto alguno desde hacía dos o tres meses. Tienes ya novio desde finales del año anterior, lo sé y de ahí que no intente inmiscuirme en tu día a día ni influenciar en él. Me sorprendió que de repente te interesases por mi vida. Esa llamada es la prueba de que a pesar de tantos devaneos sigue quedando algo que nos une: un pasado en común, quizás tosco y amargo pero plagado de hermosos detalles.

Con el tiempo descubres detalles que antes pasaban desapercibidos. Tanto rememorar ha hecho aflorar en mí viejos sentimientos que ya creía que no estaban en mí. Debo sincerarme: el motivo principal de esta carta es para decirte, quizás demasiado tarde, que guardo en mí los besos que me dabas, que a pesar de todo en lo más profundo de mi ser vive parte del amor que despertabas en mí, que huí de ti porque me veía condenado a un futuro de sinsabores y lágrimas, un futuro que duraría años y años; que …

… que en definitiva me veía dentro de una cárcel en medio de un islote, que tú eras la dueña de la llave y que si un día la tirabas al océano, lejos de maldecir mi suerte pasaría allí el resto de mis días siendo el hombre más dichoso de la tierra.

Te quería, te sigo queriendo y sé que pase lo que pase (ya sean los años, nuevos amores, mil desgracias y cualquier otra cosa que me traiga el mañana) te querré. Así, tal como lo hago ahora, en silencio, en la distancia, en el olvido.

Estas letras y mi soledad llevan firmado tu nombre. Sólo una cosa te pido: cuídate y sé feliz. Hazlo por mí.

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