La canción del navegante

31 Julio 2008

Destino fugaz

Archivado en: Poemas — quieroserpoeta @ 1:04 am
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Cuatro candiles que tintinean,
faros lejanos de un océano de aire,
guardianes de la brisa que roza mi torso.

Gigantes en el horizonte forman una hilera,
procesión sin camino ni movimiento,
disfrazados de antenas de televisión.

En mis oídos música de MP3,
en el cielo baile de estrellas,
en las paredes la blancura de la cal.

Calor y algún pensamiento ocioso
que en su timidez huye y se esconde
entre el polvo de una habitación baldía.

Un giro de cabeza,
una mirada al suelo, otra al infinito,
y de nuevo, sin aviso, una estrella.

Estrella que no era estrella
sino más bien ángel de la guarda
que por fin toca mi hombro.

Sin esperarla, sin saber de mí, ella pasó,
fugaz y fulgurante en el firmamento,
portadora de millones de esperanzas.

Pasó una, cayeron hojas del calendario, hoy otra.
En el mañana se dibuja una figura;
puedo intuirla: es mi destino.

Ora cometa, ora sonrisa, ora ilusión.
Te veo, entrecruzo los dedos y comprendo:
ya amaina la tempestad, ya llega la paz.

18 Julio 2008

Sublimación

Archivado en: Reflexiones — quieroserpoeta @ 2:34 pm
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Veo las ventanas, los quicios de las puertas, las rendijas por las que se cuelan los rayos de la mañana y deseo flotar, evaporarme, desvanecerme. Quiero cambiar de estado, huir por el primer hueco que encuentre para no volver más. Quiero flotar en medio de la nada sin más preocupación que una mente vacía, sin pensar en el remolino en el que me veo envuelto hoy día.

Agua viento o luz, me es indiferente. Transformarse con un chasquido, sin marcha atrás, sin retorno. Recorrer en mi nuevo estado los caminos que me olvidé de visitar, las ciudades y los pueblos que no despertaron mi interés. Evadirme, por un segundo o por millones de ellos de este estado de locura consciente que denominan rutina.

La vida es irónica. En pocos días es capaz de hacer que tu mundo explote y quitarte casi todo. Casi. Quedan un puñado de recuerdos, nostalgia de tiempos pasados, y nada más. Nada más.

Vértigo, miro al futuro y me entra vértigo. Empezar de cero es opción recomendable cuando tienes claro adonde guiar tus pasos. Yo no sé adonde ir ni qué hacer. Me debato entre las horas como marinero que intenta salvarse de un naufragio en plena tormenta. Un huracán de incertidumbre me consume y caigo ante él sin oponer resistencia.

Hace unos días pasó algo curioso: el olor que procedía del patio hizo que me asomase a él. Clavé la vista en un punto cualquiera del firmamento y al momento cruzó por ese mismo sitio una estrella fugaz. Espero que no sea casualidad, que cambie mi suerte y vuelva a ser buena como lo era antes.

¡Quién fuera estrella fugaz para cambiar de universo! Sueño con una nueva existencia. Sueño con sublimarme.

15 Julio 2008

Héroe en la selva

Archivado en: Reflexiones — quieroserpoeta @ 2:38 am
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Estaba en la cabaña del árbol comiendo plátanos cuando apareció mi mona mascota. Por sus chillidos y su forma de moverse me decía que había visto a un grupo de expedicionarios capturados por una tribu caníbal. Me incorporé, me puse a la mona en mi espalda y dando un grito enorme me lancé a la primera liana que tenía más a mano.

Mi mascota me indicaba con el brazo el camino que debía seguir para llegar a los exploradores. Un salto, otro, luego otro más. Llegué hasta un pequeño claro en la selva, me dejé caer con cuidado al suelo y proseguí corriendo a toda velocidad. Pisaba la hierba y las ramas con mis pies descalzos pero no sentía dolor alguno. La mona no cesaba de golpearme los hombros, pidiendo que fuera más aprisa. A saber si podría evitar que los caníbales almorzasen pierna inglesa a la parrilla.

Al llegar a una elevación del terreno oí voces tribales y tambores en la lejanía y vi una columna de humo por encima de la maleza. Decidí volver a encaramarme a las lianas para caer encima de ellos y sobresaltarles. Soy fuerte pero es posible que sean demasiados para mí. Salto tras salto alcancé el sitio de donde venía la música.

En la última liana observé un círculo de negros que danzaba alrededor de un gran fuego mientras dos de ellos colocaban unos grandes palos en ambos extremos de la fogata. A unos metros estaban atados al tronco de un árbol dos hombres maduros y una mujer joven, pálidos de pánico. Los hombres permanecían en silencio mientras la mujer lloraba, pataleaba y chillaba de impotencia: sabían que iban a servir de alimento al grupo de guerreros que ante ellos celebraba con cánticos la caza y posterior festín.

Calló el jaleo y se acercó a los prisioneros otro negro que por su atuendo sería brujo o algo parecido. Agarraba en la mano derecha un puñal de piedra. Se plantó ante el hombre más mayor, que aparentaba unos cincuenta años. Comenzó a declamar alguna clase de oración. Luego se calló y alzó el puñal, amenazante.

En ese preciso instante salí de entre las copas de los árboles y caí sobre él, tirándole al suelo. Los demás negros se sorprendieron. Mi mona empezó a chillar desde la copa y yo de un tremendo puñetazo noqueé al brujo, quitándole el puñal y lanzándolo entre la maleza. Comencé a proferir mi grito característico. Algunos guerreros intentaron rodearme pero uno tras otro los dejé fuera de combate a golpes, moviéndome como sólo sabe moverse una bestia furiosa. Retrocedí a la fogata y cogí uno de los enormes palos que estaban colocando. Con él derribé a cuantos se me acercaban. Ni lanzas ni escudos, nada podía detenerme, era invencible, casi tan fuerte como un gigante. De la treintena de miembros que tenía el grupo vencí a once o doce. El resto, al ver la suerte de sus compañeros, optó por huir selva adentro.

Cuando se hizo la calma desenfundé mi viejo puñal y corté la cuerda que sujetaba a los expedicionarios. Los hombres, pletóricos y exaltados, me hablaban en su idioma. Supuse que pretendían darme las gracias por haberles salvado la vida. La mujer se acercó a mi y se puso delante mía. Sobre sus hombros colgaba una gran mata de pelo oscuro. Era hermosa, de ojos vivarachos y rasgos bien perfilados. Me puse nervioso, no sabía qué iba a hacer o hacerme. Ella, al momento, me besó.

*    *    *

Me desperté del sueño y vi que estabas a mi lado, en la cama. Te miré durante un rato y comprendí que las lianas en las que me balanceaba eran los mechones de tu pelo; comprendí también que la selva frondosa en la que me movía era en realidad la piel de tu cuerno desnudo, ahora resplandeciente por la luz de la mañana; comprendí que esa mujer que me besó eras tú, que sin previo aviso te colaste en mi sueño; y sé que ahora, dormida, dulce como eres cuando descansas, preparas algo con lo que volverás a hechizarme y entrar en mis pensamientos, en mis noches, en mi vida. Porque al fin y al cabo cuando estás conmigo me siento tan fuerte y vigoroso como Tarzán. O incluso más.

10 Julio 2008

Luz de Domingo

Archivado en: Textos — quieroserpoeta @ 6:21 pm
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Dejando su cueva el cíclope se dispuso a tomar la senda que conduce a la colina más alta de la región. Llevaba haciendo esto todas las madrugadas de Sábado a Domingo, meses atrás. Allí, sentado, esperaba contemplar cómo la Luna bañaba los campos de sombras y plata. La imagen le llenaba de gozo y dicha, hasta tal punto que le parecía que la mismísima Luna deseaba hablarle. Él quería responderle pero no se sentía capaz. A fin de cuentas, ¿cómo un simple cíclope puede mantener una conversación con la reina de los astros?

De camino pensó en las veces que se venía repitiendo la escena: la Luna le miraba, el cíclope también a ella pero no fluía palabra alguna. La inmensa distancia que los separaba desaparecía ante las ansias de querer saber el uno del otro pero  un muro insalvable de silencio impedía contacto alguno, un muro construido por la impotencia y el temor que existía en el corazón del cíclope: si ella le rechazaba él se convertiría en el ser más desgraciado de la creación. Al cíclope esta paradoja se le hacía tan ridícula como triste.

A lo lejos vio un agricultor de una aldea próxima con un palo alargado sobre su hombre derecho. En su extremo colgaba un candil que le servía para iluminarse en la oscuridad. El cíclope supuso que el hombre regresaba a su casa tras terminar bien tarde sus labores en el campo.

-    Saludos, cíclope. ¿Qué haces por aquí tan tarde? ¿No sabes que estos páramos son peligrosos de madrugada?
-    Voy a la colina que domina la comarca. Poco he de temer a malhechores y ladrones, bien sabes porqué. Además en mis bolsillos sólo llevo mi pobreza. ¿Quién querría robarme o hacerme daño?
-    En la aldea sabemos de tu costumbre de ver salir a la Luna. No son horas de andar a la intemperie. Ándate con cuidado.

El labriego se despidió y prosiguió su marcha, dejando al cíclope en compañía de las estrellas, la hierba, la suave brisa veraniega y sus pensamientos.

Al llegar a lo más alto de la colina se dispuso a sentarse en la gran piedra que en tantas ocasiones le había servido de asiento. Tras hacerlo comenzó la espera. Pasaron minutos y horas y la Luna no se veía en el horizonte. El cíclope, para matar el aburrimiento, buscó constelaciones en la cúpula celeste. Admiró los luceros, tan brillantes y hermosos como siempre, rodeados de  mil colores. Intentó compararlos con la Luna pero comprendió que era imposible: la Luna es bella entre bellezas.

El tiempo pasaba y el cíclope se desesperaba a cada instante: esa noche no vendría, no habría Luna que admirar, no podría por fin vencer su miedo y hablarle. Se levantó y comenzó a dar vueltas, cada vez más nervioso e impaciente. ¿Por qué no llegaba? ¿dónde estaría? ¿qué o quién la habría entretenido?

Horas más tarde ya había perdido la esperanza. Sentado como estaba se incorporó con la intención de volver a su retiro y fue entonces cuando la vio en la lejanía: grande, blanquecina, radiante. La Luna había aparecido, ella estaba allí. Lejos de alegrarse el cíclope se sintió molesto, hasta ofendido por la gran demora. Volvió a sentarse pero con la intención de no mirarla en ningún momento. Pretendía atosigarla con su indiferencia, fruto de un injusto deseo de venganza.

La Luna seguía su arco en el cielo y no dejaba de clavar su mirada en el cíclope. Destelló con mas fuerza que nunca para llamar su atención pero él no respondía: seguía con la cabeza gacha, mirando de soslayo el trigo ondulante. Por sus reflejos denotó las intenciones de la Luna. No se inmutó pues su resolución había sido firme: no iba ni a mirarla ni a hablarle.

Cansado de este juego inútil y cruel el cíclope se levantó al rato y abandonó la cima de la colina. Sintió sobre su espalda los rayos inquisitivos de su compañera nocturna. El aire soplaba y llevaba consigo la tristeza que la Luna sentía. Él reanudó la marcha, llegando a su hogar al amanecer. Se detuvo en la entrada de la cueva, alzó la vista al horizonte y no vio a la Luna por ningún sitio. Acto seguido entró, se echó en la paja de su lecho y pensó: “He sido demasiado orgulloso con ella”. En su interior empezaba a asomar la sombra del arrepentimiento.

Al Sábado siguiente él regresó una vez más a su colina y a su roca. Durante el camino de ida se había repetido una y otra vez que esa era la noche en la cual por fin iban a conocerse e intimar.

Pero eso no pasó porque la Luna no apareció. Esperó hasta la saciedad y lo único que obtuvo fue los primeros rayos de una mañana más. El cíclope emprendió el regreso a la cueva con la luz de Domingo sobre sí. Pensaba acongojado:

¿Y si ella ya no vuelve a interesarse en mí?

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